Dr. Luis Francisco Pineda Galindo

Dr. Luis Francisco Pineda Galindo Consultorio especializado en Medicina Interna

26/03/2026
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Hay experiencias que parecen no tener lugar en el lenguaje. El dolor agudo. La fatiga que desdibuja los días. La pérdida de una capacidad que antes se ejercía sin pensar. La escritora Virginia Woolf se lamentaba de que la enfermedad no figurara entre los grandes temas literarios, no por falta de intensidad, sino por ausencia de palabras. Lo que duele también cuesta contarlo. Y cuando no se cuenta, difícilmente se reconoce.

El filósofo Xavier Escribano, investigador en la Universitat Internacional de Catalunya, ha reunido en un artículo reciente las claves de una tradición que durante las últimas cuatro décadas ha intentado subsanar ese vacío. No se trata de una corriente más dentro de la filosofía. Sus principales exponentes, como Havi Carel, Drew Leder o S. Kay Toombs, han vivido la enfermedad en sus propios cuerpos. Algunos son médicos. Otros, pacientes crónicos. Todos comparten una convicción: para entender qué significa estar enfermo no basta con mirar los análisis. Hay que atender la experiencia. Escucharla de cerca. Sin prisa.

Esa experiencia tiene un nombre técnico dentro de la fenomenología: cuerpo vivido. Se distingue del cuerpo físico, el que se mide, se escanea y se opera. El cuerpo vivido es el que siente, el que se orienta en el espacio, el que permite levantar una taza o abrazar a alguien sin pensarlo. En condiciones normales, pasa desapercibido. No se nota hasta que falla. Entonces se vuelve presente, a veces de manera abrumadora. Como si hubiera estado ahí todo el tiempo, esperando.

El paradigma médico dominante, de inspiración cartesiana, ha tendido a tratar el cuerpo como una máquina. La enfermedad se convierte así en una avería. El paciente, en un objeto de reparación. Este enfoque ha traído avances innegables, pero también ha dejado fuera lo más propio de la experiencia humana: el modo en que una dolencia reorganiza el mundo de quien la padece. Lo que duele, después de todo, no es solo el tejido dañado.

Cuando una persona con esclerosis múltiple, como Toombs, describe cómo su propio cuerpo se convierte en un obstáculo, está señalando algo que ningún marcador biológico puede capturar. La confianza en los movimientos se desmorona. Un vaso lleno de agua deja de ser un objeto familiar para convertirse en un problema. El espacio se encoge. El tiempo se aplana. La identidad se tambalea. Y entonces, casi sin aviso, uno empieza a preguntarse cosas que antes no necesitaba preguntarse.

Para la fenomenología, estos cambios no son secundarios. Son constitutivos. La enfermedad no es solo una disfunción orgánica. Es una desintegración del vínculo entre el yo, el cuerpo, el mundo y los otros. Y esa desintegración obliga a una pregunta que la medicina suele dejar sin respuesta: quién soy yo cuando mi cuerpo ya no responde como antes. Una pregunta incómoda, quizás. Pero también, una pregunta que abre algo.

Algunos autores llaman a esto la productividad filosófica de la enfermedad. No porque el sufrimiento sea deseable, sino porque al romper lo cotidiano, fuerza a mirar de otro modo. La salud se vuelve visible solo cuando se pierde. Lo que se daba por hecho se revela, de pronto, como un logro frágil. Casi un milagro silencioso del que rara vez nos damos cuenta.

Pero el relato no termina ahí. Quienes han trabajado este enfoque también han señalado que la enfermedad desencadena una respuesta múltiple. Física, emocional, cognitiva. El cuerpo aprende a usar prótesis hasta incorporarlas como si fueran parte de sí mismo. La mente busca explicaciones. La persona se enfrenta a la posibilidad de reconstruirse, no para volver a ser la misma, sino para convertirse en otra. Y ahí, en ese movimiento, hay algo que no es solo pérdida.

Drew Leder sostiene que la curación no es la restauración de una vida pasada, sino la construcción de algo nuevo. Ese algo nuevo puede incluir una reorganización de prioridades, una intimidad más densa con los seres queridos o una forma distinta de habitar el tiempo. La adversidad, lejos de anular la agencia, la exige. La persona enferma, aunque llamada paciente, no deja de responder. Y en esa respuesta, aunque sea mínima, se juega la posibilidad de seguir siendo alguien. A veces, incluso, de ser alguien de un modo que antes no conocía.

La vulnerabilidad, entonces, no es un defecto que deba suprimirse. Es un rasgo compartido. La fenomenología de la enfermedad invita a reconocerla, no como una debilidad, sino como un dato fundamental de la existencia. El cuerpo habla a través de su fragilidad. Y escucharlo requiere otro tipo de atención, una que no se agota en el diagnóstico. Una que, tal vez, empieza donde el diagnóstico termina.

No todo el mundo está de acuerdo con esta mirada. Hay quienes sostienen que poner el foco en la experiencia subjetiva del paciente abre una puerta peligrosa: la del relativismo. Si la enfermedad es, ante todo, lo que el paciente siente, ¿dónde queda el criterio objetivo del diagnóstico? ¿Acaso el dolor no medible deja de ser real? Los críticos más duros de este enfoque advierten que la medicina no puede sostenerse sobre testimonios personales sin caer en la trampa de la opinión.

Para ellos, priorizar la voz del paciente es, en el fondo, desconfiar de la ciencia y en ese deslizamiento, advierten, se esconde un riesgo: que la medicina termine siendo menos ciencia y más consuelo. Una acusación incómoda, sobre todo para quienes han pasado años construyendo una tradición filosófica que no busca reemplazar el conocimiento médico, sino recordarle algo que tal vez ha olvidado: que detrás de cada diagnóstico hay una persona que respira, que duda, que se deshace y se rehace en silencio y que esa persona, con todo lo que le resulta imposible medir, sigue siendo el único territorio donde la enfermedad realmente ocurre.

Por eso los autores de esta tradición insisten en que la experiencia del paciente no es un complemento humanitario, sino una fuente de conocimiento teórico. No se trata de sensibilizar, sino de comprender. Porque en la manera en que una persona reorganiza su mundo cuando ya no puede mover una pierna, o cuando el aire no alcanza, o cuando el dolor se vuelve compañero, se cifra algo que ninguna tecnología por sí sola puede resolver. Algo que, quizás, solo puede ser atendido con palabras. Con presencia. Con preguntas que no buscan respuestas rápidas.

Si esta nota te hizo pensar en alguien que esté atravesando un proceso de salud, compártela. Tal vez esa persona también necesite saber que su experiencia, aunque difícil, no es invisible.

Fuente
Escribano, X. (2024). Cuerpo vivido y experiencia de la enfermedad: un enfoque fenomenológico. Estudios de Filosofía, (70), 60-76.

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