28/01/2026
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«Pórtate bien. Te quiero. Nos vemos mañana».
Nadie esperaba que un loro cambiara para siempre la forma en que entendemos la inteligencia animal. Pero Alex lo hizo.
Durante décadas, se creyó que los animales solo imitaban sonidos. Que repetían sin comprender. Alex demostró lo contrario.
Alex era un loro gris africano que, durante casi 30 años, trabajó junto a la psicóloga Irene Pepperberg. No como mascota. No como truco de laboratorio. Como colaborador científico. A través de un método basado en observación, diálogo y respeto, Alex mostró algo que la ciencia no estaba preparada para aceptar.
Reconocía más de 50 objetos. Distinguía colores, formas, tamaños y materiales. Sabía contar. Entendía conceptos abstractos como igual y diferente, más grande y más pequeño. Cuando se le preguntaba, respondía con intención, no por repetición. Sus capacidades cognitivas eran comparables a las de un niño pequeño.
Pero lo más importante no ocurrió durante un experimento.
La noche del 17 de septiembre de 2007, Irene Pepperberg salió de la habitación de Alex como cualquier otro día. No estaba grabando. No estaba probando nada. Entonces Alex la miró y dijo, con calma:
«Pórtate bien. Te quiero. Nos vemos mañana».
A la mañana siguiente, Alex ya no estaba. Había fallecido mientras dormía.
Esas palabras no eran parte de un entrenamiento. No eran una respuesta condicionada. Eran una despedida. Un uso del lenguaje cargado de contexto, afecto y comprensión del tiempo.
Alex no solo cambió lo que sabíamos sobre la cognición animal. Cambió lo que nos atrevemos a sentir hacia ella. Demostró que la inteligencia no siempre se mide en números. Que la consciencia puede tomar formas distintas. Y que algunos animales no solo entienden el mundo… también lo sienten.
A veces, la ciencia avanza no con fórmulas, sino con una frase dicha en voz baja, justo antes de apagar la luz.