28/12/2025
🌕 ¿QUÉ ES SER UN FACILITADOR DE MEDICINA ANCESTRAL?
Ser facilitadora de medicina ancestral no es dar, ni provocar, ni empujar experiencias.
Es sostener un vientre invisible, un espacio amoroso donde el alma del otro pueda moverse sin romperse.
No es quien brilla.
No es quien dirige la visión.
No es quien se coloca por encima.
Es quien permanece, con el corazón abierto y los pies bien anclados a la Tierra.
Una verdadera facilitadora no invade procesos ni siembra ideas.
No interpreta la vivencia del otro como si fuera dueña de la verdad.
Escucha con el cuerpo, observa con el alma y acompaña sin interferir.
Cuando la experiencia se vuelve intensa, no la romantiza.
No empuja a ir más profundo por curiosidad espiritual.
Primero cuida.
Primero protege.
Primero abraza el límite humano.
Antes de abrir un espacio, mira con amor y responsabilidad:
cómo llega la persona,
qué emociones carga,
si su corazón está frágil.
Prepara el lugar como se prepara un altar,
y se prepara a sí misma como quien se limpia antes de orar:
bajando el ego, aquietando la mente, entrando en presencia.
Durante el proceso, su medicina es no estorbar.
Está sobria, clara, amorosa.
Interviene solo cuando el alma lo pide.
Si alguien se quiebra, no lo juzga ni lo expone.
Lo envuelve con cuidado.
Si alguien se pierde, le ofrece una mano para regresar.
Su mirada no busca lo extraordinario,
busca lo humano, lo verdadero, lo que necesita ser sostenido.
Y después —ese momento sagrado que muchos olvidan— acompaña a que lo vivido pueda enraizarse en la vida cotidiana.
No crea dependencia.
No se adueña de la experiencia.
No se vuelve el centro.
Si algo rebasa lo emocional o psicológico, tiene la humildad de decir:
“Aquí se necesita otro tipo de sostén”,
y busca ayuda profesional.
Porque amar también es saber detenerse.
Todo esto no nace del poder, sino de la presencia amorosa.
Una facilitadora consciente no controla la medicina;
se cuida a sí misma frente a ella.
Reconoce sus sombras, sus límites, sus silencios.
No necesita tener respuestas para todo.
Sabe que hay misterios que no se explican… solo se respetan.
Entiende que lo espiritual nunca justifica perder el sentido común.
No alimenta fantasías de grandeza.
No se coloca como canal exclusivo.
No promete sanaciones ni busca seguidores.
Su coherencia se siente más en su forma de vivir
que en sus palabras ceremoniales.
Porque cuando el ego se disfraza de espiritualidad, el cuidado se pierde.
Y cuando el sufrimiento se normaliza como “parte del proceso”,
el alma está siendo desatendida.
Al final, todo es muy simple y muy sagrado:
🌸 Una verdadera facilitadora no eclipsa la experiencia.
🌸 No se eleva por encima del otro.
🌸 No juega con la vulnerabilidad de nadie.
La verdadera prueba no es cuán mística se ve,
sino cuán amorosa, clara y humana es cuando alguien se abre y se quiebra frente a ella…
y si en ese instante elige cuidar,
no engrandecer su personaje espiritual.