02/01/2026
He visto a mujeres luchar contra su propio cuerpo como si fuera una guerra que hay que ganar. Lo vi en la generación de mi madre y en la de mi abuela. Mujeres que criaron familias entre cartillas de racionamiento, crisis económicas, guerras, enfermedades y pérdidas. Mujeres cuyas manos contaban historias mucho antes que sus palabras. Manos marcadas, fuertes, verdaderas.
Mi abuela, cada noche, se untaba la crema en los brazos. No para borrar las arrugas, sino para agradecerles. Qué brazos habían acunado a niños en las noches sin dormir. Habían trabajado en la fábrica cuando los hombres estaban en el frente. Habían llevado la compra a casa cuando el dinero escaseaba y el orgullo aún más. Nunca las llamó "viejas". Las llamaba "honestas".
En algún momento del camino, sin embargo, muchas de nosotras aprendimos a volvernos contra nuestra propia piel. Considerar las canas como un fracaso. Ver la suavidad como una culpa. A creer que nuestro cuerpo existía para complacer, para ser aprobado, en lugar de para sobrevivir. Esta mentira ha generado más dolor silencioso de lo que estamos dispuestas a admitir.
La historia cuenta otra verdad. Basta mirar a las mujeres que pasaron por la Gran Depresión: Sus cuerpos cambiaron porque la vida lo exigía. Miren a las mujeres que marcharon por los derechos civiles, que enterraron a sus hijos, que esperaron horas en fila para votar hasta sentir los pies hinchados y doloridos. Sus cuerpos no eran decoraciones. Eran contenedores de coraje.
Aquí hay una verdad dura, de esas que hacen hervir la sangre: El tiempo siempre gana. La biología no trata. La naturaleza no pide perdón. Luchar contra tu propio cuerpo es una batalla que no estábamos destinadas a ganar.
Pero rendirse no es debilidad. Es libertad.
Cuando dejas de castigar tu cuerpo, algo cambia. Empiezas a cuidarlo no para arreglarlo, sino para honrarlo. Deja de medir tu valor en los espejos y empieza a sentirlo dentro. Entiende que la tarea de tu cuerpo nunca ha sido impresionar a nadie. Era traerte hasta aquí, a través de tormentas y milagros, viva.
Ese momento, en el que finalmente te aceptas, es como dejar en el suelo un arma demasiado pesada que nunca deberías haber empuñado. La paz llega en silencio. La seguridad lo sigue sin pedir permiso. Y la vida se vuelve más ligera.
Alza la bandera blanca. No porque hayas perdido, sino porque finalmente has comprendido la verdad.
Tu cuerpo ya ha hecho algo extraordinario.
Te ha traído hasta aquí.
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