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16/03/2022

LAS VERDADES COMPLEJAS NO SE DECIDEN POR MAYORÍA

(Segunda de dos partes)
Por: Aquiles Córdova Morán

Con estas nuevas adquisiciones, la OTAN ha creado un cerco de acero a lo largo de toda la frontera entre Rusia y Occidente, cerco que va desde el mar Báltico en el norte hasta el mar Negro en el sur. Este crecimiento amenazante viola, además, el compromiso formal de Estados Unidos y la OTAN de no avanzar hacia la frontera oriental de Rusia. “Es cierto que a comienzos de los 90, la ex URSS tenía el compromiso que EE, UU. y la OTAN no avanzarían hacia sus fronteras: «Ni un centímetro hacia el Este» fue la promesa hecha por el secretario de Estado estadounidense James Baker, pero la palabra empeñada no se cumplió” (Pablo Ruiz, http://rebelion.org/, 19 de febrero). Si no olvidamos, además, que Estados Unidos ha plantado base de misiles con ojivas nucleares en varios de estos países, resultan más que claros los propósitos ofensivos de tales cambios. En su alocución al pueblo norteamericano del 15 de febrero, el presidente Joe Biden dijo entre otras cosas: “Estados Unidos y la OTAN no son una amenaza para Rusia”. Si esto es verdad, el presidente Biden debería explicar con qué objeto ha creado el cerco nuclear en la frontera oriental de Rusia.

Pero la OTAN no solo crece en número de miembros, también se arma cada vez más y con armas nucleares de última generación. “La OTAN es responsable del gasto militar”. Cuando EE. UU. y la OTAN lanzaron su campaña en Bosnia, Afganistán, Irak y Libia comenzó a dispararse el gasto en armamentos. “Las ventas combinadas de armas de las 100 empresas de servicios militares y productoras de armas más grandes del mundo fueron de 531 mil millones en 2020…”. “La OTAN representa hoy más de la mitad del gasto militar mundial, y esa proporción seguramente subirá en los próximos años.” (Pablo Ruiz, nota ya citada) ¿Y todo este dineral solo para prevenirse de un peligro inexistente o, mejor dicho, inventado por el imperialismo? Nadie en sus cabales puede creer semejante patraña. Resulta evidente que se está preparando un golpe decisivo contra los dos mayores obstáculos que se oponen a la hegemonía mundial norteamericana. Hay que recordar, además, que todos estos cambios en la OTAN se llevaron a cabo antes de que surgiera el conflicto Rusia-Ucrania, de donde puede concluirse que dicho conflicto no es la causa sino la consecuencia inevitable de los afanes hegemónicos del imperialismo norteamericano, como dije al principio.

¿Qué sucedió en Ucrania? Desde que este país se desvinculó de la URSS, las relaciones entre ambos fueron normales, con los altibajos inevitables entre vecinos próximos. ¿De dónde surgió entonces el actual conflicto? La explicación es sencilla: resulta que el cerco de la OTAN en torno a Rusia no está todavía completo y su eficacia no está completamente garantizada. Hace falta copar el flanco sur, que es precisamente donde se ubican Ucrania y Georgia. La OTAN ha tenido claro desde siempre que un ataque a Rusia desde sus posiciones actuales sería contestado con un contragolpe demoledor. Ucrania es la pieza clave para asestar el primer golpe nuclear sin peligro de respuesta. En números: un misil disparado desde la base más cercana tardaría 15 minutos en alcanzar Moscú, tiempo suficiente para preparar y lanzar la respuesta; disparado desde la frontera ucraniana, tardaría entre 4 y 5 minutos, que no bastan para una defensa segura. Por eso Rusia ha dicho a la OTAN y a los norteamericanos que Ucrania y Georgia son la raya roja que no deben cruzar. Conclusión: hay que apoderarse de Ucrania al precio que sea.

Esta es la razón del conflicto actual. Desde que terminó la segunda guerra mundial, los norteamericanos comenzaron a utilizar a los cientos de miles de ucranianos pro-fascistas que se unieron a Hi**er contra la URSS para diversos propósitos agresivos, el principal de ellos fue injertarlos en la sociedad ucraniana, entrenarlos política y militarmente y armarlos para hacerse con el poder del país. Estos preparativos maduraron en 2014, año en que se instrumentó la revolución de colores conocida como “Euromaidán”, contra el presidente Víctor Yanukóvich, un político que hacía equilibrios entre Washington y Moscú, lo que lo hacía poco fiable para los yanquis. El golpe de los fascistas y nacionalistas de ultraderecha triunfó, y a continuación éstos desataron una orgía de sangre y represión contra sus opositores, principalmente los ucranianos de sangre y lengua rusas que viven en la región del Donbass.

