29/04/2026
Ocurre con frecuencia que lleguen analizandos a terapia queriendo deshacerse del “lobo feroz”… y termina extrañándolo.
Primero aparece el síntoma como un intruso: pesadilla, amenaza, ruido interno que interrumpe el descanso. Algo que hay que domesticar o expulsar. Sin embargo, cuando desparece, lo que queda no es paz, sino una especie de anestesia existencial: silencio, demasiado silencio.
En la escucha psicoanalítica, el “lobo” no es solo el problema, sino el mismísimo organizador de su vida psíquica. Es lo que mantiene al sujeto en movimiento, lo que le da tensión narrativa a su existencia. Sin él, aparece el vacío: no hay conflicto, pero tampoco deseo. Y sin deseo, el yo entra en modo ahorro de energía: sobrevive, pero no vive.
El giro del paciente es incómodo: reconoce que aquello que lo angustiaba también lo sostenía. No porque el sufrimiento sea “bueno”, sino porque cumplía una función. Era su manera, torpe pero eficaz, de no caer en el letargo.
A veces no queremos curarnos del síntoma, queremos renegociar con él, quitarlo sin más puede dejarte sin historia, sin excusa, sin motor. Y ahí es donde empieza otro tipo de angustia: la de tener que inventarse sin lobo.