Dr. García Elizondo - Pediatra

Dr. García Elizondo - Pediatra Pediatra con especialidad en Medicina Crítica Pediátrica.
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La natación en bebés puede ser una experiencia muy valiosa, pero hay que poner cada cosa en su lugar. No es un “curso pa...
24/03/2026

La natación en bebés puede ser una experiencia muy valiosa, pero hay que poner cada cosa en su lugar. No es un “curso para que el bebé aprenda a salvarse solo”, ni una garantía contra el ahogamiento.

En menores de un año, las actividades acuáticas sirven sobre todo para familiarizarlos con el agua, estimular el vínculo con sus padres y trabajar la adaptación al medio acuático.

A partir del año de edad, las clases de natación ya pueden formar parte de una estrategia real de seguridad, pero siguen siendo eso: una capa de protección, no un blindaje. 

Un niño puede “saber nadar” y aun así ahogarse. Saber patear, flotar unos segundos o avanzar hacia la orilla no elimina el riesgo.

Por eso la supervisión no se negocia. En lactantes y niños pequeños, la recomendación es supervisión activa, dentro del agua y al alcance del brazo.

No desde la silla, no mientras contestas un mensaje, no “encargándoselo” a otro niño. El ahogamiento suele ser rápido, silencioso y puede ocurrir en segundos. 

Las estadísticas deberían bastar para tomarnos esto en serio. A nivel mundial ocurren alrededor de 300 mil muertes por ahogamiento cada año, y casi una cuarta parte corresponde a menores de 5 años.

En Estados Unidos, el ahogamiento es la principal causa de muerte en niños de 1 a 4 años, y además aumentó 28% en ese grupo en 2022 comparado con 2019.

Es decir, no estamos hablando de algo raro ni remoto. Estamos hablando de un riesgo real, frecuente y devastador. 

Entonces sí: metan a sus hijos al agua, familiarícenlos con ella, enséñenles a disfrutarla y a respetarla. La natación aporta coordinación, confianza y habilidades útiles.

Pero nunca vendamos la idea de que un niño “ya nada” y por eso “ya no pasa nada”. En agua, el aprendizaje ayuda. La supervisión salva.

No, tu bebé no tiene que pesar lo mismo que el hijo de tu amigaUna de las comparaciones más frecuentes en consulta es es...
23/03/2026

No, tu bebé no tiene que pesar lo mismo que el hijo de tu amiga

Una de las comparaciones más frecuentes en consulta es esta:

“Doctor, es que el bebé de mi prima tiene la misma edad y pesa más.”
“Mi hijo está más chiquito que otros bebés.”
“¿Está bajo de peso porque no se ve como los demás?”

Los bebés no se comparan entre sí solo por la edad.

El peso de cada bebé puede ser distinto y aun así ser completamente normal.

¿Por qué? Porque el crecimiento infantil no funciona como una tabla exacta ni como una producción en serie. Cada bebé tiene su propia trayectoria de crecimiento y esa trayectoria depende de muchos factores.

Primero, de la genética. Hay bebés hijos de padres altos y robustos, y otros hijos de padres pequeños o delgados. Pretender que todos pesen igual a los 3, 6 o 12 meses simplemente no tiene sentido.

También influye el peso al nacer, la edad gestacional, el s**o, la talla, la velocidad de crecimiento, el tipo de alimentación y hasta antecedentes del embarazo. No crece igual un bebé que nació con 2.5 kg que uno que nació con 4 kg. Ambos pueden ir bien, pero no van a verse iguales ni a recorrer el mismo camino.

Además, el peso por sí solo no cuenta toda la historia. En pediatría no se interpreta un número aislado. Se valora junto con la talla, el perímetro cefálico, la exploración física, el desarrollo y, sobre todo, la tendencia en la curva de crecimiento.

Eso es lo importante: cómo va creciendo ese bebé en el tiempo, no si pesa más o menos que otro niño.

Un bebé sano no necesariamente es el más gordito.
Y un bebé delgado no necesariamente está mal nutrido.

Durante muchos años se vendió la idea de que “bebé hermoso” era sinónimo de “bebé muy gordito”. Pero médicamente eso no funciona así. Lo que buscamos es un bebé que crezca de manera armónica, que se alimente bien, que se desarrolle adecuadamente y que mantenga una evolución consistente en sus percentilas.