Los calificativos de ultraderechistas y n***s no son propaganda rusa sino una amarga verdad. “La CIA utilizó a los n***s durante toda la guerra fría. (Al llegar Carter al poder) ordenó al almirante Stansfield Turner «poner orden» en la agencia y limitar el papel de aquellos agentes. La mayoría de los n***s fueron separados, pero se conservó a los que podían actuar en los países miembros del Pacto de Varsovia. (Reagan) buscó influir en las «naciones cautivas» de Europa oriental creando un montón de asociaciones para desestabilizar los Estados miembros del Pacto de Varsovia, e incluso la URSS. Así (…) en 2007, la CIA organizó en Ternopol, Ucrania, un congreso para reunir a los neon***s europeos y los yihadistas del Medio Oriente contra Rusia. Ese encuentro tuvo como copresidentes al n**i ucraniano Dimitro Yarosh y al emir checheno Doku Umarov (…). En 2013, la OTAN entrenó en Polonia a los hombres de Dimitro Yarosh, para utilizarlos después en la operación de «cambio de régimen» montada en Ucrania por Victoria Nuland: la llamada «revolución de la dignidad», también conocida como «EuroMaidán» (voltairenet.org, 6 de marzo). Según el mismo portal, fue la presencia de cinco ministros n***s en el gobierno surgido del EuroMaidán lo que sublevó a los ruso-ucranianos del Donbass y provocó el referéndum que aprobó por mayoría aplastante la independencia de las repúblicas de Donetsk y Lugansk.

Tampoco es propaganda rusa la represión sangrienta que los n***s golpistas desencadenaron contra la población de las repúblicas independientes: “…en 2014 (…) el poder es tomado por una facción de neon***s, que desatan procesos de xenofobia, de homofobia y de exterminio racial. Sus métodos dicen más de ellos que cualquier tratado: crucifican a sus víctimas con clavos y cruz y los queman en hogueras; llegaron a incinerar vivos a cincuenta jóvenes en una sede sindical (en Odessa, añado yo), mientras que a un número cercano a cien lo lincharon, desgarrando sus cuerpos, entre ellos una señora embarazada a la que le destrozaron el cráneo a golpes de tubo. Luego el presidente condecoró a quienes realizaron tal matanza. La mayoría de las víctimas civiles son de la región del Donbass, bombardeada por el ejército ucraniano; las cifras oficiales (de la ONU, aclaro yo) calculan 14,000 en ocho años de guerra, sin contar a los que ha matado de hambre y de sed, porque ha dejado a un millón de habitantes sin agua. Capítulo especial es el de las violaciones carnales que son masivas; han violado mujeres de todas las edades, incluso bebés de brazos en presencia de sus madres, las que también son abusadas” (José Darío Castrillón Orozco, El Quindiano, 6 de marzo). Y esta horrible situación, solo atenuada intermitentemente, duró ocho años. El articulista concluye: “Tenían muchas razones las comunidades de Donetsk y Lugansk para pedir auxilio al ejército ruso…”.

Se demuestra aquí, con toda claridad, que el conflicto ruso-ucraniano no nació de la prepotencia y la ferocidad del “dictador populista ruso”, como propala la prensa occidental, incluida la mexicana; se trata de una operación larga y cuidadosamente preparada con varias metas posibles: a) obligar a Rusia a aceptar la absorción de Ucrania por la OTAN; b) forzarla a “invadir” Ucrania para tener el pretexto de intervenir en defensa de la nación “agredida”; c) Orillar a Ucrania, después de desconocer el acuerdo de Minsk, firmado entre ésta y las repúblicas independientes, con el aval de Francia, Alemania y la propia Rusia, a desencadenar el ataque militar en su contra para someterla por la fuerza y avanzar después sobre Crimea. En cualquier caso, el objetivo era involucrar a Rusia en un conflicto armado con Ucrania para justificar su aniquilación total, ya mediante las armas, ya mediante el estrangulamiento económico, que es justamente lo que estamos presenciando hoy.

