06/11/2012
Intenté imaginarme a Morrie sano. Intenté imaginar que se quitaba las mantas de encima, que se bajaba de ese sillón, que los dos íbamos a dar un paseo por el barrio, como solíamos pasearnos por el campus. Me di cuenta de pronto de que hacía dieciséis años que no lo veía de pie. ¿Dieciséis años?
-¿Y si tuvieras un día de salud perfecta? -le pregunté.
¿Qué harías?
-¿Veinticuatro horas?
-Veinticuatro horas
-Veamos...Me levantaría por la mañana, haría mis ejercicios, me tomaría un desayuno riquísimo con bollos y té, iría a nadar, después haría venir a mis amigos para tomar con ellos una buena comida. Los haría venir de uno en uno o de dos en dos para que pudiéramos hablar de sus familias, de sus asuntos, hablas de cuanto significamos los unos para los otros. Después me gustaría ir a dar un paseo, en un jardín con árboles, contemplar sus colores, contemplar los pájaros absorber la naturaleza que no he visto desde hace tanto tiempo. Por la noche iríamos todos juntos a un restaurante a comer una buena pasta, quizá algo de pato, me encanta el pato, y después pasaríamos el resto de la noche bailando. Bailaría con todas las parejas maravillosas que hubieran allí, hasta quedar agotado. Y después volvería a casa y me echaría un sueño profundo y maravilloso.
-¿Eso es todo?
-Eso es todo.
Era tan sencillo. Tan corriente. En realidad, me sentí algo decepcionado. Me imaginaba que iría en avión a Italia o que almorzaría con el presidente, o que retozaría en la playa,o que probaría todas las cosas exóticas que se le ocurrieran. Después de todos aquellos meses allí acostado, incapaz de mover una pierna o un pie, ¿cómo podía encontrar la perfección en un día corriente?
Entonces me di cuenta de que aquélla era la clave.