Aquí entra otro concepto importante: los percentiles.

Los percentiles no son una calificación ni un ranking.
No significa que el percentil 90 sea “mejor” que el percentil 25.

Solo indican en qué posición está un bebé respecto a una población de referencia. Un niño puede estar en percentil 15 y estar perfectamente sano. Otro puede estar en percentil 85 y también estar bien. Lo relevante es que su crecimiento sea congruente, sostenido y acorde a su contexto clínico.

Lo que sí nos llama la atención no es que un bebé sea “más flaquito” que otro, sino cosas como:
que deje de subir de peso, que cruce percentiles de manera importante hacia abajo, que no coma bien, que vomite mucho, que tenga diarrea crónica, que se vea decaído, o que su crecimiento no vaya de la mano con su desarrollo.

Comparar bebés entre sí es injusto y muchas veces innecesario. Cada cuerpo tiene su ritmo. Cada bebé tiene su historia. Cada curva tiene su propio trayecto.

Así que no, tu bebé no tiene que parecerse al de la vecina, al del kínder, al del reel de Instagram ni al de la tabla que alguien te mandó sin contexto.

Tiene que parecerse a sí mismo: a su genética, a su punto de partida, y a su propia velocidad de crecimiento.

Crecer bien no es crecer igual que todos.
Es crecer bien para ese bebé.

22/03/2026
¿A qué edad deben hablar los niños?Esta es de las preguntas que más angustia genera en consulta. Y no, no existe un día ...
21/03/2026

¿A qué edad deben hablar los niños?

Esta es de las preguntas que más angustia genera en consulta. Y no, no existe un día mágico en el que todos los niños tengan que empezar a hablar igual. El lenguaje no aparece de golpe. Primero se comunican con la mirada, los gestos, el balbuceo, la intención de pedir y de responder. Después llegan las palabras y más adelante las frases. Además, los hitos del desarrollo son eso: rangos de normalidad, no sentencias. CDC aclara que sus hitos describen lo que la mayoría de los niños, alrededor del 75% o más, logra a esa edad. 

Alrededor de los 12 meses esperamos las primeras palabras con intención, como “mamá”, “papá” u otra palabra clara, además de que el niño entienda cosas simples, responda a su nombre, señale o intente comunicarse. A esta edad importa tanto la intención de comunicarse como las palabras en sí. 

A los 18 meses, muchos niños ya dicen varias palabras. CDC pone como hito que intenten decir 3 o más palabras, además de “mamá” y “papá”. En la práctica clínica, varios niños para esta edad ya traen un repertorio mayor, pero el rango sigue siendo amplio. 

Hacia los 2 años ya esperamos más lenguaje funcional: ASHA señala que muchos niños usan y entienden al menos 50 palabras y empiezan a juntar 2 o más palabras, por ejemplo “más agua” o “mamá ven”. Ese punto sí es importante: a los 2 años, ya debería empezar a aparecer la combinación de palabras. 

Entre los 2 y 3 años ya no solo importa cuántas palabras dice, sino qué hace con ellas. Aquí esperamos frases simples, que pida cosas, que responda, que haga preguntas y que su lenguaje vaya siendo cada vez más entendible. A los 3 años, el lenguaje ya debe servir para interactuar, no solo para soltar palabras aisladas. 

A los 4 años ya suelen aparecer frases de 4 o más palabras, conversaciones más claras y la capacidad de contar algo sencillo que pasó durante el día. 

Entonces, dicho de forma simple:

1 año: primeras palabras con intención.
18 meses: varias palabras; al menos algunas claras.
2 años: alrededor de 50 palabras y frases de 2 palabras.
3 años: frases más constantes y lenguaje funcional.
4 años: frases más largas y conversación más clara. 

Lo que no conviene hacer es vivir comparándolo con el hijo de la vecina. Pero tampoco hay que esconder todo detrás del clásico “cada niño tiene su tiempo”. Sí, hay variación normal. Pero también hay focos rojos: que no señale, que no responda a su nombre, que no intente comunicarse, que no progrese, que pierda habilidades o que a los 2 años siga sin frases de 2 palabras. En esos casos hay que valorar lenguaje, desarrollo global y audición. 

No todos los niños hablan igual ni al mismo ritmo. Pero el lenguaje sí tiene un trayecto esperado. Más que contar palabras con ansiedad, hay que observar si el niño avanza, comprende, intenta comunicarse y va construyendo lenguaje de forma progresiva. 