Putin leyó bien la jugada y se adelantó a sus enemigos. No invadió Ucrania ni esperó a que esta desencadenara un ataque armado contra el Donbass. Optó, primero, por reconocer la independencia de ambas repúblicas rebeldes y, a continuación, firmó con ellas un pacto de asistencia recíproca, incluida la ayuda militar. Y solo después de cumplido ese protocolo, ordenó la “operación militar especial” para salvar del horror n**i al Donbass, lo cual, técnicamente hablando, no puede calificarse de invasión. Pero también es cierto que el presidente Putin sabía que la operación para colocarlo ante la disyuntiva de rendirse o morir estaba en marcha y que no le quedaba más remedio que actuar. Su certeza nació de dos fuentes: 1ª, la tupida campaña mediática que insistía, una y otra vez, en que Rusia se disponía a invadir Ucrania, dando incluso fecha y hora de tal evento, a pesar de los reiterados desmentidos oficiales del gobierno ruso. Putin conoce bien la estructura corporativa y centralizada de la prensa atlantista, y sabe que en ella no se publica nada sin filtro previo y sin la autorización de la más alta jerarquía. Por tanto, la reiterada acusación solo podía ser la manifestación de un plan para atacar a Rusia. 2ª, El altanero rechazo de Estados Unidos a su propuesta de un acuerdo de seguridad indivisible para toda Europa, que incluía el retiro de la OTAN a sus fronteras anteriores a 1997, el regreso de las armas nucleares a su país de origen y el compromiso de no incluir a Ucrania y Georgia en la OTAN bajo ninguna circunstancia. Estados Unidos respondió que no abandonarían su política de “puertas abiertas” (¿¡¡) ni renunciarían al principio de que cada país es libre de elegir a sus aliados para garantizar su seguridad. En una palabra: no renunciaban a su propósito de sumar a Ucrania a la OTAN, lo que equivalía a una virtual declaración de guerra. Por eso, no es una exageración decir que el conflicto Rusia-Ucrania es, en el fondo y en la realidad, el conflicto Rusia-OTAN (incluyendo a EE. UU.).

De todo esto la prensa de México y del mundo no dice absolutamente nada. Como escribe Castrillón Orozco “…a finales de 1991 la OTAN reconoció a dos provincias separatistas en Yugoslavia, y cuando este país reaccionó militarmente, esa fuerza bombardeó su capital, Belgrado, sin autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; hoy Rusia reconoce a dos repúblicas que se independizan de Ucrania, referendo de por medio, y ante el bombardeo de Kiev las tropas rusas apoyan a los separatistas, a eso llaman invasión. La demolición de Yugoslavia y su partición en siete republiquitas se autodenominó “intervención humanitaria.” (nota citada). Y la prensa que hoy se desgarra las vestiduras y se desgañita gritando insultos, condenas y maldiciones contra el feroz dictador ruso, no dijo nada entonces, añado yo.

Este trabajo, como ya dije, me fue impuesto por la desazón que me causa ver que quienes critican con razón el reduccionismo absurdo de López Obrador, incurran a su vez en un reduccionismo mayor y de más graves consecuencias, como es el de formular un juicio sobre la guerra (en apariencia) ruso-ucraniana y condenar frontalmente a Rusia prescindiendo absolutamente del contexto de espacio y tiempo en que se da y se explica el conflicto. No me preocupan el rechazo y la condena; es un derecho de todo mundo opinar libremente de lo que sea y yo respeto ese derecho. Pero todo juicio conclusivo exige un previo análisis, riguroso y objetivo; de lo contrario se incurre en un prejuicio, es decir, en un acto arbitrario y caprichoso, contrario a la razón y a la sana inteligencia.

Estoy convencido de que los tiempos en que los países pobres y subdesarrollados cifraban sus esperanzas en lo que pudiera hacer por ellos algún país poderoso y desarrollado, quedaron definitivamente atrás. Lo bueno y lo malo que ocurra en México será obra y responsabilidad de los mexicanos exclusivamente. Nada espero de Rusia ni de Estados Unidos, salvo que respeten nuestra libertad, soberanía e independencia para elegir nuestro propio camino, nuestro propio destino. Sin embargo, coincido plenamente con el juicio de José Darío Castrillón: “En el escenario mundial se proyectan sombras de una guerra mundial, también de una confrontación nuclear y el fin de la humanidad. Eso hace parte de las posibilidades y la sensatez de los gobernantes viene en dosis tan precarias que cualquier disparate puede ocurrir”. Y creo que es nuestro deber no contribuir al desastre.

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23/02/2022

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¿NADA APRENDIMOS DE DOS GUERRAS MUNDIALES?

Por: Aquiles Córdova Morán

No acabamos de convencernos, a pesar de tan terribles lecciones, de que la razón humana por sí sola no basta para imponerse sobre los intereses materiales, económicos, de los distintos grupos sociales. Tampoco hemos aprendido que es imposible conocer exacta y completamente un fenómeno si no lo estudiamos desde su origen. Para muchos, la historia sigue siendo simplemente un engorro inútil. Solo cambiamos de opinión (a veces) ante las razones del amigo o correligionario, pero rechazamos airadamente las de los “enemigos”. “El ser social determina la conciencia social” (Marx).

Esto viene a cuento porque creo que la situación actual se parece cada día más a la que antecedió a la Segunda Guerra Mundial: todo mundo se da cuenta de que nos precipitamos hacia una guerra apocalíptica, en particular los líderes mundiales de las grandes potencias, pero todos callan o dan explicaciones falsas con tal de echar culpas propias sobre espaldas ajenas. Particularmente nocivo es el papel de los medios que repiten, sin descanso y sin pudor, la mentira de que la amenaza radica en la intención rusa de invadir a Ucrania quién sabe con qué aviesos propósitos. Se han aventurado a dar tres fechas distintas y sucesivas (16 de febrero, 18 de febrero y 20 de febrero), y las tres veces los hechos los han dejado en ridículo. Pero ellos ni se inmutan.

