06/01/2026
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La madre del adicto no lo deja crecer
No por falta de amor.
No por maldad.
Sino porque el amor, cuando está atravesado por el miedo, también puede detener.
Desde el psicoanálisis entendemos algo fundamental:
crecer implica tolerar la falta, el error, la caída.
Y muchas madres de hijos con adicción viven en alerta permanente, tratando de evitar justo eso.
Le resuelven.
Le explican.
Le justifican.
Le cubren las consecuencias.
No porque quieran controlarlo,
sino porque el dolor de verlo sufrir es insoportable.
Pero en ese intento diario de ayudar, ocurre algo silencioso:
el hijo no desarrolla recursos internos,
no aprende a frustrarse,
no aprende a sostenerse solo.
La madre se convierte —sin darse cuenta— en una extensión de su voluntad.
Y el hijo queda atrapado en un lugar infantil,
donde siempre hay alguien que piensa, decide y repara por él.
Aquí no se trata de culpar a la madre.
Se trata de comprender la dinámica.
Muchas veces, esa dificultad para soltar no nace en el hijo,
sino en la angustia de la madre frente a la pérdida:
“Si lo dejo caer, ¿y si no se levanta?”
“Si no estoy, ¿qué le va a pasar?”
Pero crecer siempre implica riesgo.
Y amar, en ciertos momentos, implica retirarse un paso.
No abandonarlo.
No rechazarlo.
Sino permitirle vivir su proceso,
hacerse cargo de sus actos,
y descubrir que puede sostenerse sin ser rescatado.
A veces, el mayor acto de amor
no es hacer más…
sino dejar de hacer lo que ya no le toca a uno.
Porque un hijo no sana cuando lo cuidan como niño,
sana cuando alguien confía —de verdad—
en que puede convertirse en adulto.
Kalefh Bañuelos
Psicólogo en adicciones
WhatsApp 443 227 1958