05/04/2026
En materia de delitos sexuales...
En contra de menores de edad, el abordaje serio y responsable exige la participación coordinada de la Pediatría, la Psiquiatría y la Medicina Legal.
No es un tema opinable ni ideológico, es clínico, jurídico y profundamente humano.
La seducción infantil —entendida como forma de abuso— siempre es traumática.
No hay excepciones.
El menor carece de la madurez neuropsicológica y emocional para comprender, procesar o consentir cualquier interacción de carácter sexual proveniente de un adulto.
Desde un enfoque psicoanalítico, Jean Laplanche propone el concepto de “mensajes enigmáticos”: todo aquello que el adulto transmite —muchas veces de forma inconsciente— a través de gestos, actitudes, conductas o lenguaje, y que el niño recibe sin poder decodificar plenamente.
El infante, en su proceso de desarrollo, se ve obligado a intentar simbolizar esos mensajes, es decir, darles sentido; sin embargo, este proceso nunca es completo.
Lo que no logra simbolizarse queda como resto psíquico; ahí se instala la represión, y con ella, la base de conflictos inconscientes posteriores.
Por su parte, Sigmund Freud, en su teoría de la seducción infantil, plantea que el trauma no siempre se manifiesta de inmediato; se trata de una vivencia que rebasa la capacidad de comprensión del niño en el momento en que ocurre, pero que más adelante —cuando ya existe esa capacidad— irrumpe como un “cuerpo extraño interno”: algo ajeno que ataca desde dentro, generando angustia, síntomas y desorganización psíquica.
En términos claros, el niño no olvida; el niño no puede entender… y eso es precisamente lo que deja huella.
Este punto es clave para evitar errores comunes; no todo recuerdo infantil es un registro fiel de los hechos, pero tampoco es correcto reducirlo a simple fantasía.
Entre el evento real y el recuerdo adulto existe un proceso complejo de simbolización y represión; los llamados “recuerdos encubridores” o construcciones psíquicas no surgen de la nada: tienen su origen en algo que el niño efectivamente vivió, aunque no haya podido comprenderlo en su momento.
Aquí aparece una dificultad conceptual —lo que en filosofía se denomina aporía—, o sea,
una tensión entre considerar los recuerdos como invención o como copia exacta de la realidad.
La verdad clínica suele estar en un punto intermedio, y requiere análisis cuidadoso, no juicios simplistas.
En conclusión, el abuso sexual infantil no solo es un delito, es una agresión estructural al desarrollo psíquico; sus efectos pueden permanecer latentes durante años y manifestarse de formas complejas en la vida adulta.
Por eso, la prevención, la detección temprana y la intervención profesional no son opcionales.
Son una obligación ética, médica y legal.