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Cursi El Libro de tu Vida

Mi padre no bloqueó mi número cuando le rogué dinero para el alquiler. Hizo algo peor. Me ofreció una escoba y dijo: «No...
21/01/2026

Mi padre no bloqueó mi número cuando le rogué dinero para el alquiler. Hizo algo peor. Me ofreció una escoba y dijo: «Nos vemos a las seis. »

Yo estaba sentado en una cafetería que no podía permitirme, alargando un café con leche pagado con los últimos euros que me quedaban. En mi piso, mi título en Comunicación Digital colgaba enmarcado en la pared como una promesa bonita… y muda. Y en la puerta, pegado con cinta, había un papel que no tenía nada de bonito: el aviso de que, si no pagaba, me quedaba fuera.

Tenía veintitrés años. Se suponía que iba a ser “estratega”, “responsable de marca”, algo moderno, limpio, con teclado y aire acondicionado. En realidad, era un chico con cientos de correos de rechazo y una cuenta bancaria en números rojos.

Llamé a mi padre.

—Papá… —empecé, intentando que no se me rompiera la voz—. La cosa está fatal. Necesito 1.500 euros para cubrir este mes. La semana que viene tengo una entrevista final, de verdad, buena. Te lo devuelvo. Con intereses.

Al otro lado hubo un silencio. Luego escuché su mundo: herramientas, metal, una radio de fondo. Mi padre tenía un taller mecánico independiente, de barrio, de los que huelen a aceite, a goma vieja y a café recalentado. La grasa se le quedaba en las manos aunque se lavara diez veces.

—Álvaro —dijo por fin—. No tengo 1.500 euros para soltártelos así. Ahora todo está más caro, y el taller va justo.

Yo apreté la mandíbula.

—Pero tú eres el dueño. Tú puedes…

—No puedo darte el dinero —repitió, tranquilo—. Lo que sí puedo darte es trabajo. Paco se jubila. Necesito a alguien que eche una mano: limpiar, ordenar herramientas, mover chatarra, hacer recados. Dieciocho euros la hora. Empiezas mañana. A las seis.

Me salió una risa fea, amarga.

—¿En serio? He estudiado. No voy a ir a barrer un taller. Yo trabajo con la cabeza, papá.

—Tu cabeza no le paga al casero, Álvaro —contestó. Sin burla. Sin gritos. Como quien suelta una verdad que duele porque es simple—. La oferta está ahí. Seis de la mañana.

Colgué.

Me sentí insultado. Me sentí incomprendido. Como si no viera lo que yo “podía llegar a ser”. Y, sobre todo, como si intentara arrastrarme de vuelta a su mundo: un mundo pequeño, sucio, ruidoso… el mundo del que yo creía haber escapado al ir a la universidad.

La entrevista “buena” no salió. Ni siquiera me mandaron un no. Desaparecieron.

Dos semanas después, yo ya no tenía casa.

Al principio dormí en el sofá de mi amigo Dani. Unas noches. Pero cuando ya no podía poner dinero para la pizza ni para la cerveza, el ambiente cambió. Llegó el típico: «Mi pareja se va a quedar unos días… necesitamos el espacio.» Mentira piadosa, de las que no se discuten.

Me quedé en el coche.

Un sedán viejo, con el aire acondicionado medio mu**to, y una suspensión que se quejaba en cada bache. Aparcaba donde no llamara la atención: una calle tranquila, una zona algo apartada. Me tumbaba como podía en el asiento de atrás y miraba el techo, esperando dormirme antes de que me ganara la vergüenza.

La cuarta noche llovió de verdad, de esas lluvias frías que calan hasta los huesos. Llevaba dos días sin comer en condiciones. Miré el teléfono. Podía llamar a mi madre, pero mi madre y mi padre eran un equipo. Llamarla era rendirme delante de él.

Arranqué el coche. El motor tosió, como si también estuviera cansado de mí, pero arrancó.

Conduje sin pensar. Y, sin darme cuenta, terminé entrando en el aparcamiento del taller de mi padre.

Apagué el motor. Todo estaba a oscuras. La persiana bajada. Me recliné y escuché la lluvia golpear el techo.

Esa noche lloré.

No por tristeza. Por humillación. Porque el “futuro profesional” estaba hecho un trapo, durmiendo en el aparcamiento del taller que había despreciado.

Un golpe seco en la ventana me despertó.

Ya era de día. La lluvia había parado. Fuera estaba Manolo, uno de los mecánicos veteranos. Un tipo grande, con manos como palas y mirada de pocas palabras.

