24/11/2025
Con los años te vas encontrando con personas, cada uno con sus heridas, sus mecanismos de defensa, sus soluciones raras, sus escudos y sus luchas por no reconocer lo que les pasa. Algo que me ha pasado a mí es encontrarme a personas cuyo miedo a amar y a ser amados les hacía huir del lugar donde iban a ser amados.
Están ya acostumbrados a unos padres que los quisieron con condiciones o solo si actuaban como ellos querían y, de este modo, acaban asimilando demasiado que “el amor”’duele, o que las personas que deberían habernos protegido o habernos amado, acaban dañándonos. Y así vamos por la vida, en diferentes relaciones que llegado el momento acaban entrando en un patrón destructivo. Y es que hay personas para las que siente raro que alguien te pueda amar incondicionalmente (exactamente lo opuesto que hicieron tus padres) y entonces es mejor dinamitarlo, tirar los puentes y las ilusiones de quien viene con ramos sin espinas a tu vida. Y huyen queriendo quedarse. Porque han aprendido que el lugar donde deberían recibir amor es un lugar donde la posibilidad del daño está siempre presente. Por eso se recogen, se marchan, esperando que la distancia haga su trabajo, pero la distancia sumada al tiempo les acaba poniendo la verdad frente a los ojos: que han apartado a la persona a la que amaban y que más iba a cuidarla. Aprendieron a escapar desde pequeños, a lamerse sus propias heridas, a reprimir sus emociones en soledad por no haber sido sostenidos en la infancia y, ya de mayores, les aterra depender del otro, les aterra no ser suficientes como les hicieron sentir sus padres y no confían. Y tienen sus razones porque les demostraron que no podían confiar en quien debía darles amor. Y así vamos el resto, con nuestras buenas intenciones a llevarnos esa ración de abandono, que también refleja el abandono que vivimos en nuestras infancias, intentamos convencerlos, pero no hay manera. Quizá con un nivel de paciencia y ternura extrema se pueda, pero al final la verdad te explota en la cara: uno no puede forzar la conexión con alguien que huye de sí mismo. No se puede perseguir a una persona que escapa de sus sentimientos para protegerse.