Psicólogo en Monclova - Carlos Arturo Moreno De la Rosa

Psicólogo en Monclova - Carlos Arturo Moreno De la Rosa Psicólogo. Egresado de la UANL, con Maestría en Psicoterapia y Doctorante en Salud Mental

07/04/2026

¿Por qué tanto joven está acudiendo a Psicoterapia?

Hay algo que se repite cada vez más en consulta: jóvenes que llegan con ansiedad, con vacío, con enojo, con una sensación de no saber qué hacer con lo que sienten. No es uno, no son dos. Son varios. Y uno empieza a preguntarse si realmente algo cambió o si simplemente ahora se habla más de lo mismo.

Aparece un patrón: historias familiares frágiles, vínculos inestables, figuras parentales ausentes o emocionalmente rebasadas. No siempre hubo abandono físico, pero sí, muchas veces, abandono emocional.

Antes no es que no hubiera dolor. Claro que lo había. Pero existían ciertas estructuras que, bien o mal, contenían. La familia funcionaba como un primer regulador: había límites, había jerarquía, había alguien que sostenía. No perfecto, pero suficiente. Hoy eso se ha debilitado.

La disfunción familiar se asocia de forma consistente con ansiedad, depresión y problemas conductuales en adolescentes. Es un dato que se repite en distintos estudios. Cuando el sistema familiar pierde estructura, el joven queda más expuesto a su propio mundo interno, sin herramientas para organizarlo.

El problema no es que el joven “no aguante”. El problema es que está intentando resolver, en soledad, lo que antes se procesaba en vínculo. Está tratando de regular emociones intensas sin haber aprendido cómo hacerlo acompañado.

El síntoma no es individual. Es sistémico. El joven expresa, en su ansiedad o en su apatía, algo que el entorno no está pudiendo sostener. Como lo planteaba Salvador Minuchin, muchas veces el síntoma es la forma en que la familia habla sin palabras.

No es casualidad que hoy haya más jóvenes en psicoterapia. Tampoco es que la terapia se haya puesto “de moda”. Lo que está ocurriendo es otra cosa: se están cayendo las redes de contención tradicionales, y alguien tiene que ocupar ese lugar.

Y ese lugar, hoy, muchas veces lo ocupa el consultorio. La pregunta de fondo no es por qué los jóvenes van a terapia. La pregunta es:
¿quién los estaba sosteniendo antes y qué pasó con eso?
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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo egresado de la UANL
Psicoterapeuta Cédula Profesional 6775187
Doctorante en Salud Mental
Citas al 866 133 3958

02/04/2026
31/03/2026

Por sus frutos los conocerán

Ciertamente, en la antigüedad se hablaba del alma como ese núcleo invisible que daba forma a lo humano: carácter, voluntad, afectos, destino. Hoy el lenguaje ha cambiado; hablamos de cerebro, de mente, de sinapsis, de neurotransmisores. Hemos sofisticado la explicación, pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿qué es eso que hace a una persona ser quien es? Tal vez no hemos dejado de hablar del alma, solo la hemos traducido a otros términos.

Si alguien quisiera “ver” esa alma, no en un sentido místico, sino en su expresión más concreta, bastaría con observar a los hijos que ha criado.

No porque los hijos sean una copia exacta, sino porque son, muchas veces, la huella viva de una historia emocional. En su forma de reaccionar, de vincularse, de tolerar la frustración, de amar o de defenderse, aparece algo del mundo interno de quienes los formaron. Como si aquello que no siempre se dice, se transmitiera de todos modos.

Podríamos decir que no solo se heredan genes, sino también patrones: formas de interpretar la realidad, estilos de apego, maneras de regular (o desregular) las emociones.

El cerebro del niño, en su plasticidad, se va moldeando en contacto con otros cerebros. Se va escribiendo algo que antes hubiéramos llamado “alma” y que hoy podemos entender como una configuración compleja entre biología, experiencia y vínculo.

Al final, quizá el alma, si queremos seguir usando esa palabra, no es algo fijo ni dado de una vez y para siempre. Es algo que se construye, se transmite y también se transforma. Por sus frutos los conocerán.
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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo egresado de la UANL
Psicoterapeuta Cédula Profesional 6775187
Doctorante en Salud Mental
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31/03/2026

¿Qué se tiene que hacer para fortalecer la Salud Mental?

