29/03/2026
El poder de la madre puede asustar al hombre, no porque sea excesivo, sino porque es profundamente transformador.
La madre se vuelve portal, sostén, intuición encarnada; su energía deja de estar disponible de la misma forma y se dirige hacia la vida que ha creado. Ese movimiento, tan natural como poderoso, puede confrontar al hombre con su propio lugar, con su capacidad de sostener, de madurar, de expandirse o de quedarse pequeño frente a lo que no comprende.
No es un poder que busca dominar, sino uno que nace de la entrega, del cuerpo, del instinto y del vínculo. Pero cuando este poder no es reconocido o acompañado, puede generar distancia, miedo o rechazo. Y sin embargo, cuando el hombre logra sostenerse frente a él, sin competir ni huir, sino eligiendo estar, se convierte en parte de ese mismo poder: lo honra, lo contiene y lo expande.
Porque el verdadero encuentro no ocurre cuando la madre se hace menos, sino cuando el hombre crece lo suficiente para caminar a su lado.