Como dice la vocera de la Cancillería rusa, María Zajárova, ni una sola publicación de los medios occidentales se emite sin pasar previamente por múltiples filtros, de donde se deduce que en ellos nada se publica por error. “Esta histeria (la de la supuesta invasión a Ucrania) ya dura dos meses. Quiero decir más: claramente hay planes y preparativos de cómo este escenario, tal como lo entendemos, ya está escrito” (Cubasi.cu, 14 de febrero). Es decir, que la agresión a Rusia pretextando la defensa de Ucrania ya está decidida y puesta por escrito, y el discurso mediático dando fecha y hora de la invasión es una prueba segura de eso.

Algo semejante, repito, pasó en vísperas de la Segunda Guerra Mundial: todos la veían venir y nadie hizo nada para detenerla. Los líderes de Occidente no solo dejaron a Hi**er hacer y deshacer a sus anchas porque lo consideraban un instrumento útil para destruir a la URSS, el odiado enemigo común de todos ellos; Francia y Gran Bretaña, además, le aplicaron la llamada “política de apaciguamiento” que, en esencia, era ayudarlo a armarse mejor. Al final, todos acabaron librando la guerra que no querían. El resultado no pudo ser más desastroso: toda Europa y gran parte de Rusia destruidas; 60 millones de mu***os (en la guerra o víctimas del hambre y del exceso de trabajo), sin contar los hornos crematorios y el holocausto judío.

Hoy, todo el mundo le hace al tonto repitiendo la versión para niños de que todo se debe a las casi 200 mil tropas (según Washington y su batería mediática) que Rusia tiene acantonadas en el sur para amenazar a Ucrania, aunque nadie aclara por qué o para qué. Quienes repiten esa patraña, parecen ignorar los más elementales hechos históricos relacionados con este conflicto. Ucrania formó parte del imperio de los zares casi desde sus inicios, allá por el siglo IX de n. e. Fue siempre una nación, con su cultura, su lengua y sus tradiciones comunes, pero no una república con territorio definido, un Estado, un gobierno y un ejército propios. Todo eso se lo debe a Lenin y la revolución bolchevique de 1917. Crimea, por cierto, de cuya “anexión” acusan al gobierno ruso actual, no formó parte del territorio de la república ucraniana sino hasta la época de Nikita Jruschov, un ucraniano que sucedió a Stalin en 1953, quien la donó graciosamente a los “camaradas” ucranianos sin pensar en las consecuencias futuras. La nación ucraniana siempre se distinguió por un nacionalismo mechado de chovinismo y xenofobia, sobre todo en sus clases altas, que el socialismo no tuvo tiempo de erradicar y que se puso de manifiesto durante la invasión n**i a su territorio, cuando cerca de 270, 000 nacional-chovinistas se alistaron en el ejército n**i y pelearon contra el Ejército Rojo (ver Antony Beevor “Stalingrado”). Muchos de los ultranacionalistas y fascistas que hoy gobiernan en Ucrania, son descendientes (consanguíneos o ideológicos) de aquellos soldados de Hi**er.

La república ucraniana nació, por eso, escindida. Los norteamericanos y la OTAN, que desde el ascenso de Putin al poder comenzaron a mirar con desconfianza el renacer ruso, aprovecharon la fisura para colarse en la política del país y atizar desde dentro el odio antirruso de la ultraderecha para enfrentar a Rusia. De inmediato comenzaron el discreto rearme de Ucrania. El proceso en su conjunto, iniciado en 1991, explotó en 2014 con el golpe de Estado contra el presidente Víctor Yanukovich, al que la ultraderecha acusaba de “títere de Moscú”. Todos supimos de la “revolución de colores” de la plaza Maidán, pero pocos se enteraron de que fue organizada y financiada por la inteligencia norteamericana (la actual subsecretaria Victoria Nuland repartía personalmente sandwiches y refrescos a los manifestantes en Maidán). El triunfo del neofascismo alertó a la población de origen y lengua rusos, agrupada territorialmente en Crimea y en el Donbass, de que la marginación y la discriminación para ellos se haría más grave aún. Esa fue la razón de que se pronunciaran de inmediato por retornar al seno de Rusia, su patria originaria. Crimea lo logró mediante un plebiscito que obtuvo el 95% de respaldo; Donetsk y Lugansk (el Donbass) solo alcanzaron a declararse repúblicas independientes. Nada tuvo que ver Rusia en todo esto.

