17/03/2026
Me enteré de ese grupo de Facebook porque algunas de mis propias pacientes me etiquetaron en los comentarios.
Entré por curiosidad.
La publicación era sencilla, de esas que hoy parecen normales en redes sociales: una mamá preguntando cuál de tres pediatras le recomendaban. Tres fotos. Muchos comentarios. Nombres que se repiten. Experiencias. Opiniones. Y aunque a simple vista puede parecer una publicación más, a mí me dejó pensando en algo mucho más profundo.
Porque para entender lo que significa ver tu nombre ahí, primero tengo que irme un poco hacia atrás.
Fue en octubre de 2021. Veníamos agarrando pista rumbo a uno de los momentos más duros de la pandemia por COVID-19. Todavía había incertidumbre, cansancio, miedo, hospitales tensionados y una sensación general de que nadie sabía con certeza qué venía después. Y justo en ese contexto, mi amigo y colega Armando y yo tomamos una decisión que, vista desde afuera, sonaba arriesgada, por no decir absurda: abrir un consultorio de pediatría.
Rentamos un espacio. Le invertimos. Lo adaptamos. Tratamos de hacerlo lo más cómodo posible para los niños y lo más amable posible para sus familias. Queríamos un lugar funcional, sí, pero también cálido. Un sitio donde los papás sintieran confianza y donde los niños no entraran a un consultorio sintiendo que iban a un lugar hostil.
Y claro que hubo comentarios. Hubo consejos, dudas, advertencias y también críticas. Sobre todo por dos razones: porque éramos dos pediatras compartiendo un mismo lugar, y porque lo estábamos haciendo en plena pandemia. Para muchos no tenía sentido. Para algunos era una mala idea. Y siendo honestos, en ciertos momentos hasta para nosotros mismos parecía una locura.
Pero hoy, viendo hacia atrás, entiendo que no fue un salto al vacío. O al menos no uno sin respaldo. Detrás de esa decisión había un arnés muy firme, una estructura silenciosa que nos sostuvo mucho más de lo que la gente imaginaba.
A finales de mi residencia de pediatría, poco antes de que iniciara la pandemia, empezaron a aparecer con más fuerza páginas en redes sociales de médicos hablando sobre temas de su especialidad. Yo, como era natural, seguía páginas de medicina y sobre todo de pediatría. Recuerdo las del Dr. Barreto, el Dr. Carrera, y otras que para quienes estábamos formándonos representaban una ventana a una forma distinta de ejercer la profesión.
Pero hubo una que me atrapó de una manera especial.
Porque durante la residencia uno aprende muchísimo, claro. Aprende a diagnosticar, a tratar, a priorizar, a reaccionar. Pero la consulta, sobre todo la consulta privada, tiene una dimensión que no siempre te enseñan en los libros ni en el hospital. La consulta es otro idioma. Es otro ritmo. Es otra cercanía.
Esa página te metía justamente ahí. Te llevaba al consultorio. Leías unas líneas y podías imaginar al niño, los síntomas, la angustia de la mamá, la duda, el contexto. Como médico, te quedabas repasando mentalmente el caso. Y cuando llegaba el desenlace, sentías satisfacción por el razonamiento clínico, pero también admiración por la manera en que todo estaba explicado con claridad, sencillez y humanidad. No era solo medicina. Era medicina bien contada. Medicina que enseñaba. Medicina que acompañaba.
Para mi sorpresa, esa página resultó ser de un pediatra de Torreón.
Y la sorpresa fue todavía mayor cuando un día terminé sentado en su consultorio, platicando con él, y en algún momento me dijo que si podía ayudarle a ver pacientes porque él estaba saturado.
Así empezó una parte muy importante de esta historia.
Ese respaldo del que hablo, esa confianza que estuvo detrás de muchas decisiones, vino de quien hoy es mi colega y mi amigo: el Dr. Alberto Estrada Retes.
Por eso cuando pienso en aquel octubre de 2021, pienso que sí, había incertidumbre, sí, había riesgo, sí, parecía una apuesta atrevida, pero también había una red. Había experiencia. Había generosidad. Había alguien que ya había recorrido ese camino y que, en lugar de cerrarlo, decidió abrirlo para que otros también pudiéramos crecer.
Y quizá por eso me hizo pensar tanto aquella publicación en Facebook.
