25/12/2025
Navidad es un nuevo amanecer que, como la luz del sol
naciente, ya rasgando las sombras a través de los perfiles
montañosos; ya bañando lentamente de dorado los grises en la
lejanía de una llanura; ya como emergiendo de las aguas en un
estallido de anaranjados rojizos en el horizonte marino, deja atrás la oscuridad nocturna.
Navidad es una nueva oportunidad en la que, como metáforas del diálogo o la lucha entre la luz y la oscuridad, se despliegan en el alma, imágenes y sentimientos, de una manera especial.
Navidad, es un tiempo que nos invita a renovar la esperanza,
lo virtuoso y lo bello; a fortalecer lo luminoso y fraterno, a dejar, sin temor, ataduras que impiden el vuelo.
La Navidad es un Misterio que muchos celebran, aun sin
comprender los dones que encierra; es la aurora que, como
escuchamos en las palabras del Acto de Consagración del Hombre, anuncia la realidad de la Luz sanadora; que vibra en nuestra sangre, por el obrar del Verbo y nos atraviesa hasta en el cuerpo; que nos confirma que Cristo es el Salvador y el revelador del Fundamento Paterno.
Y, ante tanta grandeza, ¿qué de nosotros?
Ser, primero, pastores de nosotros mismos: nutrir, alimentar esos retoños de virtudes que quieren crecer dentro nuestro, y guiar y
cuidar aquellos que están más maduros. Brindar amor a nuestro rebaño interior para poder desarrollar las capacidades sociales
que el mundo necesita, ése es el desafío, para que la Luz pueda
resplandecer en la oscuridad.
En medio de una banalidad creciente alrededor de la
Navidad, la posibilidad de experimentar interiormente los dones que esta época trae desde del Mundo Divino para la humanidad toda, es algo reservado a quienes se proponen buscar el camino
hacia el reencuentro con esos dones.
La fidelidad de Cristo nos estimula a seguirlo para lograrlo. Su pregunta ¿Me amas? Pronunciada tres veces a Pedro puede resonar en nosotros como una intención de su parte para guiarnos hacia el ideal del alma mariana: ser portadora de la Voluntad Divina.
Sí, así sea
Marta Schumann-Vilo