Hay niños que crecen en ambientes donde la comida no está rodeada de miedo, regaños, prohibiciones absurdas ni discursos...
19/03/2026

Hay niños que crecen en ambientes donde la comida no está rodeada de miedo, regaños, prohibiciones absurdas ni discursos alarmistas. Y cuando eso pasa, suelen estar mucho más en sintonía con sus propias señales de hambre y saciedad. Entonces un pan dulce, un pastel o cualquier otro alimento deja de convertirse en “lo prohibido”, en “el premio”, en “la oportunidad que hay que aprovechar al máximo porque quién sabe cuándo vuelva a tocar”.

Los niños nacen con una capacidad bastante fina para autorregularse. El problema es que muchas veces esa habilidad se va distorsionando por el entorno social, emocional y psicológico en el que crecen. Por eso la autorregulación no se impone, no se sermonea y no se enseña con miedo. Se modela. Se transmite en la relación cotidiana con la comida, en la forma en que los padres hablan de ella, la ofrecen y la viven.

Muchas veces el problema no está en el niño. Está en la historia no resuelta que los adultos tenemos con los alimentos.

Esta foto me alegró el día. Mi Max dice que se siente afortunado de salir a comer con su papá un pulpo a las brasas. Y así como disfruta su pulpo, también puede comerse feliz una rebanada de pastel, sin culpa, sin ansiedad y sin convertir ese momento en un conflicto.

Demonizar alimentos, satanizarlos o generar alarma alrededor de la comida es una forma muy fácil de ganar seguidores en redes sociales. Pero que venda no significa que esté bien.

Sí, claro que las sociedades pediátricas recomiendan evitar azúcares añadidos antes de los 2 años. Y esa recomendación tiene fundamento. Pero también hay que aprender a contextualizar. Somos seres sociales. Vivimos cumpleaños, celebraciones, reuniones y recuerdos.

Por eso, si tu bebé va a cumplir un año y quieres hacerle un pastel para tomarle una foto bonita y guardar ese recuerdo, no te desgastes pensando que tiene que ser un pastel de brócoli, zanahoria, dátiles, avena ancestral y polvo de luna orgánico. Sentido común. Es un momento especial. Es una vez. Y no, tu hijo no se va a comer el pastel completo.

La alimentación infantil no necesita fanatismos.
Necesita contexto, vínculo, ejemplo y sentido común.

Me enteré de ese grupo de Facebook porque algunas de mis propias pacientes me etiquetaron en los comentarios.Entré por c...
17/03/2026

Me enteré de ese grupo de Facebook porque algunas de mis propias pacientes me etiquetaron en los comentarios.

Entré por curiosidad.

La publicación era sencilla, de esas que hoy parecen normales en redes sociales: una mamá preguntando cuál de tres pediatras le recomendaban. Tres fotos. Muchos comentarios. Nombres que se repiten. Experiencias. Opiniones. Y aunque a simple vista puede parecer una publicación más, a mí me dejó pensando en algo mucho más profundo.

Porque para entender lo que significa ver tu nombre ahí, primero tengo que irme un poco hacia atrás.

Fue en octubre de 2021. Veníamos agarrando pista rumbo a uno de los momentos más duros de la pandemia por COVID-19. Todavía había incertidumbre, cansancio, miedo, hospitales tensionados y una sensación general de que nadie sabía con certeza qué venía después. Y justo en ese contexto, mi amigo y colega Armando y yo tomamos una decisión que, vista desde afuera, sonaba arriesgada, por no decir absurda: abrir un consultorio de pediatría.

Rentamos un espacio. Le invertimos. Lo adaptamos. Tratamos de hacerlo lo más cómodo posible para los niños y lo más amable posible para sus familias. Queríamos un lugar funcional, sí, pero también cálido. Un sitio donde los papás sintieran confianza y donde los niños no entraran a un consultorio sintiendo que iban a un lugar hostil.

Y claro que hubo comentarios. Hubo consejos, dudas, advertencias y también críticas. Sobre todo por dos razones: porque éramos dos pediatras compartiendo un mismo lugar, y porque lo estábamos haciendo en plena pandemia. Para muchos no tenía sentido. Para algunos era una mala idea. Y siendo honestos, en ciertos momentos hasta para nosotros mismos parecía una locura.

