25/11/2025
En el corazón de Coahuila, me encontraba un amigo, yo y una flota de albañiles de pura cepa, listo para levantar un nuevo edificio. El terreno, a las afueras de Piedras Negras, parecía perfecto, pero desde el primer día, las cosas se pusieron raras.
Primero fueron las herramientas que desaparecían y reaparecían en lugares insólitos. Luego, los andamios que se movían solos durante la noche. Al principio, pensé que eran bromas de mis compañeros, pero pronto me di cuenta de que algo más estaba pasando. Una noche, mientras trabajaba hasta tarde, escuché risitas provenientes de la oscuridad. Pequeñas sombras correteaban entre los montones de arena y grava. Eran duendes, pequeños seres traviesos con ojos brillantes y sonrisas burlonas.
Al principio, solo me asusté, pero pronto supe que no querían que construyéramos allí. Empezaron a sabotear nuestro trabajo, escondiendo materiales, moviendo las varillas de acero y hasta aflojando los tornillos de las máquinas. La situación se volvió insostenible. Mis compañeros estaban hartos, y yo, aunque incrédulo, no podía negar lo que estaba viendo.
Decidí hablar con Don Manuel, un anciano del pueblo conocido por sus conocimientos ancestrales. Me escuchó atentamente y me dijo: "esos duendes son los guardianes de la tierra. No les gusta que perturben su hogar. Debes pedirles permiso y ofrecerles algo a cambio".
Siguiendo su consejo, preparé una ofrenda: un plato de dulces de leche, un poco de tequila y unas monedas. Lo coloqué en el centro del terreno y les hablé con respeto, pidiéndoles que nos permitieran construir y prometiéndoles que cuidaríamos su hogar.
Para mi sorpresa, al día siguiente, las travesuras cesaron. Los duendes seguían ahí, observándonos desde las sombras, pero ya no nos molestaban. Incluso, parecía que nos ayudaban, guiándonos a encontrar herramientas perdidas y protegiendo el terreno de accidentes.
Así fue como aprendí que en esta tierra, la tradición y la leyenda se entrelazan con la realidad. Y que, a veces, para construir algo nuevo, es necesario respetar lo antiguo.