18/05/2026
Hace años coincidí con Rubén Omar Romano en el elevador de un hotel. Yo iba a un coloquio y él acababa de perder un partido la noche anterior.
Lo reconocí de inmediato. Entró serio, furioso, completamente absorbido por algo que parecía ir mucho más allá del fútbol. Y recuerdo perfectamente lo que pensé al verlo tan cerca: ese enojo no parecía venir solo de la derrota.
Había algo más profundo.
En ese instante tuve la sensación de estar viendo a alguien que seguía intentando recuperar su vida, su control y la parte de sí mismo que el secuestro le había arrebatado años antes.
Porque después de sobrevivir a algo así, uno puede volver a trabajar, volver a dirigir, volver a aparecer en televisión. Pero eso no significa que el mundo vuelva a sentirse seguro.
Y quizá por eso Romano siempre me produjo una impresión distinta a la de otros entrenadores. Más que un técnico enojado, parecía un hombre peleando todos los días contra algo invisible.
Con el tiempo entendí algo muy duro sobre el trauma: hay heridas que no destruyen el talento. Desgastan otra cosa mucho más silenciosa: la posibilidad de vivir bajo presión sin sentir que el peligro puede regresar en cualquier momento.