24/12/2025
En clínica sabemos que el malestar que emerge en periodo navideño no es un “fallo del ánimo”, sino el efecto de una escena cargada de exigencias simbólicas. La Navidad reactiva duelos no elaborados, pérdidas recientes o antiguas, ideales familiares imposibles y comparaciones con un ideal de felicidad socialmente impuesto. El superyó suele intensificarse: “deberías estar feliz”, “deberías agradecer”, produciendo culpa cuando el afecto no acompaña la consigna.
Desde el psicoanálisis, la tristeza en estas fechas puede leerse como un retorno de lo reprimido: vínculos rotos, ausencias, historias que no encajan con el relato festivo. El yo, sobreexigido, se deprime no por debilidad, sino como intento de defenderse del exceso de demanda emocional. La inhibición, el retraimiento o la apatía funcionan entonces como modos de regulación psíquica.
Por eso, no estar bien no es patológico en sí mismo. Es una respuesta humana ante la discordancia entre el deseo singular y el mandato colectivo. Acompañar este estado —sin forzarlo a “mejorar” ni taparlo con positivismo— permite que algo del dolor se diga, se simbolice y eventualmente se transforme. Estar mal en Navidad no es un fracaso: puede ser el inicio de una escucha más honesta de lo que duele.