29/04/2026
Un día… sin avisar, la vida cambió.
No hubo tiempo para prepararse.
Solo una llamada, una noticia, un instante que partió todo en dos:
el antes… y el después.
Desde entonces, la casa sigue en pie, pero ya no suena igual.
Ahora hay sillas que nadie ocupa, mensajes que ya no llegan, abrazos que se quedaron pendientes.
Hay días en los que parece que todo está bien hasta que algo tan simple como una canción, un olor o una fecha, rompe la calma y recuerda lo que falta.
Quienes se quedan aprenden a vivir con eso.
Aprenden a sonreír con un n**o en la garganta, a hablarle al aire como si alguien escuchara, a cerrar los ojos para volver a verlos
aunque sea por un segundo.
Aprenden que el dolor no se va…
solo cambia de forma.
Porque perder a un padre, a una madre, a un compañero de vida o a un hijo no es olvidar es aprender a seguir con una parte del alma ausente y aunque el mundo siga girando, hay algo que se detuvo para siempre en ese instante.
Pero también, en medio de todo ese dolor, hay algo que nadie puede quitar: el amor que se quedó. Ese que no se entierra, ese que no se apaga, ese que vive en cada recuerdo, en cada lágrima, en cada suspiro.
Dicen que el tiempo lo cura todo… pero quienes hemos perdido a alguien sabemos la verdad: el tiempo no cura, solo nos enseña a sobrevivir sin ellos.
Y así, entre recuerdos y silencios, seguimos… no porque sea fácil, sino porque el amor que nos dejaron… todavía nos sostiene.
Solo Somos Instantes
-Duelo.
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