Constancia, dedicación, hábito, disciplina, esfuerzo, compromiso… todas estas palabras tienen algo en común: son las que suelen aparecer cuando una persona logra aquello que se propone. No son conceptos aislados, son formas de funcionamiento. Pero entonces la pregunta es obligada: ¿cómo se construyen realmente? ¿de dónde salen? ¿es cuestión de voluntad o hay algo más de fondo?

Dentro del doctorado en salud mental que actualmente curso, mi trabajo de tesis se centra en los factores protectores de la salud mental como elementos clave para el bienestar emocional de las personas. Mi propuesta parte de que muchos de estos factores protectores están directamente relacionados con los hábitos que una persona construye y sostiene en su vida cotidiana.

De manera paralela, me encuentro cursando un programa sobre plasticidad cerebral y hábitos, impartido por el Mtro. Víctor Manuel Juárez, estudiante de doctorado en la UNAM, en donde se profundiza precisamente en los mecanismos cerebrales que explican cómo un sujeto logra adherirse a un programa de hábitos orientado al cuidado de su salud mental.

Ambos espacios, el académico y el formativo, convergen en una misma pregunta: ¿qué tiene que pasar en el cerebro y en la conducta para que una persona realmente logre cambiar y sostener ese cambio?

El estudio de los hábitos no es algo nuevo; no estamos descubriendo el hilo negro. Desde la filosofía clásica, lo que hoy llamamos hábitos era pensado en términos de virtudes: la templanza, la prudencia, la fortaleza, la justicia… formas de carácter que se construían a través de la repetición y que orientaban la vida hacia cierto equilibrio.

En la actualidad, este mismo interés aparece en múltiples propuestas contemporáneas, desde bestsellers como Hábitos atómicos de James Clear, hasta enfoques como Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva de Stephen Covey, que, desde distintos lenguajes, coinciden en lo mismo: los hábitos configuran la forma en que una persona vive.

El punto, entonces, no es tanto descubrir qué hay que hacer, eso, en gran medida, ya lo sabemos, sino entender por qué, aun sabiéndolo, no siempre se logra sostener.

Ahí es donde aparece el verdadero problema: la adherencia. Y es precisamente en ese punto donde este texto busca detenerse, intentando dar una explicación de qué ocurre a nivel cerebral para que una persona logre, o no, mantenerse en un programa de hábitos orientado a su salud mental.

Los hábitos no son solamente conductas repetidas; son, en muchos casos, la historia de una persona escrita en automático. Lo que alguien hace sin pensar, cómo responde, cómo se calma, cómo evita, cómo insiste, no aparece de la nada. Es el resultado de repeticiones, de aprendizajes previos, de soluciones que en algún momento funcionaron y que el cerebro decidió conservar.

El paciente no llega a consulta diciendo “tengo un hábito”, llega diciendo “no sé por qué siempre me pasa lo mismo”, “no sé por qué reacciono así”, “no sé por qué vuelvo a lo mismo aunque sé que me hace daño”. Y justo ahí es donde aparece el fenómeno: no es falta de inteligencia ni de voluntad, es automatización. Es el cerebro operando desde rutas ya trazadas, desde conexiones que se fortalecieron con el tiempo y que ahora se ejecutan sin pedir permiso.

Desde la neurociencia, sabemos que estos patrones dejan de depender del control consciente y pasan a circuitos más eficientes, más rápidos, pero también más rígidos. El problema no es que el cerebro automatice, eso es necesario, el problema es qué fue lo que automatizó. Porque el mismo mecanismo que permite que alguien desarrolle disciplina, constancia o autocuidado, es el que también sostiene la evitación, la impulsividad o incluso ciertos vínculos que se repiten una y otra vez.

La Psicoterapia no está para “quitar” hábitos de forma directa, sino para hacerlos visibles. Para detener, aunque sea por momentos, ese piloto automático y poner en palabras lo que antes solo se actuaba. Porque cuando algo se nombra, deja de operar completamente en la sombra.

