06/03/2026
Cuando hablo de autismo, también hablo del duelo que viví…
Porque antes de entender, lloré.
Antes de aceptar, me rompí.
Antes de aprender a mirar su mundo, tuve que despedirme del que yo había imaginado.
No fue duelo por mi hijo, el está aqui gracias al cielo, hermoso, bello y amado…
Fue duelo por las expectativas, por los planes que dibujé sin saber, por las palabras que soñé escuchar en cierto momento, por los caminos que creí que serían rectos y sencillos.
Recuerdo el día en que el diagnóstico dejó de ser una sospecha y se convirtió en realidad. Sentí miedo. Sentí culpa. Sentí incertidumbre. Me pregunté si lo estaba haciendo bien, si sería suficiente, si él sufriría.
Y sé que muchos me dirán que el duelo no existe, y los entiendo. Hay corazones más fuertes y decididos, hay diferentes experiencias. Cada madre y padre vive su proceso de manera distinta.
Yo no voy a decir que fui débil, porque sé que no lo soy. Pero sí me dí la oportunidad de sentir mis miedos y guardarlos. No es que no existan ya… están ahí. Y cuando se presentan, ya no me paralizan. Me motivan con fuerza para seguir, para informarme más, para defender, para acompañar mejor.
Y sí… lloré.
Lloré por lo que no entendía.
Lloré por lo que otros no entendían.
Lloré por el futuro que parecía incierto.
Pero en medio del duelo también nació algo nuevo.
Aprendí que el amor no necesita cumplir expectativas para ser infinito.
El duelo no significa falta de amor.
Significa humanidad.
Significa que también somos madres con corazón, con miedos, con sueños que tuvieron que transformarse.
Hoy cuando hablo de autismo, no lo hago desde la tristeza.
Lo hago desde la verdad.
Desde el proceso.
Desde la cicatriz que ya no duele igual, pero que me recuerda cuánto he crecido.
Porque el duelo no fue el final…
Fue el inicio de una nueva manera de amar, de mi transformación, fue el inicio de nuevos sueños, de un nuevo camino.
Karla Ferrero