23/09/2025
Según Lacant convertirse en un objeto de deseo (vanidad física, emocional o laboral) puede parecer un lugar de admiración, pero también encierra un riesgo: al basar el propio valor en la mirada de otros, se corre el peligro de terminar siendo usado, desechado o destruido.
Como en el cuento de Monterroso La Rana que quería ser una rana auténtica:
Había una rana convencida de que todavía no era “auténtica” y cada día buscaba la manera de llegar a serlo.
Primero se compró un espejo y se pasaba horas frente a él, tratando de encontrar en su reflejo la respuesta. A veces se veía plena, otras vacía, hasta que se hartó y guardó el espejo.
Entonces pensó que, si no podía reconocerse por sí misma, tal vez los demás podían darle esa certeza. Comenzó a arreglarse, cambiar de aspecto, incluso despojarse de lo que llevaba, solo para provocar comentarios que confirmaran que era una rana “de verdad”.
Con el tiempo notó que lo que más aplaudían de ella eran sus patas, así que se dedicó a fortalecerlas y a mostrar sus saltos. El reconocimiento la animaba, pero también la hacía depender cada vez más de la mirada ajena.
Al final, dispuesta a todo con tal de mantener esa aprobación, dejó que le arrancaran las patas. Los demás las devoraron con gusto mientras comentaban que aquella rana, en realidad, sabía a pollo.
Ella, dolorida y despojada, alcanzó a escuchar esas palabras y comprendió demasiado tarde que, en su intento por ser “auténtica”, se había perdido a sí misma.
El mensaje: querer validarse solo a través de la apariencia o la aprobación externa puede llevar a perder la autenticidad y, en el proceso, destruirse a una misma.