Bajé la ventanilla, esperando la charla.

Manolo no dijo nada. Metió un paquete de papel y un termo.

—Come —gruñó.

Dentro había un bocadillo caliente y café. Me lo comí como si fuera el primer desayuno de mi vida.

—Tu padre vio tu coche anoche —dijo, mirando al cielo, como si no quisiera verme la cara—. Quería salir, pero dijo que si te despertaba para meterte dentro, te ibas a sentir todavía más pequeño. Me pidió que te diera esto.

Me lanzó una bolsa con ropa de trabajo: una camisa gris, un pantalón resistente, botas de seguridad. En la camisa, un parche cosido con mi nombre: ÁLVARO.

—Dice que no estás de invitado. Estás currando. A las ocho se ficha. Vas tarde.

Entré al taller y el olor me golpeó: aceite, metal, goma, café viejo. Mi padre estaba debajo de un coche en el elevador, trabajando como si el mundo de fuera no existiera.

Salió rodando en su camilla, se incorporó y me miró. Vio mis ojeras, la ropa arrugada, la cara de alguien que ha aguantado demasiado.

No sonrió. No me abrazó.

Solo señaló hacia un estante.

—Coge el absorbente —dijo—. En el box del fondo hay un charco de aceite. Luego ordenas las llaves de vaso.

—Vale —susurré.

La primera semana fue un in****no.

Ampollas en las manos. Dolor en la espalda. Por la noche, mi padre me dejó dormir en la oficina pequeña que había arriba del taller, “hasta que cobres”. Yo caía rendido sin fuerzas ni para pensar.

Y entonces pasó algo que no esperaba.

Nadie se rió de mí.

Manolo me soltaba bromas, sí, pero sin malicia. Teresa, que llevaba años allí, me enseñó a no destrozarme la cintura, a sentir cuándo una rosca entra bien, a no forzar. Y Javi, el más joven, me echaba una mano sin hacer drama.

Eran gente bruta, directa, a veces demasiado sincera. Pero eran buena gente.

Y yo empecé a entender algo: mientras yo me creía “por encima” porque tenía un título, ellos eran los que mantenían la vida en marcha. Arreglaban la furgoneta del repartidor, el coche del currante, el monovolumen de una madre que necesita llegar al trabajo. Sin ellos, todo se para.

Tres semanas después, apareció un tipo con coche caro, ropa cara y prisas caras.

Venía gritando antes de llegar al mostrador:

—¡Yo dije a mediodía! ¡Ya ha pasado! ¿Sabéis lo que vale mi tiempo?

Yo estaba limpiando el mostrador.

—Señor, la pieza llegó con retraso y…

—¡Me da igual lo que digas! —me cortó, señalándome con un dedo perfecto—. Tú eres el chico del mostrador. Tráeme a alguien que mande. Tráeme al dueño.

Me ardieron las orejas. Volvió esa sensación antigua: no eres nadie. Eres “el de la escoba”.

Entonces se detuvo de golpe el ruido de una herramienta.

Mi padre apareció, se secó las manos con un trapo y se puso entre el tipo y yo. Era más bajo que él, pero en ese instante parecía una pared.

—Aquí no se habla así —dijo, en voz baja.

El hombre se rió con desprecio.

—¿Me vas a echar? ¿Vas a rechazar dinero?

Mi padre no levantó el tono.

—Rechazo faltas de respeto. Tus llaves están ahí. Busca otro taller.

El tipo se fue.

Mi padre se giró hacia mí. Yo esperaba una bronca, un “deberías haber…”.

En vez de eso, me tendió un trapo limpio.

—¿Estás bien? —preguntó.

Tragué saliva.

—Sí. Gracias, papá.

—No me des las gracias —murmuró, volviendo a su trabajo—. Y no dejes que nadie te haga sentir menos. Con título o sin título, tu sitio te lo ganas. Y lo defiendes.

Pasaron seis meses.

Me mudé a un estudio pequeño. No era gran cosa, pero era mío. Lo pagaba yo. Pagaba la luz. Pagaba la comida. No había lujos, pero había dignidad.

Seguía enviando currículums, sí. Pero ya no lo hacía con pánico. Tenía un oficio. Sabía cambiar un alternador. Sabía purgar frenos. Sabía cuánto pesa un euro cuando lo ganas sudando.

Un viernes, a la hora de comer, mi padre y yo compartíamos una pizza sentados cerca de un montón de neumáticos viejos, en silencio cómodo.

