27/12/2025
A veces, en el intento de cuidar a quienes amamos ;nuestros hijos, hermanos, pareja, amigos, familiares o incluso personas que solo conocemos un poco, surge el deseo de “rescatar”. Sentimos ese impulso de evitarles el dolor, de moverlos, de empujarlos o de hacer por ellos lo que todavía no saben o no pueden hacer por sí mismos.
Pero con el tiempo aprendemos algo que cuesta aceptar:
no puedes ayudar a alguien que no ha pedido ser ayudado.
No puedes sanar una herida que todavía está cubierta.
Y no puedes cargar el proceso de otro, aunque el corazón quisiera hacerlo.
Ayudar sin permiso duele.
Te desgasta, te frustra y a veces, incluso te coloca como el villano de una historia en la que tú solo querías acompañar. Porque cuando una persona aún no está lista para ver, cambiar, soltar o pedir apoyo… cualquier intervención se siente como invasión.
Cada ser humano tiene su propio tiempo.
Hay quienes necesitan caer para tocar fondo, otros necesitan negarlo un tiempo más, algunos volverán varias veces al mismo lugar, hasta que un día, por decisión propia, digan: “ya basta”.
Y ahí, recién ahí, la ayuda tiene un lugar.
Acompañar no significa cargar.
Amar no siempre es intervenir.
A veces, lo más amoroso es respetar los procesos y cuidar tu corazón.
Y desde ese lugar, decir con calma y con amor:
“Estoy aquí si un día decides buscarme. Si eliges hablar, si eliges sanar, si eliges cambiar; aquí estoy.”
Porque hay acompañamientos que no empiezan cuando queremos, sino cuando el otro está listo.