El golpe de Estado fue un éxito para los intervencionistas de EE. UU. y la OTAN, que vieron una oportunidad inmejorable para continuar su asedio a Rusia; pero para Ucrania fue un desastre nacional: el país se fragmentó, se desintegró y perdió Crimea, lo que llevó al paroxismo el odio antirruso de la ultraderecha en el poder. El bloque occidental aprovechó esto para acelerar la entrega de armas a Ucrania, destacadamente en los últimos meses. Los fascistas ucranianos se creen el cuento de que todo es un gesto desinteresado de las “democracias occidentales” por defender y recuperar su integridad y soberanía nacionales. Rusia y sus aliados, en cambio, saben bien que el objetivo es lanzar a Ucrania en contra de las repúblicas independientes del Donbass (y posiblemente a Crimea) para obligarla a intervenir en defensa de sus ciudadanos y, con ese pretexto, dictar contra ella un duro “castigo” para frenar su avance.

Aquí se antoja preguntar: ¿Por qué ahora? ¿Qué es lo que está catalizando el conflicto ucraniano? Aunque hay diversas hipótesis, la mayoría de los conocedores del tema coinciden en que EE. UU. y la OTAN quieren abortar el proyecto conocido como Nord Stream 2, un gasoducto que va por el fondo del mar Báltico para abastecer a Alemania de gas seguro y barato. El analista Mike Whitney explica así la cuestión: “No quieren que Alemania dependa más del gas ruso porque el comercio genera confianza y la confianza lleva a expandir el comercio. A medida que las relaciones se vuelven más cálidas, se levantan más barreras aduaneras, se flexibilizan las regulaciones, aumentan los viajes y el turismo y se crea una nueva estructura de seguridad. En un mundo en el que Alemania y Rusia son amigos y socios comerciales no hay necesidad de bases militares estadounidenses, no se necesitan caros armamentos y sistemas de misiles fabricados en Estados Unidos ni tampoco se necesita la OTAN” (rebelion.org, 16 de febrero).

Concluye Whitney: “Nord Stream 2 no es, pues, un simple gasoducto, es una ventana hacia el futuro, un futuro en el que Europa y Asia se acercan en una inmensa zona de libre comercio que aumenta su poder y prosperidad mutuos al tiempo que deja fuera a Estados Unidos”. En otras palabras, se cavaría la tumba de la política sintetizada en la famosa frase del Lord Hastings, primer Secretario General de la OTAN: la alianza se creó para “mantener a la Unión Soviética fuera, a los americanos dentro y a los alemanes abajo”. Los halcones de Occidente no están dispuestos a permitirlo. Para apuntalar su opinión, Whitney cita un artículo de Michael Hudson publicado en The Unz Review: “La única manera que les queda a los diplomáticos estadounidenses de bloquear las compras europeas es incitar a Rusia a una respuesta militar y afirmar después que vengar esa respuesta es mucho más importante que cualquier interés económico puramente nacional” (esto iría dirigido a Alemania). Como explicó la perteneciente a la línea dura subsecretaria de Estado para asuntos políticos, Victoria Nuland (…) el 27 de enero: «Si de una manera u otra Rusia invade Ucrania, Nord Stream no avanzará» (The Unz Review)”.

No se trata, pues, de una guerra frontal con Rusia, sino de empujar a Ucrania a atacar a los ciudadanos rusos que viven en su territorio so pretexto de la soberanía nacional y obligar a Rusia a defenderlos, mientras Estados Unidos y la OTAN explotan el conflicto en favor de sus intereses. Así se explica el rechazo arrogante y agresivo a la iniciativa rusa de un tratado de seguridad europea propuesto a EE. UU., que debería contener tres condiciones vitales para Moscú: 1) el compromiso de no incorporar a Ucrania y Georgia en la OTAN; 2) el retiro de las bases militares, misiles y bombas nucleares de Europa hacia el territorio norteamericano; 3) que la OTAN regrese a sus fronteras anteriores a 1997. La respuesta de Washington fue que no está dispuesto a renunciar a principios como su política de “puertas abiertas” y el derecho de cada país a decidir con quién se alía para garantizar su seguridad. En pocas palabras, la respuesta es NO a la iniciativa rusa.

El Presidente Biden dirigió en seguida un mensaje televisado al pueblo norteamericano en el cual, tras asegurar que hace todo para resolver la crisis por la vía diplomática (lo que es falso, como acabamos de ver), amenazó a Rusia con echarle encima la opinión mundial y aplicarle sanciones que harán polvo su perspectiva de futuro. El tono del discurso fue tal, que alguna prensa lo calificó de “verdadera declaración de guerra”. A continuación, convocó por videoconferencia al consejo de guerra (de facto) de la OTAN, el cual declaró que “«Si Rusia efectúa una invasión ulterior contra Ucrania, Estados Unidos, con sus aliados y socios, responderá de una manera decisiva e impondrá un costo inmediato y pesado» (Manlio Dinucci, voltairenet.org, 17 de febrero). Por último, convocó a la Conferencia de Seguridad en Munich, Alemania, en la cual el Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, la vicepresidenta Kamala Harris y el presidente de Ucrania formaron un coro a tres voces para acusar a Rusia y amenazarla con medidas fulminantes si se atreve a tocar un pelo a Ucrania. Conclusión: haga lo que haga Rusia, el bloque occidental la acusará, la responsabilizara de todo y le impondrá sanciones “pesadas”, aplastantes. Solo le deja una salida: la rendición incondicional.