El hábito se forma por repetición. Cada vez que una conducta se ejecuta, se fortalecen conexiones sinápticas específicas que sostienen ese patrón, mientras que otras se debilitan. El cerebro va afinando sus rutas: hace más fuerte lo que se usa y deja de lado lo que no. Por eso termina siendo más fácil repetir lo mismo, incluso cuando no conviene.

En consulta les explico a mis pacientes que el cerebro manda pensamientos, muchos de ellos automáticos, a veces incómodos, a veces equivocados. Pero la mente se entrena. No se trata de pelear con esos pensamientos, sino de aceptarlos, observarlos y decidir qué hacer con ellos. Porque en la medida en que una persona empieza a repetir nuevas formas de actuar, aunque al inicio cuesten, está literalmente construyendo nuevas conexiones.

El cambio implica repetición con dirección. Y es ahí donde, poco a poco, el paciente empieza a acercarse a los objetivos que desea.

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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo egresado de la UANL
Psicoterapeuta Cédula Profesional 6775187
Doctorante en Salud Mental
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31/03/2026

Somos el resultado de nuestras sinapsis

Las sinapsis son las conexiones entre las neuronas a través de las cuales se transmiten señales eléctricas y químicas, formando redes neuronales complejas.

Y pensar que todo se origina con solamente 2,500 sinapsis. La evolución humana, la creatividad, la capacidad de amar, de odiar, de recordar, pero también la ansiedad, los conflictos, las adicciones y los trastornos de personalidad. Todo parte de una red inicial que, al nacer, apenas comienza a organizarse, como un sistema abierto a ser moldeado por la experiencia.

Con el paso del tiempo, esas conexiones aumentan de manera impresionante. El cerebro del niño no es un cerebro terminado, es un cerebro en construcción. Cada interacción, cada palabra, cada gesto significativo va fortaleciendo ciertas rutas y debilitando otras.

También es importante mencionar la poda sináptica. No todo lo que se forma se queda. El cerebro selecciona, afina, elimina. Se queda con lo que se usa, con lo que se repite, con lo que se vuelve significativo.

Y es justo ahí donde la historia de cada sujeto empieza a tomar forma. Porque no se trata solo de cuántas conexiones hay, sino de cuáles se consolidan. Un entorno de cuidado, de contención, de lenguaje, puede favorecer redes más flexibles, más adaptativas. Pero también, contextos marcados por el conflicto, la ausencia o la violencia pueden reforzar circuitos de alerta, de defensa, de repetición del malestar.

Desde ahí podemos entender algo que en psicoterapia se vuelve evidente: la vida psíquica no está “dada”, se va construyendo. Incluso los problemas que vemos en consulta, la impulsividad, la dificultad para regular emociones, las conductas adictivas, no aparecen de la nada. Son patrones que, de alguna forma, han sido aprendidos, repetidos y sostenidos en esa red neuronal que un día comenzó con apenas 2,500 conexiones.

Si el cerebro pudo aprender, también puede reorganizarse. La plasticidad cerebral es una realidad clínica. Se estima que cada neurona puede llegar a establecer miles de conexiones, incluso hasta 10,000 o más, lo que da lugar a una red de una complejidad prácticamente infinita.

A través de nuevas experiencias, de nuevas formas de pensar, de sentir y de actuar, es posible ir generando rutas distintas.

Los factores protectores de la salud mental juegan un papel central: dormir bien, alimentarse adecuadamente, hacer ejercicio, leer, tener espacios de ocio valioso, así como sostener relaciones interpersonales sanas son condiciones que favorecen la creación y fortalecimiento de nuevas sinapsis.

No es inmediato, no es sencillo, pero es posible. Al final, lo que somos, con nuestros síntomas y nuestras posibilidades, es el resultado entre lo que se conectó y lo que se sigue conectando todos los días.

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Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo egresado de la UANL
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31/03/2026

La enfermedad del fuego: "Hwa-Byung", lo que no se expresa, quema por dentro.

El llamado Hwa-Byung, descrito en Corea, no es simplemente “dolor de estómago” ni tampoco una depresión clásica. Es, en el fondo, una forma en la que el cuerpo termina hablando cuando la emoción, en este caso la rabia, no encuentra un lugar legítimo para expresarse.

