27/03/2026
No se trata de cuestionar a Noelia. Se trata de cuestionar al Estado y sus múltiples fallas institucionales.
Hubo abandono del padre y el incumplimiento de la pensión alimenticia, lo que originó que se quedaran sin hogar. El desalojo no fue solo la pérdida de un techo, fue la pérdida del espacio de seguridad.
El padre se llevó a las hijas y no las cuidó. Lo que vino después —las agresiones sexuales en su entorno— no fue un accidente: fue la consecuencia directa de una desprotección que nadie quiso frenar.
No hubo contención. No hubo seguimiento psicológico a los traumas acumulados. Solo un camino de dolor que el Estado eligió no ver.
Lo que vivieron esas niñas tiene nombre: violencia vicaria.
El Estado falló una y otra vez, y lo seguirá haciendo ante la pasividad de la sociedad. Hay millones de Noelias en España y en el mundo.
Noelia pidió la eutanasia debido al dolor insoportable en su cuerpo. Pero años antes, ese sufrimiento fue provocado por el dolor de su alma —un dolor que pudo haberse prevenido si la justicia hubiera actuado a tiempo, protegiendo su derecho a una pensión alimenticia, a un hogar, a una infancia/adolescencia libre de violencia.
La eutanasia fue el único derecho que el Estado le reconoció plenamente. Todos los anteriores llegaron tarde, incompletos, o nunca llegaron.
Esa es la pregunta que deberíamos estar haciéndonos:
¿por qué hubo más voluntad institucional para acompañar su muerte que para proteger su vida?