21/02/2026
La Dra. Andry Montoya, una estrella que se está organizando para brillar con más luz 🌟.
Hoy sabemos que el término “Síndrome de Asperger” está en desuso.
En 2013, con la publicación del DSM-5, dejó de considerarse un diagnóstico independiente y se integró dentro del Trastorno del Espectro Autista (TEA). Posteriormente, la CIE-11 (clasificación internacional de enfermedades) también adoptó esta misma visión.
¿Por qué cambió?
Porque la evidencia mostró que no existían límites clínicos claros y consistentes entre el llamado “Asperger” y otras formas de autismo. Las diferencias no estaban en la “presencia o ausencia” de autismo, sino en el perfil individual, las habilidades lingüísticas, el nivel cognitivo y las necesidades de apoyo.
Hoy entendemos el autismo como un espectro, lo que significa:
Que hay una gran diversidad de formas de ser, comunicar y percibir el mundo.
Que no se clasifica por “gravedad”, sino por nivel de apoyo necesario.
Que una persona puede tener fortalezas significativas y, al mismo tiempo, requerir apoyos específicos.
Este cambio no borra la identidad de quienes crecieron con el término “Asperger”. Muchas personas aún lo usan porque forma parte de su historia y de su proceso de autoconocimiento, y eso es válido.
Sin embargo, en el ámbito clínico y académico, hablamos hoy de Trastorno del Espectro Autista (TEA), para ser consistentes con la evidencia actual y promover una comprensión más amplia y menos fragmentada del neurodesarrollo.
También es importante hablar del término “trastorno”.
Para muchas personas dentro de la comunidad autista, esta palabra puede generar incomodidad o sentirse capacitista, porque parece centrarse en el déficit y no en la diversidad. Desde el modelo de neurodiversidad, el autismo no se entiende como algo “que está mal”, sino como una forma distinta de funcionamiento neurológico.
Sin embargo, en el ámbito médico y clínico, el término “trastorno” no se utiliza como juicio de valor, sino como una categoría técnica dentro de los sistemas diagnósticos internacionales.
Se emplea para:
Permitir el acceso a apoyos, terapias y ajustes razonables.
Facilitar el reconocimiento legal y educativo.
Unificar criterios diagnósticos para investigación y atención clínica.
Es decir, no define el valor de la persona, sino que organiza la manera en que los sistemas de salud y educación responden a sus necesidades.
Podemos sostener ambas cosas a la vez:
✔ Reconocer el autismo como parte de la diversidad humana.
✔ Entender que, en ciertos contextos, requiere apoyos específicos que el sistema clasifica como “trastorno” para poder garantizarlos.
El lenguaje importa y evoluciona porque la ciencia también lo hace...
Y también importa escuchar a la comunidad, actualizar la evidencia y mantener una mirada respetuosa y centrada en la persona.
Dra. Andry Montoya