En contextos culturales donde el enojo abierto puede ser mal visto, especialmente en ciertas dinámicas familiares o jerárquicas, la persona aprende a tragarse lo que siente. Pero lo que no se dice, no desaparece. Se transforma. Y ahí es donde empieza a aparecer el síntoma: presión en el pecho, calor interno, sensación de algo atorado, como si literalmente hubiera algo que no baja, que no se digiere. Lo que la boca calla, el cuerpo lo grita.

Hwa-Byung se traduce como “enfermedad del fuego”. Una emoción que arde por dentro, que no se apaga porque no se expresa.

Los síntomas no son enemigos, son mensajes. El cuerpo no se equivoca, traduce. Cuando alguien llega con dolor, con ansiedad o con molestias físicas sin causa médica clara, muchas veces no estamos frente a un fallo del organismo, sino frente a una historia emocional que no ha sido dicha.

La psicoterapia funciona para abrir un espacio donde eso que ha sido contenido pueda empezar a tener palabras. Cuando la emoción encuentra lenguaje, deja de necesitar el cuerpo como canal de expresión. Lo que dolía, empieza a entenderse, y así, paso a paso, encaminarse a tomar mejores decisiones y solucionar conflictos emocionales.

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31/03/2026

¿En qué se parece un proceso psicoterapéutico con la construcción de una tesis doctoral?

En estos días estoy cursando el último módulo del Doctorado en Salud Mental, en el cual analizamos la logística de implementación para la publicación en revistas científicas. En el desarrollo de esta asignatura, me resultó particularmente significativa la explicación sobre la generación del conocimiento científico, donde se plantean dos momentos fundamentales: la etapa empírica y la etapa teórica. Al pensar este esquema desde mi práctica clínica en la atención a pacientes, encuentro similitudes con lo que ocurre en psicoterapia, ambos procesos se orientan a la comprensión y resolución de una problemática.

En el ámbito científico, la investigación parte de la identificación de un problema que requiere ser comprendido y, en la medida de lo posible, resuelto. A partir de ahí, se recurre a la observación, medición y experimentación (etapa empírica), para posteriormente construir hipótesis, modelos explicativos o marcos teóricos que permitan dar sentido a los datos obtenidos (etapa teórica). Este proceso no es lineal, sino dinámico: las hipótesis se contrastan, se ajustan o incluso se descartan en función de la evidencia.

De manera análoga, en psicoterapia el paciente acude con una problemática concreta: síntomas de ansiedad, depresión, conflictos interpersonales o malestar difuso. En una primera fase, se despliega una exploración de su experiencia inmediata: pensamientos automáticos, emociones, recuerdos y patrones de conducta. Esta etapa empírica interna permite delimitar el fenómeno tal como se presenta en la vida del sujeto, sin intervenirlo de forma prematura.

Posteriormente, el trabajo terapéutico introduce una dimensión reflexiva en la que dichos contenidos son cuestionados, organizados y resignificados. El paciente, acompañado por el terapeuta, comienza a distinguir entre hechos e interpretaciones, a contrastar sus pensamientos con la evidencia disponible y a formular nuevas hipótesis sobre sí mismo y su historia. Así, lo que inicialmente se vivía como una verdad absoluta se transforma en un objeto de análisis.

El punto de convergencia entre ambos procesos radica en su finalidad: la resolución de una problemática mediante un proceso sistemático de indagación. Así como una tesis doctoral no se limita a describir un fenómeno, sino que busca generar conocimiento que permita intervenir o comprender mejor una realidad específica, la psicoterapia no se reduce a la expresión del malestar, sino que apunta a la construcción de nuevas formas de pensar, sentir y actuar.

En este sentido, tanto la investigación científica como el proceso psicoterapéutico implican un tránsito del dato a la interpretación, y de la interpretación a la transformación. En ambos casos, el sujeto, ya sea investigador o paciente, deja de ser un observador pasivo para convertirse en un agente activo en la elaboración de respuestas frente a los problemas que enfrenta.
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Carlos Arturo Moreno De la Rosa
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