26/01/2026
Desde la psicología clínica, la creencia de que una pareja es la fuente de la felicidad constituye una distorsión cognitiva ampliamente normalizada en la cultura contemporánea. La felicidad no es un estado constante ni transferible; es un constructo subjetivo que depende de procesos intrapsíquicos como la regulación emocional, la autoestima, el sentido de identidad y los recursos psicoafectivos individuales.
La relación de pareja es, por definición, un sistema dinámico caracterizado por fluctuaciones emocionales. En este vínculo se activan conflictos internos, patrones de apego, experiencias tempranas no resueltas y mecanismos defensivos. Por ello, la convivencia afectiva implica necesariamente momentos de bienestar, tensión, frustración y displacer. Ninguna relación puede sostener un estado continuo de satisfacción emocional.
Cuando se deposita en la pareja la responsabilidad de proporcionar felicidad, se genera una carga relacional disfuncional que favorece la dependencia emocional, la idealización del otro y la posterior desilusión. Desde este enfoque, la pareja es utilizada como un regulador externo del malestar interno, lo cual interfiere con el desarrollo de la autonomía emocional y el afrontamiento adaptativo.
La función de la pareja no es producir felicidad, sino acompañar el proceso vital de dos individuos que conservan su individualidad psicológica. El vínculo puede facilitar el crecimiento, el apoyo emocional y la construcción de proyectos compartidos, pero no sustituye el trabajo terapéutico ni la elaboración personal necesaria para el equilibrio emocional.
Comprender esta diferencia permite establecer relaciones más saludables, basadas en la corresponsabilidad afectiva y en expectativas realistas, donde el bienestar psicológico no se delega al otro, sino que se asume como una tarea individual. Psicoonco claususy