18/08/2013
A todos nos ha sucedido alguna vez. Revelamos a alguien cercano una información confidencial y un tiempo después descubrimos que el secreto ha sido aireado a los cuatro vientos. ¿Cómo ha sucedido?
Siguiendo la aritmética de los rumores, lo más probable es que el confidente haya sucumbido a la tentación del “¿sabes que…?” y haya transmitido la novedad a una persona de confianza, con la coletilla final de “no se lo digas a nadie”. Este segundo receptor, al estar desvinculado de la fuente principal, lo contará a una media de tres personas, cada una de las cuales lo propagará a otras tantas. Es cuestión de días que la información sea patrimonio de medio centenar de personas. ¿Qué nos lleva a compartir secretos y por qué es tan difícil guardarlos?
Algunos psicólogos hablan de tres niveles de existencia que conviven dentro de cada persona. El más externo es nuestro personaje, es decir, aquel que presentamos al mundo porque queremos que nos vean de determinada manera. Es la fachada que exhibimos, la imagen corporativa que nos define.En un nivel intermedio estaría el yo cotidiano. Cuando estamos con nuestra familia o en un entorno donde nos sentimos cómodos. En el tercer nivel sucede aquello que uno se permite ser cuando nadie está presente.
Según una encuesta coordinada por Michael Cox el tiempo que tarda en revelarse un secreto es 22 minutos, aunque también aseguraron que podían guardarlo un máximo de dos días.