15/08/2025
No me asusta el paso del tiempo.
Las arrugas no me ofenden, la piel floja no me avergüenza y el cabello plateado no me recuerda a la muerte, sino a la historia.
No temo caminar más despacio ni olvidar un dato… pero sí temo algo: convertirme en un estorbo.
No quiero que mi vejez se viva a costa de la paciencia ajena.
No quiero que ayudarme sea una obligación que arrugue el gesto y pese en la espalda de los míos.
No quiero sentir que mis manos tiemblan más por incomodidad que por los años.
Quiero que mi último tramo se recorra con dignidad.
Que mis días huelan a café recién hecho y suenen a lluvia en la ventana.
Que mi libertad —la que tanto me costó— no se vea secuestrada por la dependencia absoluta.
Quiero que mi vejez siga siendo mía.
Seguir riendo aunque el cuerpo duela, seguir aprendiendo aunque la memoria se tropiece, seguir amando aunque las fuerzas se vayan.
No temo envejecer, temo que el destino me ponga en un rincón donde mi presencia pese más que mi amor.
Porque cuando llegue mi último suspiro, quiero irme siendo vida… no carga.