31/12/2025
Una ventana
Creo en la salud.
Creo en la familia.
Creo en el compromiso.
Y también creo —como enseñaba Hipócrates—
que “la medicina es el arte de curar a través de los contrarios”.
Porque nada es absolutamente bueno o malo:
solo saludable o no, según el momento y el equilibrio.
Por eso, a veces, necesito una noche solo conmigo.
No huyo de nadie cuando me desvelo.
No traiciono ningún amor.
No rompo lo que sostengo.
Solo abro una ventana.
Recuerdo un estudio que leí al inicio de mi formación:
jóvenes que nunca habían desvelado su cuerpo,
y cómo una sola noche sin dormir
desajustaba su cortisol durante días.
El cuerpo tardaba en volver…
pero volvía.
Y si la vigilia se repetía,
no se rompía:
aprendía.
El ajuste se hacía más corto.
Más plástico.
Más humano.
Romper el ciclo circadiano una vez cada tanto
no siempre es descuido;
a veces es reinvención.
Un espacio nocturno donde el pensamiento camina sin reloj
y el cuerpo recuerda que no es solo disciplina,
también es adaptación.
Antón Chéjov, médico y escritor, lo dijo con una honestidad luminosa:
“La medicina es mi esposa, y la literatura mi amante;
cuando me canso de una, paso la noche con la otra.”
No es traición.
Es equilibrio.
Es una forma elegante de seguir fiel a ambas.
Hay noches bohemias que no enferman,
ordenan.
No quitan energía: la redistribuyen.
Y al amanecer,
cierro la ventana,
vuelvo a la vida que amo,
un poco más despierto por dentro.