24/11/2025
Hace veintinueve años que me duele existir.
Lo digo sin drama, casi como quien dice la hora: es una certeza que me acompaña desde hace demasiado tiempo.
La artritis reumatoide se instaló en mi cuerpo como un huésped que nunca hace las maletas. Se fue quedando en silencio, ocupando espacio, hasta que mis articulaciones empezaron a sentirse de vidrio. Cada mañana despierto con la impresión de que cualquier movimiento puede quebrar algo. Camino menos, me muevo menos, y mis días giran alrededor de pastillas, inyecciones y efectos secundarios que ya conozco demasiado bien.
Mi vida se mide en horarios de medicación y en la pregunta de siempre:
“¿Cuánto dolor puedo tolerar hoy?”
Pero no es solo el cuerpo: también se cansa el alma.
Ver cómo mis manos ya no sujetan con la misma fuerza lo que aman, cómo mis piernas olvidan la sensación de subir una escalera, cómo el mundo se reduce a una silla, a una cama, a una ventana… agota de una forma que ningún médico puede registrar. Hay un dolor que no aparece en las radiografías, el de ver cómo tu vida se va encogiendo sin pedir permiso.
Y sin embargo, a veces pasa algo mínimo que me sostiene un poco más.
Un rayo de luz que entra justo a la hora en que creo que no puedo más, un mensaje de alguien que se acuerda de mí, el sabor de un café que, por unos segundos, logra distraer al dolor. Son cosas pequeñas, casi ridículas frente a todo lo que duele, pero están ahí, como si el mundo, a su manera torpe, siguiera empujándome a quedarme un rato más.
Vivir así no es realmente vivir: muchas veces se siente como resistir por inercia.
Pero en medio de esa inercia, sigo respirando, sigo mirando por la ventana, sigo encontrando una razón diminuta para aguantar hasta la siguiente pastilla, hasta el siguiente amanecer.
Tal vez la esperanza, para mí, no es un gran horizonte luminoso, sino esto:
seguir existiendo un día más, incluso cuando duele, y reconocer que todavía hay algo, por pequeño que sea, que me ata a este mundo.