26/05/2026
El concepto de deseo es un concepto de mucha densidad en psicoanálisis y no debe ba**lizarse.
Se suele confundir el deseo con el querer alguna cosa. Y se rebaja con eso la diferencia entre querer y desear. El deseo tiene como condición la pérdida de un goce, por eso lo que deseo no es lo que quiero, es más, muchas veces implica la pérdida del alcance inmediato de la satisfacción, la postergación de eso que se me apetece. Para que haya deseo, para que él se encuentre articulado, ha de partir de una falta de goce. En esa línea, cuando atendemos al deseo de los padres no lo rebajamos a si ellos quisieron o no quisieron tener un hijo. Ubicar el deseo de los padres en el discurso implica prestar atención al n**o de los padres.
En él podremos ubicar el lugar del niño, localizar si ha sido o es objeto de deseo, de amor y de goce, considerar si los tres están bien enlazados o señalar si en cambio amor, deseo y goce no encuentran un buen enlace.
¿A qué me refiero con enlazados, para qué sirve pensarlos de ese modo? Es que cada uno de ellos, el deseo, el amor y el goce, si no encuentran un límite en los otros dos registros quedan librados a una eficacia no agujereada. Si se trata del goce, es un goce que no tiene límite, o un amor que no tiene límite, o también un deseo puede no tenerlo. Un deseo puede ser un deseo loco, desear, desear y solo desear, sin ningún anclaje en alguna satisfacción. O es un amor tan amoroso que está sostenido exclusivamente en la consistencia de la dualidad, o también un goce sin límite. Si el niño es apetecible, lo quiero morder y lo muerdo. Le quiero pegar y le pego. Al goce le pone límite el amor y el deseo. Los padres piensan, no infrecuentemente, en matar a sus hijos. Pero ¿por qué no los matan? Nada más ni nada menos que porque desean que vivan y por el amor que les tienen. Los aman y desean que vivan. Podríamos decir que tienen un deseo más fuerte que el goce que también los habita. Tal como Lacan refiere respecto del deseo del a**lista, diciendo que es un deseo más fuerte. Más fuerte porque no es puro. También anida en el a**lista el goce y el amor. Será pues el enlace de unos con otros aquello que coloca un límite. Que estén enlazados implica que cada uno encuentra un límite en los otros dos. Así, cada uno de ellos tiene también una eficacia. Si el Otro toma al niño como objeto enlazado de amor, de deseo y de goce va a producir una eficacia, una función. Con el deseo de la madre se dona el sostén narcisístico, ocasión para tener un cuerpo, y con el deseo del padre se cumple una función. Me gusta mencionar el deseo del padre, porque creo que el deseo del padre incluye la castración del padre.
Con el deseo del padre se produce una operación mayúscula, la nominación, que no solo ordena una filiación, cuando dice “tú eres mi hijo” al niño que tuvo con una mujer, sino que también al recaer sobre él como padre, lo hace deudor del nombre. Es padre por el nombre, por
ende no es Dios.
Todos estos elementos atañen al edificio que iremos recorriendo a partir de la materialidad de los textos y escrituras de los a**listas. Con ellos recortaremos las especificidades del acto a**lítico en el análisis de un niño.
Las entrevistas con los padres hacen a esas especificidades. Quien ubica que se trata de una especificidad atinente a los tiempos del sujeto halla legitimidad para afirmar por qué y para qué recibimos a los padres.
En las entrevistas localizaremos el anudamiento del deseo con el goce y el amor, así como el deseo de los padres en una doble vertiente. No solo el deseo de ellos por el hijo o por el niño, sino cómo ha pivoteado ese deseo por un hijo con el deseo de los padres entre ellos.
Alba Flesler- Niños en análisis.
**lítico