Pero hoy, viendo hacia atrás, entiendo que no fue un salto al vacío. O al menos no uno sin respaldo. Detrás de esa decisión había un arnés muy firme, una estructura silenciosa que nos sostuvo mucho más de lo que la gente imaginaba.

A finales de mi residencia de pediatría, poco antes de que iniciara la pandemia, empezaron a aparecer con más fuerza páginas en redes sociales de médicos hablando sobre temas de su especialidad. Yo, como era natural, seguía páginas de medicina y sobre todo de pediatría. Recuerdo las del Dr. Barreto, el Dr. Carrera, y otras que para quienes estábamos formándonos representaban una ventana a una forma distinta de ejercer la profesión.

Pero hubo una que me atrapó de una manera especial.

Porque durante la residencia uno aprende muchísimo, claro. Aprende a diagnosticar, a tratar, a priorizar, a reaccionar. Pero la consulta, sobre todo la consulta privada, tiene una dimensión que no siempre te enseñan en los libros ni en el hospital. La consulta es otro idioma. Es otro ritmo. Es otra cercanía.

Esa página te metía justamente ahí. Te llevaba al consultorio. Leías unas líneas y podías imaginar al niño, los síntomas, la angustia de la mamá, la duda, el contexto. Como médico, te quedabas repasando mentalmente el caso. Y cuando llegaba el desenlace, sentías satisfacción por el razonamiento clínico, pero también admiración por la manera en que todo estaba explicado con claridad, sencillez y humanidad. No era solo medicina. Era medicina bien contada. Medicina que enseñaba. Medicina que acompañaba.

Para mi sorpresa, esa página resultó ser de un pediatra de Torreón.

Y la sorpresa fue todavía mayor cuando un día terminé sentado en su consultorio, platicando con él, y en algún momento me dijo que si podía ayudarle a ver pacientes porque él estaba saturado.

Así empezó una parte muy importante de esta historia.

Ese respaldo del que hablo, esa confianza que estuvo detrás de muchas decisiones, vino de quien hoy es mi colega y mi amigo: el Dr. Alberto Estrada Retes.

Por eso cuando pienso en aquel octubre de 2021, pienso que sí, había incertidumbre, sí, había riesgo, sí, parecía una apuesta atrevida, pero también había una red. Había experiencia. Había generosidad. Había alguien que ya había recorrido ese camino y que, en lugar de cerrarlo, decidió abrirlo para que otros también pudiéramos crecer.

Y quizá por eso me hizo pensar tanto aquella publicación en Facebook.

Porque entiendo perfectamente a las mamás que preguntan. No lo hacen por superficialidad. Lo hacen por amor. Lo hacen por miedo. Lo hacen porque cuando se trata de un hijo, nadie quiere equivocarse. Una mamá no está buscando “el más famoso” ni necesariamente “el que más salga en redes”. En el fondo está buscando algo mucho más complejo y más importante: alguien en quien poder confiar.

Porque elegir pediatra no es elegir un servicio cualquiera.

No es escoger un lugar para comer ni un producto con mejores reseñas.

Elegir pediatra es decidir a quién le vas a confiar lo más valioso que tienes cuando tu hijo tenga fiebre a medianoche. Es decidir a quién le vas a escribir cuando tu bebé lleve horas sin querer comer. A quién le vas a mandar una foto cuando aparezca una roncha extraña. A quién vas a llamar cuando el niño empiece a respirar raro y el miedo no te deje pensar con claridad.

La pediatría no se reduce a una consulta agendada.

La pediatría son los mensajes a deshoras.
Son las llamadas inesperadas.
Son las madrugadas en las que uno contesta con los ojos cansados, pero con la mente puesta en saber si ese niño necesita ir a urgencias o si lo que la familia necesita, además de orientación, es un poco de calma.

La pediatría también es cargar emocionalmente con muchas historias. Es aprender a traducir la medicina a un lenguaje que no asuste, pero que tampoco minimice. Es explicar una y otra vez, con paciencia, lo que para nosotros puede parecer rutinario y para una familia representa un mundo entero.

Es celebrar el crecimiento de un niño al que conociste en brazos. Es verlo volver años después ya caminando, hablando, haciendo preguntas. Es acompañar no solo enfermedades, sino etapas, dudas, miedos y aprendizajes.