Miré el móvil. Mi cuenta estaba por fin en verde. Un verde de verdad.

Abrí la app de transferencias. Puse su número. Envié 1.500 euros.

Su teléfono vibró en el bolsillo. Lo sacó, entrecerró los ojos… y se quedó quieto con el bocado a medias.

Me miró.

—¿Y esto?

—Alquiler —dije—. Por la oficina de arriba. Y un poco de interés… por la lección de vida.

Se aclaró la garganta para disimular. Se le humedecieron los ojos un segundo, pero no dijo nada de eso. Se limitó a darle otro bocado a la pizza.

—Oye —soltó, como quien comenta el tiempo—. Nos hace falta una página web. Dicen que en internet no existimos. ¿Tú… con tu título… podrías echarnos una mano?

Yo sonreí. De verdad.

—Claro, papá. Pero mi tarifa es alta.

Él me miró con esa media sonrisa suya.

—Te pago en pastillas de freno.

—Trato hecho.

Nos han vendido que el éxito es una mesa limpia y manos limpias. Que los padres que más quieren son los que te lo solucionan todo a golpe de dinero.

Pero a veces, el amor no es un ingreso en la cuenta.

A veces, el amor es una escoba a las seis de la mañana.

Mi padre no me salvó de la tormenta. Me dio un trabajo para que yo pudiera construir mi propio techo. Me enseñó que no hay vergüenza en currar, solo en sentirse con derecho a todo sin haberlo ganado.

No me dio lo que yo quería.

Me dio lo que yo necesitaba.

Y gracias a eso, por primera vez en mi vida, no soy solo un chico con un título.

Soy un hombre con futuro.

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🔥 ¿POR QUÉ CASI TODOS ESTÁBAMOS DELGADOS EN LOS 70s?

La verdad no tiene nada que ver con dietas… y a muchos no les va a gustar (la verdad te sorprenderá)

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que ver a alguien con obesidad era raro.
Mira fotos familiares, salones de clase o playas de los años 70:
la mayoría de las personas eran más delgadas, más activas y con más energía.

No era genética.
No era fuerza de voluntad.
Y tampoco eran dietas milagro.

👉 Era el mundo funcionando de otra manera.

El entorno obligaba al cuerpo a moverse, a regularse, a mantenerse en equilibrio.
El aburrimiento empujaba a la acción… no a la pantalla.

Estas son las verdaderas razones por las que los cuerpos de los 70 eran tan distintos a los de hoy:

1️⃣ Caminar era lo normal, no un “ejercicio”

En los 70, muchas familias tenían un solo auto… o ninguno.
Para todo se caminaba:

• A la escuela
• Al trabajo
• A la tienda
• A visitar amigos

Un adulto promedio caminaba 8 a 12 km diarios sin darse cuenta.
Los niños iban solos a la escuela, jugaban en la calle, regresaban a casa… todo a pie.

📌 El cuerpo estaba en movimiento constante.

2️⃣ La comida era comida de verdad

No había ultraprocesados ni etiquetas interminables.

Había:
• Huevos
• Verduras
• Carne fresca
• Leche
• Frutas

La comida se preparaba desde cero.
Pelar, cortar, hervir, cocinar… ya era actividad física.

Además:
• El azúcar se usaba poco
• Las grasas eran naturales
• Las porciones eran razonables
• Se comía por hambre, no por ansiedad

3️⃣ No existía el picoteo infinito

Se comía tres veces al día:
Desayuno.
Comida.
Cena.

Y nada más.

No había snacks por todos lados.
No había máquinas expendedoras.
No había dulces en cada esquina.

👉 El cuerpo aprendía a esperar.
👉 El metabolismo se regulaba.
👉 La ansiedad no mandaba.

4️⃣ Las porciones eran pequeñas

Un refresco era de 200 ml.
Una hamburguesa cabía en la mano.
Las papas venían en bolsitas chicas.

No existía el “agrandar por unos pesos más”.
La comida alimentaba… no saturaba.

5️⃣ La televisión no dominaba la vida

La TV tenía horarios.
Se veía un programa y se apagaba.
Después de cierta hora, la señal se iba.

Los niños veían un rato televisión…
y luego salían a jugar.

📌 Nadie comía frente a una pantalla.
📌 La mesa era para comer, no para distraerse.

Hoy pasamos más de 11 horas al día frente a pantallas.
En los 70, apenas 2 horas.

6️⃣ El estrés no se comía

No había bombardeo constante de noticias, mensajes y notificaciones.

