10/03/2026
A los 71 pagué la tarifa de mayores en la piscina municipal… y entendí que llevaba 62 años aguantando la respiración.
Pusieron la piscina municipal justo enfrente de mi bloque. La vi construirse desde mi ventana: meses de vallas, hormigón, ruido, y de pronto un día apareció ese azul limpio de los azulejos que te hace pensar que algo puede empezar de nuevo.
Me llamo Rosario. Tengo setenta y un años. Viuda. Tres hijos que llaman los domingos… si se acuerdan.
Nunca he sido nadadora. De hecho, el agua me aprieta el pecho. Cuando tenía nueve años, en un campamento de verano, estuve a punto de ahogarme. Había gritos, chapoteos, demasiada gente. Perdí el suelo sin entender cómo. Tragué agua, manoteé, intenté pedir ayuda… y nadie miraba. Me sacaron porque otro niño gritó.
Eso es lo que se queda: no solo el miedo al agua.
Sino la sensación de que puedes hundirte sin que nadie se dé cuenta.
Cuando la piscina abrió en marzo, yo me sentaba en el balcón a ver a los de primera hora. Siempre a la misma hora, como un reloj. Las mismas caras. El mismo silencio respetuoso. Hacían largos y largos como si fuera un ritual.
Había una mujer que me llamaba la atención. Más o menos de mi edad. Pelo gris corto, hombros fuertes. Nadaba un poco y luego se quedaba boca arriba, flotando. Veinte minutos. A veces más. Tranquila, como si por fin el cuerpo supiera descansar.
Yo quería esa paz.
Tardé tres semanas en cruzar la puerta. Tres semanas diciendo “mañana”. Hasta que un martes entré. Pagué la tarifa de mayores, me puse la pulserita y en el vestuario me miré con un bañador que había pedido por internet. No me veía bien. Me veía mayor, torpe, demasiado expuesta.
Me quedé en la parte baja, agarrada al borde. El agua estaba templada. Y en menos de cinco minutos noté algo que no esperaba: las rodillas dejaron de dolerme como siempre.
La mujer del balcón se acercó.
—¿Primera vez?
Asentí.
—Soy Rosa. Hoy quédate donde haces pie. Camina de un lado a otro. El agua le viene bien a las rodillas.
Eso fue todo. Sin charla, sin curiosidad. Volvió a lo suyo: a flotar.
Yo caminé. Me sentía un poco ridícula, sí. Pero era un ridículo que respiraba mejor. Y al salir me di cuenta de que, por primera vez en años, no subí las escaleras con esa punzada en las piernas.
Volví al día siguiente. A las siete.
Rosa estaba allí. Y también dos personas más.
Un hombre mayor, serio, que hacía ejercicios en el agua como si estuviera siguiendo una rutina de toda la vida. Se llamaba Luis. Un día lo soltó sin drama:
—Artrosis. El médico me dijo: piscina o pastillas. Yo elegí piscina.
Y una mujer más joven con una cicatriz larga en la pierna. Se movía despacio, pero con una determinación que no pedía permiso. Se llamaba Nuria. Me dijo:
—Tuve un accidente. Estoy aprendiendo a caminar otra vez. En el agua me siento normal. Como si mi cuerpo no estuviera roto.
No éramos “amigos de quedar”. No sabíamos apellidos. No nos veíamos fuera. Hablábamos poco. Nadie preguntaba de más. Pero cada mañana a las siete estábamos allí, en el mismo lugar, compartiendo el agua como quien comparte un banco al sol.
Después de dos semanas, Rosa me preguntó como si hablara del tiempo:
—¿Quieres probar a flotar?
Me salió una risa nerviosa.
—No puedo.
Rosa me miró sin dureza.
—Todo el mundo puede. El cuerpo quiere flotar. Solo tienes que dejar que el agua te sostenga.
Me enseñó: mentón un poco arriba, hombros sueltos, brazos abiertos. Y confiar.
Me eché hacia atrás… y me hundí como una piedra. Salí tosiendo, con el corazón disparado. Volví a tener nueve años en el cuerpo.
—Otra vez —dijo Rosa, tranquila.
No dijo “no pasa nada”. No dijo “ánimo”. Dijo:
—Otra vez.
Tardé once días en flotar treinta segundos sin entrar en pánico. Once días de intentos, de vergüenza tragada, de pequeñas victorias.
Y un jueves, de repente, lo conseguí. Orejas medio bajo el agua, los sonidos apagados, el techo borroso por el v***r. Sentí el agua sujetándome, de verdad. Como una mano firme.
Me puse a llorar. Allí mismo, en la piscina. Sin elegancia. Con la cara arrugada y los ojos rojos.
Rosa flotó a mi lado. No preguntó por qué. No lo necesitaba. Estaba, y eso era suficiente.
Seguimos con nuestra rutina: caminar, ejercicios, unos largos, un rato de flotar. Hasta que Luis dejó de venir.
El primer día pensé que estaría resfriado. El segundo, que tendría visita. El tercero, que algo iba mal. Al quinto día pregunté en la entrada si sabían algo. Me dijeron, con amabilidad, que no podían dar información.
Rosa tuvo una idea sencilla: pedir que le hicieran llegar un mensaje. Solo una frase: “Tus nadadores de la mañana están preocupados.”
Dos días después llamó su hija para que nos lo transmitieran: Luis había tenido un ictus. Estaba en rehabilitación. Y quería que supiéramos que nos echaba de menos.
Así que nos organizamos. Sin grandes discursos. Los martes, por turnos, íbamos a verlo. Diez minutos, quince. Le llevábamos noticias pequeñas: quién había ido, cómo estaba el agua, si ese día amaneció frío, si el v***r empañaba los cristales.
La primera vez que me vio, Luis lloró.
—¿Has venido?
—Claro que he venido —le dije—. Eres de los nuestros.
Cuatro meses después, volvió a la piscina. Más lento. Con bastón. Pero volvió.
Nos quedamos quietos un momento cuando lo vimos bajar a la parte baja. Rosa dejó de flotar. Nuria apoyó los pies. Yo me agarré al borde y lo vi dar esos primeros pasos dentro del agua, como si estuviera reaprendiendo a confiar.
Luego seguimos.
Porque eso era lo nuestro: aparecer. Una y otra vez.
El mes pasado se unieron tres personas nuevas: un hombre que se recupera de una operación, una mujer con dolores constantes, y un adolescente al que le recomendaron la piscina para la ansiedad.
Rosa los presentó igual que me presentó a mí:
—Quédate donde haces pie. Camina. Aquí estamos cada mañana.
Nuria ya terminó la rehabilitación hace tiempo. No “necesita” la piscina. Pero sigue viniendo.
—¿Por qué? —le pregunté.
Miró el agua y dijo bajito:
—Porque fuisteis a ver a Luis. Nadie había aparecido por mí así.
Tengo setenta y un años. Durante sesenta y dos tuve miedo al agua porque, cuando era niña, nadie vio que me estaba hundiendo.
Ahora floto cada mañana con gente que se da cuenta de todo, no por cotilleo, sino por presencia.
No necesitamos saberlo todo de los demás. Nos basta con esto: la misma hora, el mismo sitio, el agua templada, y una mirada que dice “te veo”.
A veces, eso es suficiente.
Más que suficiente.
Si en algún lugar hay un “grupo”, gente que aparece siempre… prueba a ir. Quizá no te estén esperando en lo profundo.
Quizá estén ya en la parte baja.
Listos para enseñarte a flotar.