06/01/2026
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El relato fundacional del Día de Reyes atravesado por la lógica de las apps, los likes y la evaluación constante. Lo que aparece no es solo humor, sino una radiografía del malestar contemporáneo.
Los Reyes Magos encarnan originalmente la búsqueda, el deseo que se orienta por una estrella, un punto simbólico, no un GPS. El deseo ya no se sostiene en la falta ni en la espera, sino en la validación inmediata: reseñas, mapas, “me gusta”. El Otro ya no es la tradición ni el misterio, sino el algoritmo. Y el algoritmo no ama, no orienta: califica.
Herodes figura clásica del poder paranoico, no tolera no ser reconocido. Su furia no nace solo de la amenaza al trono, sino de algo más actual: “solo tengo 3 likes”. Freud diría que el narcisismo herido siempre busca un culpable afuera. Lacan añadiría que cuando el sujeto se reduce a la mirada del Otro, cualquier falla en el reconocimiento se vive como aniquilación. La violencia aparece allí donde el yo depende enteramente de la aprobación.
En ese sentido, nos devuelve una pregunta incómoda en un día asociado a la infancia y al regalo:
¿qué pasa con el deseo cuando se confunde con la visibilidad?,
¿qué pasa con los niños, lo nuevo, lo frágil, lo que aún no entra en la lógica del rendimiento, cuando el mundo adulto está tomado por la exigencia de ser visto y celebrado?
El Día de Reyes, leído así, no es solo una fecha entrañable: es una invitación a desacelerar el deseo, a recordar que no todo camino necesita reseña, que no todo acto requiere aplauso, que hay búsquedas que solo tienen sentido si se sostienen en la incertidumbre.
Tal vez hoy el verdadero gesto simbólico no sea seguir la estrella más brillante, sino atreverse a apagar el teléfono un momento y volver a desear sin testigos.