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12/10/2025

El Silencio que Conduce a la Unidad: Reflexiones sobre el Samādhi Pāda de Patañjali

El Yoga Sūtra de Patañjali inicia con una promesa: “Atha yoga anushasanam” —“Y ahora, comienza la enseñanza del Yoga”.
Ese “ahora” no es una marca temporal; es un estado de disposición interior. Es el instante en que el buscador, fatigado de los vaivenes de la mente, siente el llamado a volverse hacia dentro. Desde ese silencio inaugural se abre el Samādhi Pāda, el primer capítulo de los Sūtras, donde Patañjali revela la esencia del Yoga: la posibilidad de liberar la conciencia de las fluctuaciones mentales (citta-vṛtti-nirodhaḥ).

En esas pocas palabras late toda una filosofía: el Yoga no es un hacer, sino un deshacer; no es un esfuerzo por llegar, sino una rendición al estado natural del Ser.
La mente, como un lago, refleja la luz del Espíritu sólo cuando está en calma. Las olas del deseo, la memoria y el juicio enturbian esa superficie. Por eso, el Samādhi Pāda nos conduce, aforismo tras aforismo, a descubrir que el propósito del Yoga no es alcanzar algo que no somos, sino recordar lo que siempre hemos sido.

Patañjali describe los caminos que conducen a esa quietud: la práctica constante (abhyāsa) y el desapego (vairāgya). Dos alas del mismo vuelo.
La práctica estabiliza, el desapego libera. La una sin la otra es incompleta: la práctica sin desapego se vuelve obsesiva; el desapego sin práctica, una idea vacía.
Ambas preparan al buscador para el samādhi, ese estado donde la frontera entre el observador y lo observado se disuelve, y sólo queda la consciencia pura.

Pero el Samādhi Pāda no se limita a un ideal místico. En cada verso late una invitación concreta: observarnos, aquietarnos, reconocer las causas del sufrimiento y trascenderlas desde la atención amorosa. Practicar Yoga, en este sentido, no es realizar posturas, sino aprender a morar en la presencia.

Patañjali no propone una religión, sino una experiencia interior universal. El Samādhi no es una meta lejana reservada a ascetas, sino un grado de silencio posible para cualquiera que se atreva a escucharse profundamente. Cada respiración consciente, cada acto vivido con atención, es una puerta hacia esa unión.

Cuando la mente cesa de girar sobre sí misma, el Yo deja de ser una idea y se vuelve experiencia.
Entonces comprendemos que el Yoga no se practica: se recuerda.
El Samādhi Pāda nos devuelve a esa memoria primordial, donde la vida y la conciencia son una sola cosa, donde el “ahora” deja de ser un instante y se convierte en eternidad.

La naturaleza de la atención es la dispersión. Es también una parte dinámica de la consciencia. Tampoco es falta de volu...
05/10/2025

La naturaleza de la atención es la dispersión. Es también una parte dinámica de la consciencia. Tampoco es falta de voluntad. No es tiene déficit. Es tema de entrenarla largamente y con perseverancia para lograr llegar a estados de meditación profunda.
En las clases diarias de Yoga entrenamos todo el tiempo la atención para lograr manifestar salud, mejoramiento personal, desapego o liberación y el Samadhi, el gozo que es la expresión pura de la espiritualidad.

Yoguear para liberarse!
05/09/2025

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El deseo y el goce desde la visión del Yoga.En la tradición del Yoga, la experiencia humana se entiende como un camino d...
17/08/2025

El deseo y el goce desde la visión del Yoga.
En la tradición del Yoga, la experiencia humana se entiende como un camino de unión: entre cuerpo y mente, entre lo finito y lo infinito, entre el sí mismo y el todo. Desde esa perspectiva, el deseo y el goce no son errores de la naturaleza ni obstáculos a vencer, sino expresiones de la energía vital —prāṇa— que busca expandirse.

El deseo surge cuando la conciencia se proyecta hacia algo que percibe como faltante. Puede ser un objeto, una persona, un gesto, una palabra. En sí mismo no es negativo: es un movimiento de la vida que nos invita a salir de la pasividad y a entrar en relación. Pero cuando el deseo se aferra a un solo objeto como si allí se encontrara toda la plenitud, se convierte en apego (rāga), y entonces produce sufrimiento.

El goce, en cambio, es la vivencia del instante en que el deseo se colma. Puede manifestarse en el cuerpo, en la mente o en el corazón. Pero desde la mirada del Yoga, todo goce es parcial si no conduce a la expansión del ser. El verdadero goce (ānanda) no se limita a una experiencia sensorial o emocional: es el estado en que la conciencia reconoce su propia infinitud.

Así, el Yoga invita a ver que el deseo puede ser el inicio de una búsqueda más profunda. Cada atracción, cada anhelo, cada placer nos señala el camino hacia algo más vasto: el llamado de nuestra propia alma hacia la unión. El reto está en no confundir el medio con el fin. El cuerpo, el encuentro, el amor humano, son portales; pero el destino último es el reconocimiento de lo ilimitado en nosotros mismos y en el otro.

En esta práctica, entonces, el deseo no se reprime ni se idolatra: se observa, se habita, se trasciende. El goce no se reduce al placer inmediato ni se rechaza como pecado, sino que se transforma en una vía hacia el conocimiento del sí mismo (ātman).

De esta manera, cada experiencia íntima, cada vínculo, puede ser un laboratorio espiritual: un lugar donde el deseo y el goce, en lugar de perdernos, nos despiertan hacia la conciencia de lo eterno que somos.

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