06/01/2026
Hay conductas en los niños que nos desesperan. Esas que se repiten, las que nos sacan de quicio, las que aparecen justo cuando ya no tenemos paciencia.
El problema es que es fácil leerlas como provocación, como falta de respeto, como “ya sabe lo que hace”.
Pero muchas veces no son eso. Son el reflejo de un cerebro que todavía no puede con lo que le estamos pidiendo.
Un niño que explota no está eligiendo portarse así. Un niño que insiste no está retando. Un niño que se desborda no te está manipulando.
Está mostrando su nivel real de desarrollo en ese momento.
Cuando respondemos con castigo, con gritos o con impaciencia a algo que aún no puede regularse, no enseñamos autocontrol. Enseñamos miedo, confusión o desconexión. Y lo hacemos, muchas veces, sin querer.
A mí me ha servido comprender que educar no es corregir conductas aisladas. Más bien es acompañar procesos inmaduros hasta que puedan madurar y responder mejor.
Tal vez aquí es donde más nos confundimos. Porque esto no significa ausencia de límites. Significa que el límite no nace de mi enojo ni de mi frustración, sino de la comprensión. No surge del “ya debería”, sino del “todavía está aprendiendo”.
La pregunta clave no es:
“¿Cómo hago para que deje de hacerlo?”
Sino:
“¿Qué necesita este cerebro para poder hacerlo diferente la próxima vez?”
Cuando cambiamos esa pregunta, cambia todo. Nuestra mirada, nuestra respuesta y, con el tiempo, también su conducta.
Educar desde ahí no es permisividad. Es responsabilidad adulta.
¿Desde dónde sueles responder tú cuando una conducta te desborda?
MO