14/12/2025
El hijo que deja el plato sucio… no está dejando un plato.
Está dejando una pequeña herida en el alma de quien lo ama.
No es el plato lo que pesa,
sino el silencio de ese gesto.
El mensaje callado que dice:
"Tú limpia mi desorden. Tú carga con lo que yo no quiero hacer."
Ese hijo que no mueve un brazo para ayudar…
está aprendiendo, sin querer, a vivir de rodillas.
A esperar. A recibir. A exigir.
Y un día, cuando la vida le pida que se ponga de pie,
no sabrá cómo.
Porque nadie le enseñó que la dignidad crece
cuando sirves, cuando ayudas, cuando agradeces.
Mamá no es una empleada.
Es el corazón de la casa,
pero hasta los corazones se cansan.
Hasta el amor más grande se agrieta
cuando sólo recibe platos sucios,
cuartos revueltos, y manos vacías.
El carácter no se forja en grandes discursos,
sino en el roce diario de lo humilde:
en el agua que lava lo usado,
en la escoba que barre lo caído,
en el gesto que dice "yo también soy parte de esto".
Ahí nace el respeto.
Ahí crece la gratitud.
Ahí se hace fuerte el alma.
Criar hijos responsables cansa, sí.
Duele.
Agota.
Pero criar hijos cómodos…
destruye el futuro que deberían tener.
Les roba la fuerza que no conocen,
la autonomía que nunca probaron,
el orgullo de decir: "Yo lo hice. Yo colaboré. Yo aporté."
Si estás criando, enseña con ternura pero con firmeza:
la vida no regala nada.
Se construye.
Con platos lavados, con camas tendidas, con miradas que ven al otro.
Y si eres ese hijo que lee esto y se siente aludido,
escucha con el corazón:
tu casa no es un hotel.
Tu madre no es invisible.
Y cada cosa que haces —o que dejas de hacer—
es un ladrillo en el puente hacia tu propio mañana.
Hoy puede ser el día en que lavas tu plato,
pero en verdad,
es el día en que empiezas a lavar tu mirada.
A limpiar tu indiferencia.
A levantar tu propia vida.
El Poeta Catalán
Tomado de la red.