30/12/2025
Daniel tenía quince años y estaba emocionado por recibir el Año Nuevo. Durante la tarde del 30, sus amigos le escribieron diciendo que comprarían cohetes para festejar. Daniel se lo comentó a sus padres, pero la respuesta fue clara: era peligroso y no le permitirían usar pirotecnia.
Molesto y decepcionado, Daniel salió de casa y buscó a sus amigos. Ellos le consiguieron fuegos artificiales baratos, de esos que no inspiran confianza, pero en ese momento Daniel no pensó en las consecuencias. Solo quería celebrar a su manera.
Cuando llegó la noche del 31 de diciembre, Daniel salió al patio mientras sus padres seguían dentro esperando la cuenta regresiva. Colocó varios cohetes dentro de una botella y, con el corazón acelerado, intentó encenderlos al mismo tiempo.
Todo ocurrió en un segundo: un destello cegador, un estruendo brutal y luego un grito que heló la sangre. Sus padres corrieron al patio y encontraron una escena aterradora. Aun así, reaccionaron rápido y llevaron a Daniel al hospital.
No fue fácil encontrar atención médica esa noche; muchos hospitales estaban saturados o con personal reducido por las fiestas. Finalmente lo lograron.
Los médicos les informaron que Daniel había sufrido un shock severo, quemaduras graves y una gran pérdida de sangre. Había sobrevivido por poco. Pero la explosión le había arrancado por completo el antebrazo y la mano derecha.
La recuperación fue lenta y dolorosa. Daniel cayó en una profunda tristeza, lleno de culpa y remordimiento por no haber escuchado. Sus padres, buscando esperanza, encontraron una fundación que fabricaba prótesis mediante impresión 3D.
Enviaron la solicitud de Daniel, junto con los documentos y medidas que les solicitaron. Meses después, Daniel recibió su prótesis: blanca, ligera y cómoda.
No borró lo ocurrido, pero le devolvió algo esencial: la oportunidad de empezar de nuevo. Hoy, Daniel entiende que ese Año Nuevo no terminó su vida… pero sí la cambió para siempre.