11/10/2023
Del libro Historia del mundo angélico, escrito por J. A Fortea.
"Antes de los faraones, antes de los constructores de los
zigurats, antes de que en el desierto reposase la arena, antes
de que la primera gota de agua cayese en el primer mar, fue
nuestra historia. Antes de que el sol brillase por primera vez,
antes de que Dios dijese: Hágase la luz.
Antes de la historia de cualquier criatura, vino nuestra
historia, que es la más antigua. De hecho, ésta historia tuvo
lugar antes del Tiempo. Antes de nuestra historia no hay
historia alguna. Puesto que el Único que estaba antes de
nosotros, no tiene historia. Dios no tiene historia.
Yo, un ángel os la voy a contar a vosotros, humanos, aunque
no podáis entender muchas cosas, aunque tenga que recurrir a
comparaciones humanas para que podáis comprender lo
incomprensible. Doy comienzo a mi crónica:
En el principio estaba el Ser, el Ser Infinito, la Trinidad Sublime. Imaginaos a Dios como una inmensa esfera de luz blanquísima. De nuevo os recuerdo que debo recurrir a términos limitados, a
comparaciones, para expresar lo que es incomparable. Dios no es una esfera, Dios no tiene forma geométrica
alguna. Pero os pido que os imaginéis mi historia de un modo visual. Imaginaos al Gran Dios como una
esfera de luz de proporciones infinitas. Esa Esfera de Luz estaba en medio de la Nada. Una Esfera resplandeciente en mitad de la oscuridad más absoluta, la oscuridad perfecta. Al principio únicamente existía esa Esfera. Nadie la contemplaba, nadie la
podía ver, porque no había nadie. Esa Esfera de Vida Trina era Luz, y era grande como millares de océanos
de luz. Era colosal como millares de millares de universos.
Nunca os imaginaréis, mientras viváis, lo difícil que es para mí expresaros de un modo alegórico lo que nosotros percibíamos de Dios. Permitidme usar la imagen de una esfera para hablar de Dios, la imagen de, una esfera grandiosa. Porque en su Ser reinaba una perfección, como sólo se expresa en la geometría. Pero al
mismo tiempo era ilimitado como un mar. El mar es estable, pero tiene movimiento en sí. Dios, asimismo, se nos mostraba lleno de vida.
Lo que nosotros veíamos era como una esfera infinita llena de mares de vida. Pero eso lo percibíamos a través de los rayos que atravesaban sus velos. La imagen del sol cuya luz sale
arrolladora y límpida tras las nubes de una tormenta que escampa, es la escena más aproximada para que entendáis qué era lo que nosotros veíamos. Reunid todos estos conceptos tan pobres, y os haréis una idea aproximada.
La Vida Trina latía en su interior, fluía en el seno de esa Esfera. De pronto, ocurrió algo. Era la primera vez que ocurría algo hacia fuera de la Esfera. No podemos decir que eso ocurrió tras millones de millones de siglos, porque en realidad no había Tiempo. Pero entre ese antes y ese después hubo mil eternidades, y después eternidad tras eternidad. Antes del primer AHORA, hubo una serie incontable de siglos de no- tiempo.
Y así, en el momento previsto, en el instante exacto, antes del cual no hubo un instante, una voz poderosa
resonó en el interior de la Esfera y dijo: ¡Hágase! Y de la Esfera surgió una luz. Aquel acto se parece
lejanamente a una flor que extendiera sus pétalos blancos. Ese instante semejaba como una corola de la que
surgiesen hacia fuera sus pétalos. Aquello parecía como una explosión de luz a cámara lenta.
Si uno se aproximaba a esa luz, veía que cada haz de luz estaba formado por millones de millones de seres
angélicos. Cada naturaleza angélica era como una pequeña estrella. Las había de todos los tamaños. Cada ser
angélico resplandecía con su propio tono de luz, cada uno emitía una música particular. Cada uno, si se me
permite la expresión, mostraba un rostro atónito, felizmente atónito, ante el espectáculo del acto creador.
