17/03/2026
Las alteraciones intestinales influyen en procesos neurológicos, generando riesgos clínicos y abriendo posibilidades terapéuticas innovadoras.
La depresión es un síndrome psiquiátrico caracterizado por pensamiento lento, estado de ánimo deprimido y reducción de la actividad volitiva, acompañado de tendencias suicidas y somatización. No solo incrementa el sufrimiento emocional, también se asocia con complicaciones como síndrome de intestino irritable, enfermedad inflamatoria intestinal, cardiopatías, hipercolesterolemia, obesidad, diabetes mellitus y Alzheimer.
La evidencia muestra un vínculo estrecho entre intestino y cerebro. La microbiota intestinal participa en la regulación del desarrollo cerebral, la ansiedad, la depresión y la función cognitiva. Esta relación se establece mediante vías inmunes, neuroendocrinas y vagales del eje intestino-cerebro, que pueden alterarse por cambios en la microbiota.
El segundo cerebro
La microbiota es un reservorio de billones de bacterias, arqueas, virus y hongos que habitan en el intestino, considerado un órgano olvidado. Cumple funciones esenciales en crecimiento, regulación inmunitaria, barrera mucosa, nutrición y resistencia a la colonización.
Se le denomina “segundo cerebro” por su papel en procesos como neurogénesis y mielinización, que influyen en el comportamiento y la cognición. La disbiosis intestinal puede alterar la comunicación bidireccional con el sistema nervioso central y generar afecciones como dolor crónico, estrés, ansiedad, depresión, autismo, Alzheimer y Parkinson.
El uso de antibióticos puede provocar disbiosis, alterar la homeostasis y aumentar el riesgo de depresión.
La corrección de la microbiota intestinal anormal podría aliviar la depresión. Esto sugiere que focalizar la microbiota puede considerarse una terapia prometedora y manejable para este trastorno.