31/03/2026
¿Qué se tiene que hacer para fortalecer la Salud Mental?
Constancia, dedicación, hábito, disciplina, esfuerzo, compromiso… todas estas palabras tienen algo en común: son las que suelen aparecer cuando una persona logra aquello que se propone. No son conceptos aislados, son formas de funcionamiento. Pero entonces la pregunta es obligada: ¿cómo se construyen realmente? ¿de dónde salen? ¿es cuestión de voluntad o hay algo más de fondo?
Dentro del doctorado en salud mental que actualmente curso, mi trabajo de tesis se centra en los factores protectores de la salud mental como elementos clave para el bienestar emocional de las personas. Mi propuesta parte de que muchos de estos factores protectores están directamente relacionados con los hábitos que una persona construye y sostiene en su vida cotidiana.
De manera paralela, me encuentro cursando un programa sobre plasticidad cerebral y hábitos, impartido por el Mtro. Víctor Manuel Juárez, estudiante de doctorado en la UNAM, en donde se profundiza precisamente en los mecanismos cerebrales que explican cómo un sujeto logra adherirse a un programa de hábitos orientado al cuidado de su salud mental.
Ambos espacios, el académico y el formativo, convergen en una misma pregunta: ¿qué tiene que pasar en el cerebro y en la conducta para que una persona realmente logre cambiar y sostener ese cambio?
El estudio de los hábitos no es algo nuevo; no estamos descubriendo el hilo negro. Desde la filosofía clásica, lo que hoy llamamos hábitos era pensado en términos de virtudes: la templanza, la prudencia, la fortaleza, la justicia… formas de carácter que se construían a través de la repetición y que orientaban la vida hacia cierto equilibrio.
En la actualidad, este mismo interés aparece en múltiples propuestas contemporáneas, desde bestsellers como Hábitos atómicos de James Clear, hasta enfoques como Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva de Stephen Covey, que, desde distintos lenguajes, coinciden en lo mismo: los hábitos configuran la forma en que una persona vive.
El punto, entonces, no es tanto descubrir qué hay que hacer, eso, en gran medida, ya lo sabemos, sino entender por qué, aun sabiéndolo, no siempre se logra sostener.
Ahí es donde aparece el verdadero problema: la adherencia. Y es precisamente en ese punto donde este texto busca detenerse, intentando dar una explicación de qué ocurre a nivel cerebral para que una persona logre, o no, mantenerse en un programa de hábitos orientado a su salud mental.
Los hábitos no son solamente conductas repetidas; son, en muchos casos, la historia de una persona escrita en automático. Lo que alguien hace sin pensar, cómo responde, cómo se calma, cómo evita, cómo insiste, no aparece de la nada. Es el resultado de repeticiones, de aprendizajes previos, de soluciones que en algún momento funcionaron y que el cerebro decidió conservar.
El paciente no llega a consulta diciendo “tengo un hábito”, llega diciendo “no sé por qué siempre me pasa lo mismo”, “no sé por qué reacciono así”, “no sé por qué vuelvo a lo mismo aunque sé que me hace daño”. Y justo ahí es donde aparece el fenómeno: no es falta de inteligencia ni de voluntad, es automatización. Es el cerebro operando desde rutas ya trazadas, desde conexiones que se fortalecieron con el tiempo y que ahora se ejecutan sin pedir permiso.
Desde la neurociencia, sabemos que estos patrones dejan de depender del control consciente y pasan a circuitos más eficientes, más rápidos, pero también más rígidos. El problema no es que el cerebro automatice, eso es necesario, el problema es qué fue lo que automatizó. Porque el mismo mecanismo que permite que alguien desarrolle disciplina, constancia o autocuidado, es el que también sostiene la evitación, la impulsividad o incluso ciertos vínculos que se repiten una y otra vez.
La Psicoterapia no está para “quitar” hábitos de forma directa, sino para hacerlos visibles. Para detener, aunque sea por momentos, ese piloto automático y poner en palabras lo que antes solo se actuaba. Porque cuando algo se nombra, deja de operar completamente en la sombra.
El hábito se forma por repetición. Cada vez que una conducta se ejecuta, se fortalecen conexiones sinápticas específicas que sostienen ese patrón, mientras que otras se debilitan. El cerebro va afinando sus rutas: hace más fuerte lo que se usa y deja de lado lo que no. Por eso termina siendo más fácil repetir lo mismo, incluso cuando no conviene.
En consulta les explico a mis pacientes que el cerebro manda pensamientos, muchos de ellos automáticos, a veces incómodos, a veces equivocados. Pero la mente se entrena. No se trata de pelear con esos pensamientos, sino de aceptarlos, observarlos y decidir qué hacer con ellos. Porque en la medida en que una persona empieza a repetir nuevas formas de actuar, aunque al inicio cuesten, está literalmente construyendo nuevas conexiones.
El cambio implica repetición con dirección. Y es ahí donde, poco a poco, el paciente empieza a acercarse a los objetivos que desea.
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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo egresado de la UANL
Psicoterapeuta Cédula Profesional 6775187
Doctorante en Salud Mental
Citas al 866 133 3958