El estrés era puntual, no permanente.
Y la comida no era anestesia emocional.

Si alguien estaba mal:
• Caminaba
• Hablaba con alguien
• Hacía algo con las manos

Además, se dormía mejor.
Y dormir bien regula las hormonas del hambre.

7️⃣ El trabajo implicaba movimiento

Incluso en oficinas, la gente se movía:
• Subía escaleras
• Buscaba archivos
• Caminaba entre áreas
• Salía a hacer trámites

Y los trabajos físicos eran mucho más comunes:
campo, fábricas, construcción, mantenimiento.

📌 Trabajar ya era ejercicio.

8️⃣ No existían pantallas personales

No había celulares.
No había videojuegos avanzados.
No había scroll infinito.

Si estabas aburrido, salías.
Si querías ver amigos, los visitabas.
Si querías entretenerte, hacías algo.

Hoy el aburrimiento nos deja quietos, inmóviles, atrapados frente a una pantalla.

⚠️ La verdad que nadie quiere aceptar

No engordamos porque “no tengamos fuerza de voluntad”.
Engordamos porque el entorno moderno está diseñado para inmovilizarnos, sobrealimentarnos y distraernos.

Los cuerpos no cambiaron.
👉 Cambió la forma de vivir.

Y mientras no lo entendamos, seguiremos buscando soluciones rápidas para un problema que es profundamente cultural.

La verdad que nadie quiere aceptar.

10/01/2026
¡Que tengas un hermoso 2026!   ̃o2026
01/01/2026

¡Que tengas un hermoso 2026!

̃o2026

31/12/2025

🧠 Difamación en las fiestas: cuando no solo hablan de la persona, sino que le quitan el lugar donde quedarse

😶‍🌫️ La difamación familiar no son chismes ni “malos entendidos”.
➡️ Es una forma de violencia emocional que aparece cuando un grupo distorsiona la historia de una persona, le atribuye intenciones que no tiene, y la convierte en “el problema” para proteger el equilibrio del sistema.
👉 No se busca comprender, se busca preservar un relato que deje a otros/as a salvo y a una persona expuesta.

🗣️ Se manifiesta con frases repetidas delante de terceros/as: “siempre exagera”, “es conflictivo/a”, “inventa cosas”, “con esa persona no se puede hablar”, “eso nunca pasó así”.
➡️ Lo dicen sin que exista espacio para responder. 👉 La clave no es la frase aislada, sino el contexto: se dicen en público, se repiten y se consolidan hasta erosionar la credibilidad.

💥 El impacto es profundo.
➡️ La difamación desorganiza la mente y el cuerpo: genera confusión, vergüenza y culpa; activa ansiedad e hipervigilancia; instala una inseguridad constante.
👉 El sistema nervioso entra en alerta porque se está perdiendo algo básico para el ser humano: protección social y confianza.

🧩 Con el tiempo, la persona empieza a dudar de sí misma.
➡️ Revisa cada palabra, cada gesto, cada recuerdo. ➡️ Se pregunta si el problema es ella.
👉 Ese es el punto más dañino: cuando la violencia deja de venir solo de fuera, y comienza a colonizar el interior, debilitando la autoestima y la capacidad de defenderse.

🎯 ¿Qué busca la difamación?
➡️ Aislar, desacreditar y controlar el relato.
➡️ Que no crean a la persona.
➡️ Que se calle.
➡️ Que cargue con una culpa que no le pertenece. 👉 Mantener el poder sin confrontar la verdad.

🚫 Lo que casi nadie nombra es la exposición: colocar a la persona en una situación donde no puede aclarar, responder ni salir con dignidad.
➡️ Esa impotencia sostenida tiene consecuencias reales en la salud mental y física.

🛡️ Protegerse no es fácil.
➡️ Nadie enseñó cómo hacerlo ni cuándo hablar.
➡️ A veces no se encuentran las palabras.
➡️ Aun así, protegerse es un derecho, incluso cuando no se hace de forma perfecta.
👉 Poner límites no es atacar; es cuidarse.

🧭 Escucha esto: la persona no está loca, no es mala, no es culpable.
➡️ Conoce su verdad y su corazón.
👉 Que otros/as distorsionen su historia no la vuelve falsa.

✊ Para cerrar: hablar es un derecho.
➡️ Nombrar lo vivido también.
➡️ Poner límites, igualmente.
➡️ El silencio impuesto es abuso.
👉 Y frente a la difamación, la dignidad de la persona sigue intacta.

Dirección

Mexico City

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