23/09/2021
Al día siguiente, 21 de septiembre, Freud le tomó la mano (a su médico) y le dijo: Mi querido Schur, seguramente recuerda nuestra primera conversación. Entonces prometió no abandonarme cuando llegara el momento. Ahora sólo queda la tortura, que no tiene sentido".
Ante el asentimiento del médico suspiró aliviado, sostuvo su mano un buen rato y le dijo: “Se lo agradezco... cuénteselo a Ana”.
Agrega el doctor en su relato: "Todo esto fue dicho sin sentimientos y con plena conciencia de la realidad". Y a renglón seguido concluye: "Le informé a Ana sobre nuestra conversación, como Freud me había pedido. Cuando se repitieron los insoportables dolores, le administré dos centigramos de morfina. De inmediato sintió alivio y se sumió en un sueño pacífico. La expresión de dolor y sufrimiento había desaparecido. Después de doce horas repetí la dosis. Evidentemente Freud se encontraba tan cerca del fin de sus reservas que cayó en estado de coma y no volvió a despertar. Murió a las tres de la madrugada del 23 de septiembre de 1939".
Tomado del artículo: “EL EXILIO Y LA MUERTE DE FREUD”, de Rubén Jaramillo.
Y fue así, hace 82 años, un 23 de septiembre de 1939, tres semanas atrás Alemania acababa de invadir Polonia, Europa estaba a punto de incendiarse como nunca, ni el mismo Sigmund imaginaba lo cruel y destructivo que la especie humana podía ser (había huido de Viena un año atrás, sobre la hora); exiliado en Londres, Inglaterra; cansado, desgastado a nivel físico y emocional por los dolores del cáncer que padecía... Y, después de pedirle a su médico de cabecera que concluyera su sufrimiento, que ese sábado su luz se apagó, pero su legado se perpetuó. El pensamiento del siglo XX no hubiese sido el mismo sin esta figura tan determinante; por eso recordamos que "Con Freud o contra Freud, pero... NUNCA SIN FREUD".