09/03/2026
Otro día en que llegas al rancho y te encuentras con ese cuadro que nadie quiere ver.
El animal tirado, el silencio alrededor… y esa pregunta que inevitablemente se te mete en la cabeza:
¿qué estoy haciendo mal para que me pasen estas cosas?
Uno revisa todo.
El manejo, el agua, el potrero, los cuidados.
Y aun así, la naturaleza a veces decide otra cosa.
¿Serán pruebas de fuego?
¿Será humildad lo que nos enseña la pérdida?
Porque perder un animal no solo pega en el bolsillo.
Pega en el ánimo, en la moral, en ese orgullo silencioso que uno tiene de cuidar bien lo suyo.
Pero también te aterriza.
Te recuerda que, por más que planifiques, que prevengas, que cuides… a la naturaleza no le vas a ganar nunca.
Ella tiene la última palabra.
En este negocio hay una verdad que muchos no quieren escuchar:
las pérdidas existen y hay que contemplarlas.
La muerte forma parte del ciclo del campo, aunque uno nunca se acostumbre a verla.
El que nada tiene, nada pierde.
Pero el que trabaja con animales, el que invierte tiempo, dinero y esperanza… ese sí siente cada baja.
Aun así, el rancho no se detiene.
Mañana habrá que seguir revisando potreros, contando ganado, curando animales, moviendo cercas y esperando el próximo nacimiento.
Así es la ganadería:
un oficio donde conviven la vida y la muerte todos los días,
y donde el ganadero tiene que aprender a levantarse incluso cuando el corazón pesa.
Por eso, cuando vean un plato de carne en la mesa o hablen del campo con ligereza, recuerden algo:
detrás de cada animal hay años de trabajo…
y detrás de cada ganadero hay alguien que ha aprendido, muchas veces a golpes, que la naturaleza siempre manda.
Y aun así…
seguimos aquí.