Pamela Olin Psicóloga

Pamela Olin Psicóloga Acompañamiento psicológico desde lo humano, desde la escucha y el fortalecimiento emocional.

Aquí no se juzga ni se etiqueta, solo se siente, se entiende y se sana 🌱❤️‍🩹

*No se realizan dictámenes ni diagnósticos clínicos*

25/11/2025

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Esta bien! ✨🙏🏻
23/11/2025

Esta bien! ✨🙏🏻

Tú también lo eres ✨🌓
23/11/2025

Tú también lo eres ✨🌓

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23/11/2025

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23/11/2025

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23/11/2025

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Frankenstein nos muestra un tema que no hemos estado lo suficientemente listos para abordar. ¿Será que el amor natural e...
18/11/2025

Frankenstein nos muestra un tema que no hemos estado lo suficientemente listos para abordar. ¿Será que el amor natural es del padre hacia el hijo? ¿O es el hijo el que nace con la necesidad natural de amar al padre a pesar de cualquier actitud o cualquier circunstancia?

Y es que el padre ya conoce al mundo, pero para el hijo todo su mundo son los padres: es su conexión directa hacia el exterior, cree ciegamente en ellos y le es imposible concebir que los seres que le dieron la vida sean los mismos que son capaces de dañarlo. Pero es que para el hijo su historia comienza justo ahí y no tiene registro de que sus padres ya tienen su propia historia con el mundo; por eso asimila que, al igual que para él, él es el mundo para sus padres. Por eso, a pesar del evidente maltrato, algo en su interior lo niega y sigue queriendo a pesar de todo. El padre, en cambio, sabe del maltrato, intenta justificarse y creer que lo está haciendo por un bien y para corregir errores, pero en el fondo sabe que la criatura no lo merece y por eso, al final del camino, termina pidiendo disculpas, y el hijo, a pesar de todo el daño, termina perdonando. ❤️‍🔥

Pero esto tiene una reflexión: los padres tenemos la obligación de sanar nuestras heridas, de corregir nuestro camino, para mostrar lo mejor del mundo a nuestras criaturas, que es igual a lo mejor de nosotros, y que no nos quede como última alternativa pedir y ser perdonados al final del camino.

— Pamela Olin.

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18/11/2025

“No era un monstruo… era una herida que nadie quiso comprender.” 🖤

Hay algo profundamente humano en Frankenstein. No en el científico que desafía a la muerte, sino en la criatura que nace sin pedirlo, que busca amor y encuentra rechazo, que quiere pertenecer y termina convirtiéndose en todo lo que el mundo temía de él.

Guillermo del Toro no cuenta solo una historia de horror, sino una tragedia emocional, una metáfora de todos nosotros cuando cargamos heridas que no elegimos y vacíos que nadie se atreve a mirar de cerca.

La criatura no era mala. Era un alma confundida, sin nombre, sin hogar, sin abrazo. Un ser que deseaba amar, pero fue juzgado por su apariencia, por su diferencia, por aquello que lo hacía único.
Y dime… ¿cuántas veces nos hemos sentido así? Incomprendidos, señalados, convertidos en lo que otros temen ver de sí mismos.

Del Toro muestra que el verdadero horror no está en la criatura, sino en la soledad. En la crueldad del rechazo, en la mirada que se aparta, en el “no perteneces aquí” que duele más que cualquier herida.
Porque lo que lastima no es ser diferente, sino que nadie quiera entender tu diferencia.

El monstruo de Frankenstein buscaba una sola cosa: alguien que lo amara sin miedo. Alguien que viera más allá de sus cicatrices y de los errores de su creador. Pero en lugar de compasión, recibió miedo.
Y así, lo que nació del dolor terminó devolviendo dolor. A veces, cuando un alma es herida demasiadas veces, aprende a defenderse con la misma oscuridad que la dañó.

Del Toro pinta a la criatura como un espejo. Un recordatorio de nuestra necesidad de ser vistos, aceptados, comprendidos. Nos muestra que los “monstruos” no nacen, se fabrican con abandono, desprecio y amor negado.
Y eso es más aterrador que cualquier historia de terror.

A veces me pregunto cuántas criaturas hemos ayudado a crear. Cuántas personas hemos hecho sentir que no merecen ternura, que no son suficientes, que su dolor no importa. Y cuántas veces, al huir de su sufrimiento, las empujamos a la misma soledad que tememos.

En el fondo, Frankenstein no habla de un experimento fallido… habla de nosotros.
De lo que ocurre cuando un corazón quiere amar pero nadie lo enseña.
De cómo el rechazo transforma inocencia en furia y tristeza en rencor.

Guillermo del Toro convierte esa historia antigua en una plegaria moderna:
“No huyas de lo que no entiendes. No juzgues lo que no conoces. No rechaces lo que solo necesita un poco de amor.”

