18/12/2025
El dolor por las pérdidas no tiene fecha de caducidad; nadie puede decir si un año, cinco o treinta son pocos o muchos. El tiempo, por sí solo, no repara aquello que fue arrancado de nuestras vidas.
Lo que hace Cristina Rivera Garza en este libro, dedicado a la vida y a la muerte de su hermana Liliana Rivera Garza, es negarse al silencio que suele rodear a las muertes violentas. Nombra la injusticia que atraviesan a las víctimas y a sus familias, no solo por la violencia que arrebata una vida, sino por la que continúa después: la desmemoria, la impunidad, el silencio, el lenguaje que minimiza o borra. Frente a ello, Rivera Garza insiste en la palabra como un acto ético; en la necesidad de decir feminicidio, de decir violencia, de decir nombre propio, porque lo que no se nombra se repite. Nombrar la violencia es una forma de resistirla, de impedir que se diluya o se normalice.
Las memorias de la vida de Liliana nos recuerdan que cada persona deja una huella irrepetible en quienes tocó en vida, que nadie es intercambiable, que el amor no desaparece con la muerte, sino que cambia de forma.
Hablar del dolor se vuelve entonces un acto necesario, no para recrearlo, sino para reconocerlo y compartirlo.
La exigencia de justicia aparece como una forma de cuidado, como una manera de seguir amando. Porque el amor no termina con la muerte: se transforma, aprende a habitar la ausencia. Al final, este libro nos invita a eso, a habitar nuestras pérdidas sin negarlas, sosteniendo el amor profundo que permanece, aun cuando duele.
“Nadar era lo que hacíamos juntas. Íbamos por el mundo cada una por su lado, pero acudíamos a la alberca para ser hermanas. Ese era el espacio de nuestra más íntima sororidad.
Y todavía lo es. […]
Quiero volver a encontrarla en el agua. Quiero nadar, como siempre lo hice, a hice, al lado de mi hermana”.
Leer a Cristina Rivera Garza ha sido un deleite. Si ya lo leíste, me gustaría saber qué te pareció.