Pero el objetivo final, insisto, es someter a Rusia por las buenas o por las armas. ¿Para qué? El análisis ya citado de Whitney dice a este respecto: “Washington necesita crear la sensación de que Rusia supone una amenaza para la seguridad de Europa (…). Para lograrlo se ha encargado a los medios de comunicación la misión de repetir una y otra vez «Rusia planea invadir Ucrania» (…) Toda la histérica propaganda de guerra se crea con la intención de fabricar una crisis que se puede utilizar para aislar, criminalizar y, en última instancia, dividir a Rusia en entidades más pequeñas”. El portal SWSW del 18 de febrero dice: “Explicando lo que sin duda se está discutiendo a puerta cerrada, Oleg Tyahnybok, miembro del parlamento ucraniano y jefe del partido neon**i Svoboda, declaró a principios de este mes que Rusia tenía que ser desmembrada y dividida en 20 estados nacionales para que Crimea fuera devuelta a Ucrania”. He aquí la madre del cordero. Desmembrada Rusia y reducida a la impotencia, el siguiente paso es destruir a China, con lo cual Estados Unidos, finalmente, se afirmaría como amo y señor de los destinos de la humanidad.

En esta política de terrorismo imperialista hay un claro mensaje para los pueblos del mundo: si caen Rusia y China, todos los demás países de la tierra debemos olvidarnos de autonomía, libertad y desarrollo económico para sacar del hambre y la miseria a nuestros pueblos. Deberemos resignarnos a ser, para toda la eternidad, los esclavos y servidores sumisos del imperialismo yanqui, el verdadero y fiel heredero de la ideología ra***ta y supremacista de Hi**er. Esta es la dura realidad. Ni yo me propongo defender a Rusia ni Rusia necesita de una defensa tan insignificante como la mía; pero dan grima nuestros politólogos locales hablando de la inminente invasión a Ucrania y del posible retraso de nuestro crecimiento económico por culpa de Rusia. Parece que se les descompuso la brújula o se les atrasó el reloj.

Comienza a levantarse en el mundo un movimiento pro paz y creo que todos deberíamos sumarnos a él. Es la única manera en que podemos contribuir a detener la maquinaria de guerra que amenaza con aplastarnos. Ahora mismo. Mañana será tarde.

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P S: Escribí este artículo antes de que llegara a México la noticia de que el presidente Putin resolvió reconocer la independencia de Donetsk y Lugansk y la decisión de Alemania de suspender la inauguración del Nord Stream 2. La realidad va colocando las piezas en su lugar y el mundo hará bien en tomar nota. El peligro que nos amenaza es universal y nadie podrá salvarse metiendo la cabeza en la arena y dejando fuera el trasero.

16/02/2022

¿QUÉ BUSCA LA “PAUSA” CON ESPAÑA?

Por: Aquiles Córdova Morán

Algunas medidas económicas del presidente López Obrador permiten pensar que es partidario de la llamada política de gasto para reactivar la economía, que consiste en elevar primero la demanda de bienes y servicios incrementando el poder adquisitivo de las mayorías y, por esa vía, forzar la elevación de la oferta y, por tanto, la de la inversión. Así se entenderían las ingentes cantidades de dinero que está destinando a sus programas sociales en detrimento de otros importantes servicios que debe prestar el Estado y de la inversión pública. Llaman a esto transferencias monetarias porque estriba esencialmente en dar dinero en efectivo a los más vulnerables sin que estos tengan que dar nada a cambio, algo muy parecido a la sugerencia de Keynes de poner a la mitad del ejército de los pobres a cavar hoyos y a la otra mitad a taparlos, para disfrazar de salario la transferencia gratuita.

El problema es que, ya se siga el camino del gasto o la ruta alterna que llaman de la oferta, al final resulta imposible eludir la necesidad de inversión productiva si se quiere reactivar el crecimiento económico. En efecto, solo con inversión es posible llevar a cabo la instalación de nuevo capital productivo, que es la forma en que se materializa el incremento de la riqueza social y de la capacidad productiva, de la que dependen el empleo, mejores salarios y mayor recaudación fiscal para el Estado. Es verdad que estos beneficios no se dan automáticamente con el crecimiento; puede ocurrir, y de hecho ocurre frecuentemente, que haya crecimiento pero no mayor bienestar para las mayorías, como dice el presidente. Pero lo que a los mexicanos nos importa entender en este momento es que, si hay crecimiento económico, puede haber mayor bienestar; si no hay crecimiento, resulta sencillamente imposible que lo haya.