Porque todos hemos sido esa criatura alguna vez.
Todos hemos sentido que no encajamos, que nadie nos ve, que nuestra voz se pierde entre el ruido del mundo.
Y todos hemos deseado, aunque sea una vez, que alguien nos mire con ternura y diga: “No eres un error. Eres humano, y eso basta.”

El monstruo no nació monstruo. Lo hicieron así.
Y quizá ese sea el mensaje final de Frankenstein:
que el amor puede salvar…
y su ausencia puede destruir incluso lo que nació con pureza. 🥀

✨joya
17/11/2025

✨joya

"ABANDONO PATERNAL... el monstruo que no fue amado” Guillermo del Toro ha dicho que su versión de Frankenstein no trata sobre el horror, sino sobre la soledad. Detrás de la criatura marginada y del creador ausente se esconde una metáfora profundamente humana: la del abandono paternal. Cuando un hijo crece sin la mirada que lo reconozca, sin la presencia que lo sostenga, puede sentirse como un experimento fallido: hecho de retazos de historias, buscando desesperadamente un lugar donde ser visto sin miedo. Desde la psicología familiar, Bowen (1978) explica que las heridas del abandono atraviesan generaciones, dejando una huella en los vínculos y en la capacidad de confiar. El niño no sólo pierde a un padre, sino también un espejo donde mirarse con pertenencia.

Del Toro reconfigura el mito clásico: la criatura ya no es sólo monstruo por fuera, sino por dentro. En la versión del director, el “monstruo” se construye con el abandono de un mirada paterna, la indolencia del creador, la soledad radical del excluido. Así, el hijo no sólo hereda el miedo a morir, sino el miedo a no existir. En terapia humanista decimos: la persona que no fue nutrida en su identidad, se encuentra buscando fuera lo que nunca le fue dado dentro. El film afirma que la “creación” puede volverse espejo de la frustración del “creador”: la ambición profesional, la negación del dolor, la huida emocional. Para el paciente que vivió abandono paternal, ver esta dinámica en pantalla permite iluminar la repetición: buscar pareja-padre, profesiones que asumen la validación ausente y recrear ese círculo doloroso.

El largometraje insiste en que el padre no solo crea vida, sino que delega dolor, abandono, frustración. Esa sombra fértil se traspasa: el hijo se convierte en “otra criatura”, que a su vez puede repetir el abandono o exorcizarlo. En terapia sistémica esto se llama “transmisión intergeneracional de la carencia”. Del Toro lo explora al mostrar que Victor Frankenstein fue hijo, fue huérfano de validación, y que su creación refleja su propia herida. En clínica, podemos invitar al paciente a contemplar: ¿qué repito de mi padre? ¿Qué voz suya está habitando mi vida hoy? La película lo muestra con impacto: no solo miramos al monstruo, miramos al creador, miramos al padre que no contuvo. Y en esa mirada entramos nosotros como terapeutas.

17/11/2025

Los amigos de verdad no solo están ahí para celebrar tus altas; también te sostienen en las bajas 🫶✨

15/11/2025

Japón Prohibió las CALIFICACIONES Por 10 Años. 😱
En el sistema educativo japonés, los primeros años de escuela representan una filosofía completamente diferente a la occidental. No se centran en calificaciones ni en la competencia académica, sino en algo mucho más trascendental: la construcción del carácter y el cultivo del respeto hacia los demás.

Durante los primeros años de primaria, los niños japoneses se sumergen en el aprendizaje de valores fundamentales que serán la base de su desarrollo personal. La disciplina no se enseña como imposición, sino como autorregulación. La empatía se practica diariamente a través de actividades grupales donde aprenden a reconocer y valorar las emociones de sus compañeros. La responsabilidad se cultiva mediante tareas colectivas, como la limpieza del aula o servir el almuerzo escolar, enseñándoles que cada persona contribuye al bienestar común.

Las evaluaciones existen, pero funcionan de manera radicalmente diferente. Son instrumentos de retroalimentación ligera y constructiva, nunca herramientas de clasificación o exclusión. No hay listas de honor ni rankings que generen presión. El enfoque está puesto en la comprensión profunda de los conceptos y en el trabajo colaborativo, donde el éxito individual se celebra como parte del éxito colectivo.

Solo después de los 10 años, cuando los cimientos del carácter ya están establecidos, las pruebas académicas comienzan a adquirir mayor relevancia. Esta transición gradual asegura que los estudiantes posean la madurez emocional y social necesaria para enfrentar desafíos académicos más exigentes.

Esta visión educativa refleja una convicción profunda: formar buenas personas es el prerequisito para formar buenos profesionales. Japón entiende que el conocimiento sin valores crea individuos capaces pero desconectados, mientras que la educación integral forma ciudadanos preparados para contribuir positivamente a la sociedad con sabiduría, respeto y equilibrio emocional.

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01/11/2025

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42084

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