05/02/2026
Cada vez que se suspenden clases por frío o por lluvias, aparece el mismo reclamo:
que ahora estamos haciendo niños frágiles, que antes íbamos como fuera, que así se forjaba el carácter.
Durante mucho tiempo pensé algo parecido. Hoy entiendo que esa mirada parte de una ventaja que no todos tienen.
Porque aunque muchos pueden llevar a sus hijos en coche o pagarles transporte, abrigarlos bien y garantizarles una buena vida, esa no es la realidad de todos. Y la pregunta es inevitable: ¿a las niñas y los niños que no tienen esa oportunidad no hay que considerarlos?
En regiones como la sierra norte de Puebla, donde el clima puede cambiar en cuestión de horas, donde las distancias se recorren a pie y la escuela no siempre queda cerca, ir “como sea” no es una muestra de fortaleza, es una exposición al riesgo.
No todas las niñas y los niños parten del mismo punto: algunos apenas tienen un par de zapatos en condiciones aceptables, un suéter delgado y ninguna posibilidad real de atención médica si se enferman.
Suspender clases en condiciones extremas no es comodidad, es no castigar a quienes ya viven en desventaja. Porque el Estado no puede, ni debe, decidir quién sí va a la escuela según el grosor de su chamarra o la calidad de su calzado o si sus defensas son fuertes.
Vale la pena preguntarnos qué es lo que realmente queremos que haga el gobierno. ¿Que diga que no se suspenden clases aún cuando el riesgo es evidente y que después tengamos que lamentar una tragedia? ¿Queremos que vuelva a pasar algo como en octubre, cuando las lluvias fueron tan intensas que pusieron en peligro a escuelas construidas en la punta de un cerro, con la posibilidad real de que el terreno se desgajara? ¿Que un cerro entierre niños, maestros o papás o mamás que los llevan? Puede sonar exagerado pero es un riesgo real.
Esas realidades no siempre se alcanzan a ver desde la comodidad. Se conocen cuando se sale del privilegio, cuando se recorre el territorio y se entiende que no todas las escuelas están en zonas seguras ni todas las infancias llegan en las mismas condiciones. En contextos como el nuestro, esperar a que algo grave ocurra para entonces reaccionar no sería firmeza ni enseñarles a los niños que deben ser fuertes: es irresponsabilidad. Nadie está proponiendo suspender clases por costumbre; se trata de actuar cuando el riesgo es real, por mínimo que pudiera ser.
También se ha querido cargar la responsabilidad al magisterio, como si maestras y maestros decidieran cuándo trabajar y cuándo no. No es así. Como en todos los sectores hay malos elementos, sí, pero estoy seguro que la inmensa mayoría está ahí por vocación y que también se trasladan largas distancias exponiéndose. Convertirlos en chivo expiatorio es cómodo, pero no es justo.
El gobierno tampoco es adivino. Nuestro territorio es amplio y el clima cambiante. Puede equivocarse, claro, pero su obligación es prevenir. Y sí, también es evidente que estas decisiones buscan descargar una responsabilidad que, de mantenerse las clases y ocurrir una tragedia, sería imposible de asumir. Prevenir en cierta forma es lavarse las manos; pero de alguna manera contribuye a evitar consecuencias que ya conocemos.
Ahora bien, estoy consciente de que existe otra realidad: la de madres y padres que deben trabajar todos los días, a todas horas, y que cuando se suspenden clases se preguntan con quién dejar a sus hijos. Ahí hay un pendiente que no se resuelve con enojo ni con consignas. Tal vez la discusión no debería ser solo si hay clases o no, sino qué alternativas existen para acompañar a las familias cuando estas medidas son necesarias y qué se puede hacer también desde casa.
Llama la atención, además, el papel de algunos medios de comunicación, que optan por títulos tendenciosos pensados para el clic fácil. No es un asunto menor. El algoritmo de redes sociales (particularmente el de Facebook) suele encerrarnos en una espiral donde solo vemos contenido que refuerza nuestra postura y nos evita el contraste. Así, dejamos de cuestionarnos no porque tengamos razón, sino porque el sistema nos confirma lo que ya pensamos (sin conocer la otra parte por completo).
Y mientras unos se indignan desde la pantalla, hay otros para quienes la suspensión de clases es un alivio. No lo dicen, no lo publican, no lo comentan. No porque no tengan opinión, sino porque ni siquiera tienen las condiciones para expresarla.
Haber resistido en el pasado no significa que haya sido justo. No se trata de mantener brechas de desigualdad ni de ampliarlas. Son tiempos distintos, generaciones distintas, incluso un sistema económico, laboral y social que se mueve distinto. Pensar en quienes menos tienen no es exagerar: es empatía.
Ah, por cierto… ¡abríguense bien! 🥶
Por Hernández