Por eso siempre me ha parecido limitada la idea de ver a los médicos como si estuviéramos compitiendo entre nosotros.

La medicina no debería ser un concurso de popularidad.
No es una carrera de egos.
No es un podio.

Al menos no para quienes entendemos esta profesión con seriedad.

Los buenos médicos no viven tratando de demostrar que no necesitan a nadie. Al contrario. Preguntan. Consultan. Comparten casos. Buscan una segunda opinión cuando hace falta. Reconocen que la experiencia del otro suma. Entienden que frente a la salud de un niño, el ego estorba mucho más de lo que ayuda.

Y eso es algo que pocas personas alcanzan a ver detrás de una publicación como esa.

Los que aparecen en esa imagen no son extraños puestos uno al lado del otro para que alguien elija como si estuviera frente a un aparador.

Somos colegas que llevamos años trabajando en equipo.

Llevamos cinco años haciendo esto juntos, aunque en espacios separados. Cinco años comentando casos, pidiéndonos opinión, respaldándonos, aprendiendo unos de otros. Cinco años entendiendo que la fortaleza no está en competir, sino en sumar.

Y por eso hoy este momento tiene un significado especial.

Porque finalmente se concreta un sueño que llevaba tiempo construyéndose: estar juntos en un mismo espacio físico. Un lugar más amplio, con mejores instalaciones, más cómodo para las familias, más funcional para nosotros y más amable para los niños.

A partir de esta semana estaremos iniciando consulta en la nueva Torre Vasconcelos del Hospital Ángeles Torreón.

Y esta nueva etapa no solo representa un cambio de dirección. Representa madurez, historia compartida y una manera de entender la pediatría: cercana, humana y en equipo.

Además, con el objetivo de ampliar la atención tanto en horario como en disponibilidad, fortalecemos este proyecto con la integración de un cuarto compañero: el Dr. Jorge Alejandro Franco Fernández, pediatra intensivista, cuya experiencia y cualidades vienen a darle todavía más solidez a esta nueva etapa.

Al final, cuando vi aquella publicación y leí la pregunta de “¿cuál de estos pediatras me recomiendan?”, pensé que tal vez la respuesta más honesta no cabía en una caja de comentarios.

Porque a veces no se trata de escoger a uno.

A veces lo verdaderamente valioso es saber que detrás de la atención de tus hijos hay un equipo, una historia, una red de confianza y años de trabajo.

Y eso, al menos para nosotros, siempre ha sido mucho más importante que cualquier competencia.

Hay muchas preguntas en la consulta de pediatría cuya respuesta, aunque parezca sorprendente, es simplemente esta: nada....
15/03/2026

Hay muchas preguntas en la consulta de pediatría cuya respuesta, aunque parezca sorprendente, es simplemente esta: nada.

Nada no porque no sepamos qué hacer.
Nada porque no hay nada que corregir.

La medicina moderna también consiste en saber cuándo no intervenir.

Costra láctea.
Nada. No hay que hacer nada.

Estornudos o hipo en el recién nacido.
Nada. Son reflejos normales del sistema nervioso inmaduro.

Babeo excesivo en los primeros meses.
Nada. A lo mucho un babero.

“¿Le damos algo antes de vacunarlo para que no le duela?”
No. Nada.

Popó amarilla, verde o café.
Nada.

Si pasan algunos días sin evacuar pero el bebé está tranquilo y cuando finalmente evacúa las heces son normales.
Nada.

Si termina de comer y no eructa, pero está cómodo y tranquilo.
Nada.

Si rechaza el chupón o la mamila del biberón pero acepta perfectamente el pecho.
Nada.

Si cumplió un año y aún no le han salido los dientes.
Nada.

Si durante el primer año se le cae parte del cabello.
Nada.

Si no quiere hacer tummy time cinco minutos seguidos como dicen algunos manuales.
Nada.

En pediatría muchas veces el mejor tratamiento es no intervenir en procesos normales del desarrollo.
Los bebés no son proyectos que haya que “corregir” a cada momento. Son organismos en desarrollo, con ritmos propios.

Porque cuando algo es normal, la mejor medicina sigue siendo la más simple.

Nada.

Así tal cual como dice Cristian Castro.

Nada de nada.

Feliz sábado.