El presidente López Obrador no parece estar de acuerdo con esto; por el contrario, parece estar convencido de que es posible mejorar las condiciones materiales de la población más vulnerable mediante una mejor distribución de la renta nacional, o sea, simplemente aplicando una política de mayor igualdad y evitando el acaparamiento de la riqueza a través de prácticas fraudulentas y de la corrupción generalizada de las capas privilegiadas. Las graves decisiones que ha venido tomando, incluso antes de asumir formalmente el poder (como la cancelación del NAICM en Texcoco) junto con un discurso hostil, colmado de agravios, insultos, imputaciones gratuitas y acusaciones incriminatorias hacia los personeros del capital, son una prueba clara de su rechazo a la inversión privada por considerarla “rapaz”, “saqueadora” y altamente perjudicial a los intereses nacionales.

Debo aclarar, antes de seguir, que no me cuento entre los partidarios incondicionales de la libre empresa y del libre mercado; que no soy de los que creen que hay una “mano invisible” que, tarde o temprano, acaba armonizando el interés y la ambición privados con los intereses y necesidades vitales de la sociedad en su conjunto. No creo que cualquier intervención del Estado en materia económica provoca distorsiones en el mercado y evita el correcto funcionamiento de sus leyes básicas (principalmente la de la oferta y la demanda), con lo cual impide que arroje los mejores resultados para todos. Este endiosamiento del mercado, de la “mano invisible” que todo lo arregla sin necesidad de la intervención del cerebro humano, y de la eficacia inigualable y el carácter imprescindible de la propiedad privada me parece, como diría Marx, un fetichismo penoso y ridículo, o una defensa, embozada pero consciente, de los inmensos intereses del capital mundial. Me inclino decididamente por las opiniones de Joseph E. Stiglitz, quien afirma que no hay “mano invisible”, que todo mercado es imperfecto y que por tanto, resulta indispensable su regulación legal y la intervención oportuna del Estado para corregir sus distorsiones y excesos, sin llegar por eso a sustituir la inversión privada, a estorbar su funcionamiento o a competir con ella. También cuando asegura que la teoría del “goteo” ha sido ya totalmente refutada por la práctica, que el neoliberalismo solo ha producido la más atroz concentración de la riqueza y que la redistribución de la renta requiere una política intencionalmente destinada a eso.

Por otra parte, no veo ningún argumento irrebatible para aceptar que solo la empresa privada puede ser eficiente. Creo, en cambio, que cualquier inversión productiva, del origen que sea (privada, social o pública) tiene la misma capacidad para engendrar riqueza, puesto que el capital dinerario no tiene preferencias, no reconoce patria ni matria, “non olet”, como citó Marx alguna vez. El problema es otro. El Estado propietario e inversionista debe acreditar, en primer lugar, que cuenta con el capital suficiente para sustituir al capital privado (en todo o en parte, según el caso); en segundo lugar, que sus empresas pueden competir exitosamente con las privadas, asumiendo una economía de libre mercado, esto es, sin inyección de dinero del erario y sin precios subsidiados. Cuando esto ocurre (PEMEX, por ejemplo), golpea duramente los bolsillos de los contribuyentes; y si se suprimen los subsidios, el golpe lo resienten los consumidores. En ambos casos, la empresa pública queda deslegitimada frente a la privada.

Estas restricciones y dificultades de la inversión pública son las que explican el rol decisivo de la inversión privada en una economía de mercado. Para que la inversión pública ocupe ese lugar preponderante, es indispensable revolucionar el sistema económico en su conjunto, y no limitarse a dar pequeños mordiscos y rasguños al capital, que solo consiguen irritarlo, desanimarlo y ahuyentarlo. La consecuencia de una política tan torpe es la retracción de la inversión privada, la reducción de la tasa de crecimiento y la caída en la recaudación fiscal. En una palabra: la crisis económica. Es entonces cuando aparece en toda su necedad e impotencia la política de enfrentamiento visceral del Estado; y no debemos olvidar que la crisis así desencadenada golpeará, casi exclusivamente, a las clases de menores ingresos. Esta es la razón de por qué creo que todo mexicano responsable debe oponerse a la satanización irracional de López Obrador hacia los inversores nacionales y extranjeros que hacen negocio en nuestro país obedeciendo a las leyes del sistema.

