17/12/2025
A veces pensamos que el trauma es algo muy grande, muy extremo, como un accidente o una situación violenta. Pero muchas veces el trauma se forma en momentos mucho más silenciosos, en esos instantes donde algo duele profundamente y no sabemos qué hacer con eso que sentimos.
En la infancia, cuando pasa algo que nos confunde o nos lastima emocionalmente, no tenemos todavía las herramientas para entenderlo ni para expresarlo. Dependemos de los adultos para sentirnos seguros. Entonces, sin darnos cuenta, hacemos lo que está a nuestro alcance para no perder ese lugar de pertenencia.
Cuando un niño vive una situación que le provoca un dolor muy intenso, su cuerpo y su mente reaccionan. Hay ganas de llorar, de gritar, de preguntar, de reclamar. Pero si expresar eso se siente riesgoso —porque puede causar conflictos, tristeza en los adultos o romper el equilibrio familiar— el niño aprende a guardárselo.
Ahí es donde empieza a formarse el trauma:
no porque algo haya pasado, sino porque lo que se sintió no pudo decirse ni compartirse.
Para poder seguir adelante, el niño comienza a explicarse lo ocurrido de maneras que duelan menos. Normaliza lo que pasó, lo minimiza o lo justifica. No porque esté bien, sino porque esa es su forma de protegerse y de seguir sintiéndose parte de su familia. Callar se vuelve una estrategia de supervivencia.
Con el tiempo, ese aprendizaje puede quedarse. Ya en la vida adulta, esa persona puede darse cuenta de que le cuesta poner límites, expresar lo que le duele o reconocer cuando algo no le hace bien. A veces aparece la sensación de tener que aguantar, de adaptarse demasiado o de pensar primero en los demás antes que en sí misma o sí mismo.
El trauma no es el recuerdo del momento, sino lo que aprendimos a hacer con nuestras emociones para no perder el vínculo. Es la huella de haber tenido que ser fuertes demasiado pronto.
Sesiones de psicoterapia, presencial y online
En el espacio terapéutico, lo importante no es forzar recuerdos ni revivir el dolor, sino acompañar con cuidado a que la persona pueda explorar esas experiencias a su propio ritmo. Poder poner palabras a lo que antes se guardó, reconocer lo que se sintió y darle un lugar distinto, sin miedo a que eso rompa los vínculos.
Acompañar estos procesos es ofrecer un espacio donde sentir no sea peligroso y donde, poco a poco, la persona pueda relacionarse con su historia desde un lugar más consciente y más amable consigo misma.