25/03/2026
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El gerente regional de la Standard Oil en México, leyó el telegrama dos veces antes de soltarlo sobre su escritorio con una carcajada que resonó por todo el edificio de la compañía en la Ciudad de México. Era el verano de 1937 y en el papel estaba la última demanda del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana.
Jornadas de 8 horas, salarios que igualaran a los de los trabajadores americanos que hacían exactamente el mismo trabajo en las mismas plataformas. escuelas para sus hijos y hospitales donde los obreros mexicanos no tuvieran que entrar por la puerta de atrás. El gerente pasó el telegrama al abogado corporativo que lo esperaba al otro lado del escritorio con una sonrisa idéntica a la suya.
Los indios quieren un hospital", dijo. No era una frase aislada, era el resumen de 20 años de política corporativa en México. Las compañías petroleras, Standard Oil, Royal Dodge Shell con su filial El Águila, la Mexican Petroleum Company, la Atlantic Richfield habían construido en el subsuelo mexicano el imperio industrial más rentable del hemisferio occidental y lo habían construido con la certeza inamovible de que el petróleo debajo de la Tierra era de ellas.
que los hombres que lo extraían eran instrumentos intercambiables y que el gobierno que los hubiera dejado operar 30 años seguiría dejándolos operar 30 más. No conocían a Lázaro Cárdenas y eso sería su ruina. Para entender la magnitud de la humillación que estaba a punto de caerles encima, hay que entender primero el tamaño de la arrogancia que la precedió.
Las empresas petroleras no llegaron a México como inversores prudentes dispuestos a respetar las leyes del país anfitrión. Llegaron como conquistadores que pagaban regalías. Llegaron en la era de Porfirio Díaz, ese anciano oaxaqueño que había decidido que la modernidad valía el precio de entregar el subsuelo nacional a los que tuvieran la maquinaria para explotarlo y que había firmado contratos con las compañías anglosajonas que dejaban al Estado mexicano en la posición exacta de Esaú en el Génesis, vendiendo la primogenitura por un plato de lentejas
industriales. Cuando Díaz cayó y la Revolución Mexicana comenzó a reconfigurar las reglas del juego, las compañías observaron el caos con la paciencia de los que saben que los gobiernos caen y los yacimientos permanecen. Financiaron a diferentes facciones según quién les pareciera más manejable. Sobornaron generales.
Compraron periodistas en Nueva York y en Londres que describían cualquier intento de regulación mexicana como bolchevismo tropical. Y cuando la Constitución de 1917 declaró en su famoso artículo 27 que el subsuelo pertenecía a la nación, las compañías contrataron los mejores bufetes internacionales para convertir ese artículo en letra mu**ta.
Por 20 años lo lograron. Las cifras de lo que las empresas extraían de México y lo que dejaban son las cifras de un saqueo documentado. Entre 191 y 1938, las compañías extrajeron más de 1600 millones de barriles de petróleo mexicano. México había sido durante la Primera Guerra Mundial el segundo productor de petróleo del mundo, generando más del 25% de la producción global.
De ese dineral, el Estado mexicano recibía menos del 15%. El resto viajaba a Houston, a Londres, a la Aya, a los despachos de la ciudad de Nueva York, donde los hombres con trajes de seda dibujaban los mapas del subsuelo de un país que no era el suyo. Pero el dinero no era lo único que se iban, se llevaban también la dignidad.
Las compañías habían construido en los campos petroleros de Tampico y Veracruz un sistema de apartate que el sur de los Estados Unidos habría reconocido con comodidad. Había clubes para los empleados americanos y británicos con piscinas de azulejos, canchas de tenis y bares con aire acondicionado.
Y había barracas para los trabajadores mexicanos, sin agua potable, sin sistemas de drenaje, con pisos de tierra pisonada y techos de lámina que convertían el verano tropical en un horno. Había comedores para los extranjeros con manteles blancos y menús impresos, y había ollas comunitarias donde los peones mexicanos recibían tortillas y frijoles.
Los ingenieros americanos ganaban 10 veces el salario de un ingeniero mexicano con la misma formación y el mismo cargo. Y si el ingeniero mexicano tenía la impertinencia de señalarlo, encontraba su nombre en una lista negra que circulaba entre todas las compañías del sector. El término que los gerentes americanos y británicos usaban para referirse a los trabajadores mexicanos no era neutro ni accidental.
Era el mismo que Lawrence había usado 75 años antes, mirando a los soldados de Zaragoza desde su catalejo. Nativos, seres del paisaje antes que personas del contrato. En ese contexto llegó Lázaro Cárdenas a la presidencia de México en 1934. Cárdenas era un general michoacano de 40 años, hijo de una familia modesta, veterano de la revolución desde los 15 años, gobernador que había repartido tierras con una seriedad que escandalizaba a los que creían que el reparto agrario era un discurso y no una política. tenía la voz tranquila de los
hombres que no necesitan gritar para ser escuchados y la mirada directa de los que no tienen nada que ocultar porque no deben favores a nadie relevante. Las compañías petroleras lo evaluaron con la misma condescendencia con que sus predecesores habían evaluado a Juárez en 1861. Vieron un político provinciano producto de la máquina revolucionaria del PNR, sin experiencia en los mercados internacionales, sin el sofisticado conocimiento de las finanzas globales que hacía tan necesaria su presencia en México. Lo vieron como un obstáculo
manejable. No vieron lo que era, el hombre más peligroso que podían tener como adversario. Porque Cárdenas no era ni un demagogo ni un ideólogo puro. Era un administrador con convicciones tan profundas como su paciencia. un hombre que llevaba 4 años documentando exactamente lo que las compañías hacían, exactamente lo que la ley mexicana decía y exactamente el punto donde los dos se separaban de manera que ningún tribunal honesto podría ignorar.
La chispa que encendió el incendio fue como siempre la insolencia de los que han tenido demasiado poder durante demasiado tiempo para reconocer que sus interlocutores han cambiado. En 1937, el Sindicato de Trabajadores Petroleros presentó su pliego petitorio. No pedía el imposible, pedía lo que cualquier tribunal laboral civilizado habría concedido.
un salario digno, condiciones de trabajo seguras, igualdad de trato entre trabajadores mexicanos y extranjeros. La Junta de Conciliación y Arbitraje, después de un peritaje que duró meses y que documentó con precisión quirúrgica la brecha entre lo que las compañías podían pagar y lo que pagaban, les dio la razón.
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