El presidente dice en todos los tonos que odia la inversión privada, pero no se atreve a atacarla frontalmente; por el contrario, se contradice penosamente atacando a unos inversores y protegiendo a otros; dividiéndolos arbitrariamente en capitalistas buenos y capitalistas malos, según “ayuden” o no a su 4T, y procura destruir a quienes considera sus “enemigos” dándoles alfilerazos, rasguños y mordiscos allí donde cree que puede o le conviene hacerlo. El resultado de semejante conducta visiblemente atrabiliaria, palpable ya en estos momentos, es una recesión técnica, es decir, crecimiento negativo en los dos últimos trimestres; pronto comenzarán a sentirse con más agudeza los problemas consustanciales a la crisis: mayor desempleo, menores salarios y caída de la recaudación fiscal.

Y es en este contexto que se da la cuasi ruptura diplomática con España. Esta nueva explosión de la incontinencia de carácter del presidente tiene sus raíces en una errónea y trasnochada interpretación de la historia de México y, de modo singular, de la conquista española y los 300 años del periodo colonial. El presidente empeñó su prestigio y su autoridad, casi al inicio de su mandato, exigiendo a El Vaticano y al rey de España una disculpa pública por las injusticias, atropellos y despojos cometidos contra las razas aborígenes con motivo de la mencionada conquista, como si con tal gesto de humillación pública de los “agresores” pudiera remediarse siquiera un átomo de los sufrimientos de quienes los padecieron hace 500 años.

La negativa de España a declararse responsable de crímenes que, ciertamente, no cometió (como dijo el poeta: “crímenes son del tiempo y no de España”), desató la ira del presidente, quien inició una campaña de epítetos denigratorios y acusaciones infundadas, no en contra de los conquistadores (mu***os y bien mu***os hace siglos), sino contra el Gobierno español y los españoles residentes en México, en particular contra los inversores ibéricos. A estos últimos los ha llamado ladrones, saqueadores, corruptos, abusivos que han hecho pingües negocios tomando a México como “tierra de conquista”.

Esta embestida revivió inesperadamente la viejísima e inútil disputa entre los partidarios a ultranza (aunque digan que no) de nuestras raíces españolas y los nostálgicos de una cultura indígena irremediablemente ida (uno de estos últimos es, precisamente, López Obrador). Y lo llamo debate inútil no por su naturaleza intrínseca sino porque ambos bandos lo abordan con categorías éticas, religiosas, morales, juicios de valor, etc., en vez de emplear un criterio histórico-científico, el único capaz de sacarnos del atolladero. ¿Quién era el más “malo”, cruel e inhumano: los indígenas o los españoles? ¿Quién cometió o cometía los delitos más nefandos y repudiables? ¿A quién asistía el derecho y la razón, a los conquistadores o a los conquistados? ¿Quién benefició a quién? ¿Quién ejercía la dictadura más sangrienta: el imperio español o el de los mexicanos sobre los pueblos sometidos a su férula? ¡Puras pamplinas!

La historia humana, como parte consustancial de la historia del universo material en que vivimos, no se rige por tales categorías y prejuicios ni puede ser sometida por la fuerza a ellas. Se desarrolla siguiendo sus propias leyes internas que son, en esencia, las del movimiento y el cambio universales, que nada tienen que ver con la moral, la religión, los valores o los prejuicios humanos. La conquista sucedió porque tenía qué suceder; así lo exigía la evolución universal, y si no hubiera sido España hubiera sido cualquier otra civilización avanzada la que nos descubriera y conquistara. Así ocurrió también con la propia España y con toda Europa y Asia, como sabe cualquiera que conozca por el forro la historia universal. Es la “Ley del desarrollo desigual y combinado” que dijera Trotski, y contra ella no hay moral ni prejuicios religiosos que valgan.

Así, el actual pleito de López Obrador con España es un anacronismo absurdo y sin sentido, que sería de risa loca si no fuera tan peligroso y potencialmente dañino para nuestra economía. No olvidemos que el capital español es el segundo en importancia después del norteamericano. ¿Piensa acaso el presidente que los capitales yanquis (y todos los capitales extranjeros sin excepción) invertidos aquí, no roban, no saquean, no hacen negocios corruptos ni abusan amparados en leyes hechas a la medida de sus ambiciones? ¿Cree acaso que estos capitales no influían, y más que los españoles, en los gobiernos neoliberales? Y si sabe que son lo mismo (o peores), ¿por qué solo arremete contra los españoles? ¿Por ser los descendientes de Hernán Cortés y de todos quienes conquistaron estas tierras hace 500 años? ¿Por eso los acusa de ver a México como “tierra de conquista”? ¿Quiere que OHL (o como se llame hoy) e Iberdrola paguen el justo valor del oro que quitaron a los indios a cambio de devolverles las cuentas de vidrio con que los engatusaron? ¿Eso le aconsejan sus historiadores de cabecera? Pues quizá hicieran mejor papel como personal de intendencia de Palacio Nacional.

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