18/05/2026
“A veces deseo que mis heridas internas se convirtieran en una cicatriz en el rostro.”
Recuerdo, cuando de niña, por primera vez que vi a una persona con una cicatriz en el rostro.
Seré sincera: me incomodó.
No porque me diera miedo, sino porque algo en mí no sabía qué hacer con lo que estaba viendo.
Era una mezcla de confusión, impacto, extrañeza y una curiosidad que no sabía dónde poner.
Quería mirar, pero no quería que se notara que estaba mirando demasiado.
Quería preguntar, pero tenía miedo de ofender.
Quería saber qué había pasado, pero también sentía que quizá no tenía derecho a acercarme a esa historia.
Como si en alguna parte hubiera aprendido que preguntar por el dolor ajeno estaba mal.
Después me di cuenta de que no era la única.
Muchas personas hacemos lo mismo.
No preguntamos porque no queremos incomodar.
No preguntamos porque tenemos miedo de invadir.
No preguntamos porque no sabemos cómo tocar una historia sin lastimar más.
Y sí, a veces el silencio puede ser prudencia.
Pero otras veces, el silencio también se vuelve distancia.
Años después, me sorprendió escuchar a alguien decir
“A veces desearía tener una cicatriz en el rostro, para que lo que viví pudiera verse.”
Esa frase me impactó.
Porque empecé a entender que muchas personas que habían vivido historias profundamente dolorosas no se sentían solas solo por lo que habían vivido.
También se sentían solas porque nadie lo veía.
Porque sus heridas eran invisibles.
Porque sus cicatrices no estaban en el rostro.
Porque había partes de su historia que parecían quedar relegadas al olvido, aunque seguían presentes dentro de ellas.
A veces intentaban gritar esas heridas al mundo.
No siempre con palabras claras.
A veces con silencios.
Con reacciones.
Con miedo.
Con enojo.
Con formas de protegerse que otros no entendían.
Pero como nadie preguntaba, se sentían todavía más solas.
Por algún motivo esto me movió, hasta que me di cuenta que a veces yo también me sentía desconectada porque no sabía cómo conectar con el dolor ajeno.
Y quienes vivían ese dolor se sentían solos porque sentían que nadie quería conectar con ellos.
De un lado, el miedo a incomodar.
Del otro, el dolor de no ser mirado.
De un lado, el silencio por prudencia.
Del otro, el silencio como abandono.
Pero esta reflexión no solo me hizo mirar distinto el dolor de los demás.
También me llevó a mirar partes de mí que habían aprendido a esconder sus propias heridas.
Dolores que antes preferí no ver.
Historias internas que intenté acomodar en silencio.
Partes de mí que quizá no quería reconocer porque nombrarlas también implicaba aceptar que algo me había marcado. Y entonces comprendí que a veces no solo escondemos nuestras heridas para que otros no las vean.
A veces también las escondemos de nosotras mismas.
Quizá por eso alguien puede llegar a desear tener una cicatriz visible.
No porque quiera dar lástima.
No porque quiera vivir desde la herida.
No porque quiera convertir su dolor en identidad.
Sino porque una cicatriz visible, de alguna forma, dice sin explicar demasiado
“Algo pasó aquí.”
Y hay heridas invisibles que han tenido que explicarse demasiadas veces para ser creídas.
Últimamente pienso que nos hemos vuelto demasiado fóbicos a la incomodidad.
Queremos apartar rápido lo que duele.
Queremos no preguntar para no incomodar.
Queremos que las personas sanen, pero sin que su historia pese demasiado en la conversación.
Pero no ver no siempre cuida.
A veces solo evita nuestra propia incomodidad.
Quizá acompañar también implica aprender a mirar sin invadir.
Preguntar sin exigir.
Escuchar sin querer corregir.
Sostener la historia del otro sin apartar la mirada.
Y quizá también implica aprender a mirar nuestras propias cicatrices con menos rechazo.
Porque no todas las cicatrices son visibles.
Pero todas, incluso las que no se ven, incluso las que incomodan, incluso las que alguien aprendió a esconder para no molestar al mundo, merecen ser reconocidas.
No para quedarnos en ellas.
Sino para no dejar sola a una persona con su historia.
Ni dejarnos solas a nosotras mismas con la nuestra.
Abuso Narcisista y Psicópata - Mossy Moctezuma Abuso Silencioso