Hay una mala costumbre en redes: comer un alimento, medirse la glucosa capilar 20, 30 o 60 minutos después, y con ese nú...
13/03/2026

Hay una mala costumbre en redes: comer un alimento, medirse la glucosa capilar 20, 30 o 60 minutos después, y con ese número declarar si ese alimento es “bueno” o “malo”.

Eso no es un análisis metabólico serio. Es una sobreinterpretación de un dato aislado.

La glucemia capilar posprandial no es un marcador absoluto de “salud” del alimento. Es apenas una fotografía de un sistema mucho más complejo: absorción intestinal, vaciamiento gástrico, efecto incretina, secreción de insulina, sensibilidad periférica a la insulina, producción hepática de glucosa y utilización muscular. Después de comer, sobre todo si hay carbohidratos disponibles, la glucosa sube. Eso no es patología por sí mismo; es fisiología. De hecho, en personas sanas se han documentado excursiones posprandiales transitorias que pueden rebasar 140 mg/dL e incluso acercarse a 160–180 mg/dL sin que eso convierta automáticamente al alimento en dañino ni a la persona en diabética. 

El primer error de esos videos es metodológico: quieren sacar una conclusión clínica grande con una medición pequeña y mal contextualizada. Un valor único de glucosa capilar no diagnostica intolerancia a los carbohidratos, ni resistencia a la insulina, ni “inflamación”, ni “toxicidad” de un alimento. Para diagnosticar diabetes se usan pruebas estandarizadas: glucosa plasmática en ayuno, hemoglobina glucosilada, prueba de tolerancia oral a la glucosa o glucosa plasmática al azar en contextos clínicos específicos. No existe en guías serias el criterio de “me subió después de una tortilla, entonces la tortilla es mala”. 

El segundo error es fisiológico: le adjudican el número al alimento, cuando el número en realidad pertenece a la interacción entre alimento, persona y contexto. La respuesta glucémica depende de la carga de carbohidratos, sí, pero también de la matriz alimentaria, del contenido de proteína, grasa y fibra, del orden en que se comen los alimentos, del estado de ayuno, del sueño, del estrés, de la actividad física previa y posterior, y de la variabilidad biológica individual. Incluso ante comidas idénticas, distintas personas pueden mostrar respuestas glucémicas claramente diferentes. O sea: muchas veces no están midiendo “qué tan malo es el alimento”; están midiendo su propio contexto metabólico de ese día. 

Tercero: un glucómetro doméstico no es un laboratorio clínico portátil para calificar alimentos en redes sociales. Es una herramienta útil para automonitoreo, sobre todo en personas con diabetes, pero su lectura tiene limitaciones analíticas y preanalíticas. La técnica de toma importa. La limpieza de la piel importa. Las tiras importan. El dispositivo importa. Y hay algo todavía más básico: si alguien manipula fruta o comida y no se lava bien las manos, puede obtener una pseudohiperglucemia capilar. Hay estudios donde los residuos de azúcar en los dedos elevaron falsamente la lectura, y un simple hisopo con alcohol no siempre corrigió el error; el lavado adecuado con agua sí lo hizo. Así de frágil puede ser esa “sentencia nutricional” que luego suben con tanta seguridad. 

Además, esa práctica confunde respuesta glucémica aguda con calidad nutricional global. Un alimento no se juzga solo por el pico glucémico temprano. También importan su densidad nutrimental, saciedad, contenido de fibra, micronutrientes, grado de procesamiento, porción, frecuencia de consumo y el patrón dietético total en el que se inserta. Reducir toda la nutrición a un pinchazo posprandial es como querer valorar una película viendo un solo fotograma. 

La glucosa posprandial sí tiene valor, pero interpretada con método. En personas con diabetes puede servir para ajustar tratamiento, identificar patrones y mejorar control glucémico. En personas sin diabetes, usar una medición aislada para satanizar alimentos, asustar a la gente y vender una falsa sensación de “nutrición de precisión” es una mala lectura de la fisiología. Las revisiones recientes sobre monitoreo continuo en personas sin diabetes describen interés creciente, pero también dejan claro que la evidencia sigue siendo limitada para respaldar muchas de las conclusiones simplistas que se promueven en el mundo wellness. 

Un alimento no se absuelve ni se condena con una glucosa capilar tomada al azar.
El alarmismo en redes sociales es una red flag: huye!!!

