10/01/2026
Algunos dicen que son “usos y costumbre”, pero es violencia.
ANTE EL CASO DE DEYSI, LA NIÑA QUE PARIÓ EN CHIAPAS
Deysi tiene 10 años.
No eligió amar, no eligió gestar, no eligió parir.
Su cuerpo tampoco eligió. Su cuerpo fue forzado.
Cuando una niña de 10 años llega a un hospital a “dar a luz”, no estamos frente a una historia de maternidad precoz. Estamos frente a una cadena de violencias que comenzó mucho antes del parto y que continúa después de él.
Porque un embarazo infantil nunca es un accidente.
Es siempre el resultado de un abuso.
Y muchas veces, de un silencio social.
El cuerpo de una niña no está preparado para gestar. No lo está física, emocional ni psíquicamente. Y cuando aun así se le obliga a hacerlo, lo que ocurre no es un nacimiento: es una lesión profunda al cuerpo y a la subjetividad.
Aplastamiento de vejiga.
Daños internos.
Dolor que no cabe en palabras.
Pero hay un daño que no aparece en los reportes médicos:
👉 el quiebre psíquico de una infancia arrancada.
A Deysi la presentó un adulto que se hacía llamar “su esposo”.
Ese solo hecho revela algo aterrador:
cómo la violencia se disfraza de normalidad cuando se trata de niñas pobres, indígenas, vulnerables.
Cómo el abuso se legitima cuando la sociedad mira hacia otro lado.
Aquí no falló solo un hombre.
Fallaron familias, instituciones, sistemas de protección, discursos culturales que siguen romantizando la maternidad incluso cuando es impuesta.
Decir “ya es madre” es una forma de negar el crimen.
Decir “así pasa” es otra forma de violencia.
Decir “al menos el bebé está vivo” borra por completo a la niña.
Porque una niña no gana nada pariendo.
Lo pierde todo.
Pierde el cuerpo como lugar seguro.
Pierde la infancia.
Pierde la posibilidad de elegir.
Y muchas veces, pierde también la voz.
Desde la psicología lo sabemos:
una maternidad forzada no repara el trauma, lo profundiza.
El cuerpo recuerda.
La mente se fragmenta.
El dolor se enquista si no hay protección, justicia y acompañamiento real.
Esto no es un caso aislado.
Es un espejo incómodo de una sociedad que sigue permitiendo que las niñas carguen con las consecuencias de la violencia adulta.
Por eso hay que decirlo sin rodeos:
Las niñas no son madres.
Son niñas.
Y necesitan ser protegidas, no obligadas a parir.
Hablar de estos casos no es morbo.
Es responsabilidad.
Es memoria.
Es un acto de amor hacia quienes no pudieron defenderse.
Que la historia de Deysi no se diluya en una nota más.
Que nos incomode.
Que nos duela.
Que nos obligue a mirar de frente lo que aún estamos permitiendo.
Porque callar también es una forma de complicidad.
Aprender a Amarte
Acompañamiento emocional, conciencia y verdad.