24/01/2026
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La sobreprotección no es amor extra, es control del ambiente para reducir el malestar del cuidador, no necesariamente para fortalecer el repertorio del otro. Cuando un padre, madre o cuidador evita sistemáticamente que la persona se frustre, se equivoque o enfrente consecuencias naturales, lo que hace es bloquear oportunidades de aprendizaje.
En términos conductuales, la sobreprotección:
Reduce la exposición a contingencias reales.
Impide el moldeamiento de habilidades de autocontrol, tolerancia a la frustración y resolución de problemas.
Refuerza la dependencia y la evitación del malestar.
Desde ACT, el daño no está en “cuidar”, sino en sacrificar el desarrollo de la autosuficiencia en nombre de la comodidad inmediata. Se enseña, sin decirlo, que “no puedes” o que “el mundo es demasiado peligroso para ti”.
Por eso puede considerarse una forma de negligencia funcional, no por ausencia de cuidado, sino por ausencia de entrenamiento para la vida. No preparar a alguien para actuar con valores en contextos difíciles también es fallar en el cuidado.
Cuidar no es quitar piedras del camino; es enseñar a caminar con piedras. Y eso, aunque incómodo, es profundamente ético.
La sobreprotección suele verse en lo cotidiano: hacerle la tarea al hijo “para que no se estrese”, hablar por la pareja “para que no se equivoque”, resolverle problemas al adulto “para que no sufra”, o evitar que alguien tome decisiones “porque luego se frustra”. Aunque la intención es cuidar, funcionalmente se elimina la experiencia necesaria para aprender.
Desde el análisis conductual, cada vez que el cuidador interviene, refuerza la evitación y castiga indirectamente la iniciativa. El mensaje aprendido no es “te amo”, sino “no eres capaz solo”. Eso limita la construcción de repertorios de autonomía, tolerancia al error y autorregulación.
ACT propone algo distinto: acompañar sin rescatar. Validar el malestar (“esto es difícil”) sin eliminarlo, clarificar valores (“¿qué clase de persona quieres ser frente a esto?”) y promover acciones comprometidas pequeñas pero reales. No se trata de exponer a la fuerza, sino de enseñar a elegir con miedo presente.
Cuidar no es evitar el dolor a toda costa, es enseñar a vivir con él sin rendirse. Y eso, paradójicamente, es protección genuina.