Hay papás que se asustan porque en la noche escuchan a su hijo rechinar los dientes como si estuviera moliendo piedras.Y...
12/03/2026

Hay papás que se asustan porque en la noche escuchan a su hijo rechinar los dientes como si estuviera moliendo piedras.

Y de inmediato aparece la duda:

“¿Eso es normal o le pasa algo?”

El bruxismo es el hábito de apretar o rechinar los dientes, sobre todo mientras duermen. En niños es relativamente frecuente y muchas veces es transitorio. O sea, puede aparecer por etapas y desaparecer con el crecimiento.

Pero que sea común no significa que siempre haya que ignorarlo.

Durante años se dijeron muchas cosas sobre el bruxismo, pero hoy sabemos que no se explica tan fácil.

Puede relacionarse con alteraciones del sueño, estrés, ansiedad, respiración oral, ronquido, obstrucción nasal, crecimiento de adenoides o amígdalas, e incluso algunos hábitos de la mordida.

Es decir, no siempre el problema está en los dientes.

A veces ese ruido que escuchas en la noche es una señal de que hay que voltear a ver cómo está durmiendo ese niño.

Y esto es importante: no todos los niños con bruxismo necesitan tratamiento.

Muchos solo requieren vigilancia, revisar cómo duermen, cómo respiran y valoración dental si ya hay desgaste, dolor o molestias.

¿En qué casos sí conviene ponerle más atención?

Cuando el rechinido es muy frecuente, cuando hay desgaste importante en los dientes, dolor de mandíbula, dolor de cabeza al despertar, ronquido, sueño inquieto, pausas respiratorias o respiración por la boca.

El bruxismo en niños no siempre es grave, pero tampoco hay que minimizarlo.
No todo es estrés, y muy seguramente no son parásitos.

Hay que ver al niño completo.

Porque a veces el problema no está en los dientes.
Está en cómo duerme.
En cómo respira.
O en algo que el cuerpo está intentando decirnos.

Ya empezamos a ver los famosos terregales en nuestra bella Comarca Lagunera.Aquí hay básicamente dos opciones: ser alérg...
10/03/2026

Ya empezamos a ver los famosos terregales en nuestra bella Comarca Lagunera.

Aquí hay básicamente dos opciones: ser alérgico o cambiarse de ciudad.

Porque además del polvo tenemos de todo:
mezquites, nogales, palomas, cementeras, ladrilleras, Peñoles.
Una combinación ambiental casi perfecta para que muchos niños desarrollen algún tipo de alergia respiratoria.

Y si a eso le sumamos que en la herencia genética venían incluidos los genes de la alergia… el escenario queda servido.

La mayoría de esos factores no son modificables.
No podemos quitar los mezquites, ni parar el viento, ni desaparecer las ladrilleras. Y mudarse de ciudad, para la gran mayoría de las familias, simplemente no es una opción real.

Pero hay un factor que sí está muy bien estudiado y que sí podemos modificar: el cigarro.

Aunque fumes en la terraza, en el patio, en la banqueta, en la Alameda o en la Plaza Mayor, el cigarro al combustionar libera alrededor de 7 mil sustancias químicas. Y digo “alrededor” porque es un estimado; probablemente sean más.

Muchas de esas sustancias no se quedan en el aire.
Se impregnan en la ropa, en las manos, en el cabello del fumador.

Cuando esa persona vuelve a cargar, abrazar o convivir con el niño, el pequeño inhala todo eso.
Directo a su vía respiratoria.

Por eso da prácticamente lo mismo dónde fumes o cuánto te alejes.
El niño termina expuesto de todas formas.

La buena noticia es que, a diferencia del polvo lagunero o de los mezquites, este sí es un factor modificable.

Claro que no es fácil. Dentro de esas miles de sustancias hay varias con un potencial adictivo enorme, y muchas personas necesitan ayuda profesional para dejarlo.

Pero hay algo que vale la pena tener claro.

Puedes ir con el especialista y recibir tratamiento para el reflujo, antibióticos, inhaladores para el asma, jarabes, nebulizaciones…
hasta algo para el mal de ojo si quieres.

Pero si el cigarro sigue presente en la vida del niño, esa tos alérgica probablemente no la quite nadie.

Dirección

Hospital Ángeles Torreón. Torre Vasconcelos.
Torreón
27272

Horario de Apertura

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5pm - 8pm
Martes 9am - 1pm
5pm - 8pm
Miércoles 9am - 1pm
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