27/12/2025
Gracias de corazón a quien se dio el espacio de leerme semana a semana, permitiendo que mis palabras formaran parte de su propio tiempo. A quienes me leen junto a una taza de café, en el ajetreo del transporte público o desde la quietud de su hogar: les mando un cálido abrazo. Si decido no quedarme para siempre en esta montaña y si los editores me siguen brindando este refugio de papel y tinta, nos volveremos a encontrar el próximo año.
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| Deseos💫
“2026”
Por✍🏻 Alex Bravo
El año 2025 languidece, desvaneciéndose entre los pinos que rodean esta cabaña. Mientras los días transcurren lentos, me descubro a men**o contemplando el firmamento; bajo el peso de las estrellas, no puedo evitar que el pensamiento se enrede en la misma idea: la falta de tiempo. Es una inquietud constante, una lucha cuerpo a cuerpo con la finitud. Existe en mí la extraña creencia de que, si me quedo quieto, la vida simplemente dejará de fluir a través de mí. Incluso aquí, en el silencio del refugio, siento el imperativo de ponerme en marcha, de salir a caminar y comprobar, mediante el movimiento de mis músculos, que sigo presente.
Al pensar en este cierre de ciclo, emerge con nitidez un rito de mi infancia, una herencia de cariño que mi madre solía compartir conmigo. Ella, con una fe inquebrantable en la magia de los nuevos comienzos, me decía: «Come una uva por campanada y se te cumplirán todos tus deseos». Yo, con la inocencia de quien aún no conoce el peso de los años, obedecía con fervor. Intentaba pedir cada deseo, uno a uno, pero la ceremonia se convertía pronto en una carrera frenética. Las campanadas marcaban un paso que mis manos no alcanzaban. De todos los años que lo intenté, nunca logré terminar a tiempo; el eco de la última campana siempre me encontraba con una uva aún en la mano y un deseo atascado en la garganta. Supongo que, en mi melancolía, he llegado a creer que por eso ni un solo anhelo se ha concretado: porque la prisa me robó la oportunidad de culminar el rito.
Quizás la respuesta a este vacío solo la otorgue el tiempo. Pero, ¿qué es el tiempo? No busco una definición académica; busco habitar la pregunta. Mientras escribo estas líneas, realizo mi propia colaboración con el destino: mastico una uva con una lentitud que desafía al niño que fui, transformando mi deseo en un cuestionamiento. Deseo que mi interrogante deje de ser un «qué» para convertirse en un «quién». ¿Quién es el tiempo? Y, más específicamente: ¿Soy yo mi tiempo?
Si intento comprender a Heidegger, entiendo que no puedo acceder a esa respuesta fuera de mi propio ser. La conclusión es ineludible: Yo soy mi tiempo. No es algo que recibo, es lo que soy. Por eso, no «espero» el 2026 como si fuera una entidad ajena; ese número no representa mis años de vida, sino un nuevo ciclo en el que me toca ser arrojado para experimentar.
Un año tiene doce meses, cincuenta y dos semanas, miles de minutos... la aritmética es exacta, pero el ser no tiene medida. Al mirar hacia atrás, hacia este 2025 que se apaga, me pregunto con honestidad: de todo ese torrente de horas, ¿Cuánto tiempo ha sido realmente habitado? ¿Cuánto ha sido vida y cuánto simple inercia? En este silencio, frente a la inmensidad de lo que viene, solo me queda la tarea de ser, por fin, dueño de los segundos que me conforman. Al final, la duda persiste: ¿es que no me alcanza el tiempo para todo lo que quiero hacer, o es que no me alcanza el tiempo para todo lo que quiero ser?
Gracias de corazón a quien se dio el espacio de leerme semana a semana, permitiendo que mis palabras formaran parte de su propio tiempo. A quienes me leen junto a una taza de café, en el ajetreo del transporte público o desde la quietud de su hogar: les mando un cálido abrazo. Si decido no quedarme para siempre en esta montaña y si los editores me siguen brindando este refugio de papel y tinta, nos volveremos a encontrar el próximo año.