Los ángeles más grandiosos se hallaban suspendidos como tocando a la Esfera. Cada ángel superior tenía
otros menores alrededor de él, como planetas que rodean a un astro. Cada uno de los satélites tenía a su vez
otros espíritus angélicos que eran como satélites de los planetas. Y así podíamos ver que había centenares de
jerarquías angélicas. Cada ángel dependía de otro ángel superior. Los ángeles superiores, menores e
intermedios formaban innumerables niveles, complejísimas rotaciones, innumerables jerarquías, complicadas
series de niveles, de escalones, como si de una zoología infinita se tratara.
¿A qué compararemos la visión de ese acto creador? Era como si la Gran Esfera estuviera rodeada por
brumas. Esas brumas eran como Vía Lácteas. Cada una de estas Vía Lácteas estaba formada por millones de
millones de seres angélicos. Toda la Esfera estaba cubierta de estas nebulosas. Partes de la superficie de la
Esfera estaban más densamente cubiertas. En otras partes, esas nubes era como si se deshilachasen hacia
fuera. Y seguían surgiendo más y más de estas nebulosas del interior de la Esfera. Era como si del seno del
Ser Infinito fluyeran ríos grandiosos de luz. Universos y universos de ángeles salían de la Esfera
Incomparable.
Aquellos ríos parecían no agotarse. Unos surgían con fuerza hacia fuera, se doblaban como atraídos por la
fuerza de atracción de la Esfera de la que surgían, y retornaban hacia la Esfera recorriendo su superficie
inacabable. Otros ríos salían expelidos con vigor y se adentraban en la nada exterior, formando espirales,
mezclándose a su vez con otras espirales angélicas, combinándose en más y más increíbles volutas de luz
que se arremolinaban, que giraban alrededor de sí mismas, formando centros y más centros angélicos.
Cómo un órgano catedralicio al que con dos manos se le presionan diez notas a la vez con todos sus registros
en una magnífica armonía, con todos sus tubos a pleno pulmón, y que tras alcanzar el clímax, el sonido se
difumina perdiéndose en las bóvedas, así también los ríos de luz que surgían de la Esfera, fueron
debilitándose en una especie de eco que se extingue lleno de majestad. Ese eco sinfónico se fue
desvaneciendo, hasta que el último brazo de luz se despegó del Océano de Luz de la Esfera: la Creación de
los ángeles había acabado. El último ángel había sido creado.
El número de los ángeles era incalculable, pero hubo un último ángel en aparecer. Decir que eran trillones de
trillones era poco. Dios había sido extraordinariamente generoso al crear. Dios había querido comunicar el
gozo del ser de un modo espléndido, feliz de que fueran muchos los que pudieran existir. Aquellos ángeles
nada más ser creados recibían el nombre de glorias, porque ellos eran la gloria de su Creador.
Todos los espíritus estaban sorprendidos. Habían sido lanzados a la existencia. Habían pasado de la nada a
existir de golpe. Aquello era como millones de seres que hubiesen acabado de despertar. Pero no sólo no
estaban somnolientos, sino que por el contrario se mostraban llenos de vida. Las nebulosas bullían de vigor
alrededor de la Esfera de Vida. La vida se agitaba en ellos por la felicidad de existir.
Los espíritus se miraban a sí mismos, se conocían, volvían a mirarse entre sí sorprendidos. Como las glorias
se hallaban girando alrededor de glorias más grandes, admiraban al gran ángel alrededor del cual cada
espíritu se movía. Divisaban la magnitud de los gigantescos astros angélicos. Aunque las veían de lejos, se
hallaban sorprendidos de que pudiera haber glorias tan descomunalmente grandes. Y en el centro de todo: el
Divino Océano Infinito de Luz del que habían salido. Era como estar junto a los márgenes de un gran mar.
Podríamos decir que estaban suspendidos, flotando en el aire, levitando sobre un océano.
Quieres saber mas del mundo angélico? Sigueme, vamos juntos aprendiendo el basto e increíble mundo de los seres de Luz!