18/12/2025
Ser escuchado, ser entendida. Confesarse, desahogarse. Lanzar una sentencia, poner un alto, marcar límites. Buscar un testigo de su alegría o un abrazo a la distancia. Validación humana. Y tantas cosas más de las que no me percato.
La hora indicada. El día pactado. Mi existencia encarnada y dispuesta.
Llego con mis propios temores, mis inseguridades, mi moral… siendo experto de nada y mi humana incomodidad.
Terapia.
Un tema, dos o tres. Errores de interpretación míos, ajuste de brújula. Un sentido que se encarna en el lenguaje del encuentro.
Suspiros. Inhalaciones. Llanto. CARCAJADAS. S i l e n c i o. ENOJO.
Darse. Nos damos. Nos donamos. Darse cuenta de que nos donamos. Se dona para darse cuenta. Me doy cuenta.
Se acaba el tiempo. ¿Cómo nos lo acabamos así de pronto? Nueva cita. Hasta pronto.
Se repite el ciclo sin que sea un círculo cerrado. Es un eterno retorno en espiral que evidencia el dinamismo que existe en el meollo del encuentro. Fuimos, somos, seremos distintos.
Soy un privilegiado por ser partícipe de reflexiones, emociones, colapsos, crisis, llantos de desconsuelo y de alegría. Porque se me han regalado frases como: _”¿Qué me preguntaría Joaquín?”, “¿Qué me diría Joaquín?”, “Ya te lo quería contar”, “Te tengo chismecito”, “No vas a creer lo que pasó”, “Le he dicho a la gente que eres como mi ángel de la guarda”, “Siento que necesitaba ser escuchada así”._ Y tantas más que inundan mi ser y rebosan mi memoria.
Soñé un día dedicarme a hacer psicoterapia y hoy estoy por culminar un año más disfrutando de este idilio.
Casi cierro el consultorio, pero no quiero hacerlo sin antes decir de nuevo: GRACIAS.