Porque entiendo perfectamente a las mamás que preguntan. No lo hacen por superficialidad. Lo hacen por amor. Lo hacen por miedo. Lo hacen porque cuando se trata de un hijo, nadie quiere equivocarse. Una mamá no está buscando “el más famoso” ni necesariamente “el que más salga en redes”. En el fondo está buscando algo mucho más complejo y más importante: alguien en quien poder confiar.
Porque elegir pediatra no es elegir un servicio cualquiera.
No es escoger un lugar para comer ni un producto con mejores reseñas.
Elegir pediatra es decidir a quién le vas a confiar lo más valioso que tienes cuando tu hijo tenga fiebre a medianoche. Es decidir a quién le vas a escribir cuando tu bebé lleve horas sin querer comer. A quién le vas a mandar una foto cuando aparezca una roncha extraña. A quién vas a llamar cuando el niño empiece a respirar raro y el miedo no te deje pensar con claridad.
La pediatría no se reduce a una consulta agendada.
La pediatría son los mensajes a deshoras.
Son las llamadas inesperadas.
Son las madrugadas en las que uno contesta con los ojos cansados, pero con la mente puesta en saber si ese niño necesita ir a urgencias o si lo que la familia necesita, además de orientación, es un poco de calma.
La pediatría también es cargar emocionalmente con muchas historias. Es aprender a traducir la medicina a un lenguaje que no asuste, pero que tampoco minimice. Es explicar una y otra vez, con paciencia, lo que para nosotros puede parecer rutinario y para una familia representa un mundo entero.
Es celebrar el crecimiento de un niño al que conociste en brazos. Es verlo volver años después ya caminando, hablando, haciendo preguntas. Es acompañar no solo enfermedades, sino etapas, dudas, miedos y aprendizajes.
Por eso siempre me ha parecido limitada la idea de ver a los médicos como si estuviéramos compitiendo entre nosotros.
La medicina no debería ser un concurso de popularidad.
No es una carrera de egos.
No es un podio.
Al menos no para quienes entendemos esta profesión con seriedad.
Los buenos médicos no viven tratando de demostrar que no necesitan a nadie. Al contrario. Preguntan. Consultan. Comparten casos. Buscan una segunda opinión cuando hace falta. Reconocen que la experiencia del otro suma. Entienden que frente a la salud de un niño, el ego estorba mucho más de lo que ayuda.
Y eso es algo que pocas personas alcanzan a ver detrás de una publicación como esa.
Los que aparecen en esa imagen no son extraños puestos uno al lado del otro para que alguien elija como si estuviera frente a un aparador.
Somos colegas que llevamos años trabajando en equipo.
Llevamos cinco años haciendo esto juntos, aunque en espacios separados. Cinco años comentando casos, pidiéndonos opinión, respaldándonos, aprendiendo unos de otros. Cinco años entendiendo que la fortaleza no está en competir, sino en sumar.
Y por eso hoy este momento tiene un significado especial.
Porque finalmente se concreta un sueño que llevaba tiempo construyéndose: estar juntos en un mismo espacio físico. Un lugar más amplio, con mejores instalaciones, más cómodo para las familias, más funcional para nosotros y más amable para los niños.
A partir de esta semana estaremos iniciando consulta en la nueva Torre Vasconcelos del Hospital Ángeles Torreón.
Y esta nueva etapa no solo representa un cambio de dirección. Representa madurez, historia compartida y una manera de entender la pediatría: cercana, humana y en equipo.
Además, con el objetivo de ampliar la atención tanto en horario como en disponibilidad, fortalecemos este proyecto con la integración de un cuarto compañero: el Dr. Jorge Alejandro Franco Fernández, pediatra intensivista, cuya experiencia y cualidades vienen a darle todavía más solidez a esta nueva etapa.
Al final, cuando vi aquella publicación y leí la pregunta de “¿cuál de estos pediatras me recomiendan?”, pensé que tal vez la respuesta más honesta no cabía en una caja de comentarios.
Porque a veces no se trata de escoger a uno.
A veces lo verdaderamente valioso es saber que detrás de la atención de tus hijos hay un equipo, una historia, una red de confianza y años de trabajo.
Y eso, al menos para nosotros, siempre ha sido mucho más importante que cualquier competencia.