01/05/2026
Hay un momento muy específico en el que todo cambia… no cuando recuerdas tu infancia, no cuando entiendes lo que pasó, sino cuando por fin puedes quedarte.
Quedarte frente a ese niño que fuiste sin querer callarlo, sin distraerlo, sin explicarle que “todo pasa”, sin llorar con él desde el mismo lugar donde se rompió. Porque cuando te derrumbas junto a ese niño, no lo estás sosteniendo… lo estás dejando otra vez sin adulto.
Y eso duele más de lo que parece.
Tu niño interior no necesita que te quiebres cada vez que aparece. No necesita otro niño asustado tratando de consolarlo. Necesita algo que probablemente nunca tuvo: un adulto que no colapse, que no huya, que no se desconecte cuando la emoción se vuelve intensa.
Un adulto que pueda mirarlo temblar…
y aún así quedarse.
Que pueda escuchar su enojo, su tristeza, su miedo…
sin hacerlo pequeño, sin corregirlo, sin apresurarlo a estar bien.
Porque sanar no es volver a sentir como niño.
Sanar es poder sentir todo eso… con alguien adentro que ya no se va.
Ese alguien eres tú.
Y el día que dejas de abandonarte en lo que sientes, algo muy profundo se acomoda. El dolor deja de ser un lugar donde te pierdes… y se convierte en un lugar donde por fin te encuentras.
Tal vez hoy no se trata de recordar más.
Se trata de aprender a sostener lo que ya recuerdas.
Y quedarte…
porque nada mejor para celebrar el Día del Niño que ser el adulto que le haga sentir visto, amado y seguro por primera vez. 🖤